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Dos campeones en busca de un balón azul

El fútbol, como lenguaje universal, une a las personas a pesar de sus diferencias. Un intercambio de jugadas y goles puede generar una lucha contra la indolencia humana.

Balón de fútbol azul sobre el andén de una calle.
“El encuentro con un balón de fútbol me recuerda que hay esperanza”, escribe Juan Carlos Rodas.
Foto: Getty Images

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“Se fue en silencio, sin un reproche, busqué un espejo y me quise mirar; había en mi frente tantos inviernos, que también ella tuvo piedad”. Tango de Alfredo Le Pera y Carlos Gardel.

Caminaba muy lento, demasiado lento. Se acercaba al balón azul, recién estrenado, y lo empujaba, lo chutaba, lo perseguía de manera lenta, muy lenta. Nadie le devolvía el balón, nadie quería jugar con él, pero insistía, lo chutaba más lejos, pero nadie le devolvía el balón: todos estaban caminando o trotando y, por el contrario, esquivaban el balón. Éramos habitantes de una ciclovía matinal.

Lo alcancé, lo miré y quería que me tirara el balón para hacerle un pase como se hace cuando uno tiene esperanzas, es decir, un pase como pago de un favor estético. No me lo tiró, lo metió a un charco y únicamente miraba su balón azul recién estrenado. Por sacarlo se mojó el pantalón, la media y el zapato izquierdo, volvió a chutar y algún desprevenido caminador lo paró, pero no se lo regresó, se fue, pero lo paró, ya era un buen signo, lo paró y, cuando vio que era un habitante de calle, no lo impulsó, lo dejó ahí, muerto.

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“El dueño del balón” lo tiró de nuevo, esta vez a un pantanero, lo persiguió hasta allí, se ensució la otra parte del pantalón, la otra media y el zapato derecho: jugaba a que lo vieran y nadie lo observó. Quería una complicidad, una chutadita de otro ser humano y nada de ello pasó. Pensé que lo mejor era que le arrebatara el balón, hiciera la 31 y se la regresara. Lo imaginé, pero ya estaba lejos. Vi que tiró el balón más duro, como con rabia y con ganas de gritar que quería un juego, un muro, un pase, una devolución o una zancadilla, un penalti. Nadie devolvió el libro, el útil, el balón, el mundo, la órbita, el sol. A estos seres humanos nadie les devuelve nada. Era un jugador de fútbol que, mientras hacía avanzar su botín, soñaba con un cómplice, con alguien que rompiera su fantasmal existencia.

Un niño, un niño salvó la situación. A pesar de la voluntad de su padre, corrió detrás del balón, lo chutó una vez, se metió al mismo pantano, lo cogió con las manos, se embadurnó de alegría y el hombre, por fin, se desayunó con una risa de gol. El papá no hizo buena cara cuando vio al niño empantanado hasta la sonrisa. Miró al hombre y le dijo al niño: “Dígale al señor que gracias por prestarle el balón”. El niño no dijo nada, el hombre no dijo nada, se miraron, sonrieron y encontraron en este gesto una comunión sagrada que nace mágicamente, sin palabras, en el único lenguaje universal: el fútbol.

Este encuentro vital con un balón de fútbol me recuerda que si un ser humano juega fútbol hay esperanzas de invierno, de mañana, de soledad, de verano. Esta imagen la tengo presente porque este hombre de la calle, con su balón azul, decidió que la mejor compañía era ese esférico y que si un niño se la entregó en sus manos es porque hubo confianza en que hoy ya había ganado su partido contra la indolencia humana. Tal vez no había que ganar, tal vez, únicamente, compartir una chutadita. Eso era todo y nada. Ambos se fueron en silencio porque se hicieron campeones.

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