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Ecos de un baile de libros

El final de la Fiesta del Libro y la Cultura en Medellín fue para los más de 40 mil asistentes el comienzo de una nueva relación con la literatura. Crónica de una visitante.

26 de septiembre de 2014 – 07:20 a. m.
Los visitantes de la Fiesta del Libro de Medellín tuvieron tiempo de leer, de compartir y, sobre todo, de sonreír. / Sergio González
Los visitantes de la Fiesta del Libro de Medellín tuvieron tiempo de leer, de compartir y, sobre todo, de sonreír. / Sergio González

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Tenía la punta de la nariz contra el lomo de un libro: El gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa se veía corroído por el tiempo, con un color a sangre vieja. Tenía los ojos cerrados con fuerza y pequeños pliegues deformaban los párpados lisos, los labios fruncidos. Sus dedos recorrían las esquinas de El gatopardo. Frente a uno de los muchos mostradores, el muchacho no advertía la presencia de tantos detrás, al frente y a su lado. No le importaba, siquiera, quién miraba su expresión febril y excéntrica. Estaba en una fiesta y en las fiestas nadie mira las caras de nadie. Aturdidos por el sonido, los pies buscan pasos que andar y las manos, libros que tocar. En la fiesta, la Fiesta del Libro de Medellín, lo importante era bailar.

Sí, bailar, bailar con Cortázar o Pizarnik, bailar el Soneto de la rosa de Fernando del Paso… lo importante era bailar, bailar bajo los miles de bombillos que revestían el Jardín Botánico, rodeados del valle que conjugaba las luces de las casas como luciérnagas previamente puestas para alumbrar la noche cálida. Todos los invitados a la Fiesta llegaban con la esperanza de encontrar su mejor pareja para el baile en la tarde, o para el baile nocturno o el baile eterno.

A la entrada, con su cámara en el cuello, estaba Daniel Mordzinski, el retratista de todos los que han asistido alguna vez a la Fiesta como protagonistas. Recostado junto a un escritor de diccionarios hechos por niños, Javier Naranjo, Mordzinski iba haciendo clic en su cámara. Uno por Gabriel García Márquez, otro disparo por Álvaro Mutis, otro más por Alonso Salazar; los fotografió a todos, a las caras que representan una ciudad y que el domingo y durante nueve días les daban la bienvenida a todos los que quisieran dejarse tentar por el ocio y las angustias de un libro cuyo nombre a veces ni conocían.

En el túnel, un joven estaba sentado con un cigarrillo entre los dedos. Sonreía pícaro y cortés cuando una rubia se abalanzaba sobre su libro y dejaba caer algunas gotas de saliva mientras decía: ¡Que viva la música! Andrés Caicedo jamás pudo ver la expresión en vida de uno de sus lectores, pero en la fiesta todos estábamos vivos o muertos, taciturnos y lejanos, todos estábamos llenos del aire polvoriento que sale de un cajón que se abre después de mucho tiempo, libres y fugaces, quizá todos esperamos el septiembre del año para caminar en medio de desconocidos y sentirnos por fin en casa.

Había espacio para todos. Todos estaban invitados: libros viejos y usados, nuevos y empacados, libros conocidos y desconocidos, había libros con mil años y otros con apenas meses, libros que curan y otros que enferman, pálidos y ruborizados, de posiciones y cliché, había libros para vos y para mí, libros sueño y libros pesadilla, libros en compañía y otros con cien años de soledad. La mano era quien elegía entre el bazar, la mano y el corazón.

Bukowski renegaba en el centro del Orquideorama, siempre con una botella de ron. Galeano hablaba con un grupo de jóvenes acerca de sus venas ya cerradas y las que quedan por abrir. En uno de los costados, Juan Rulfo y Chantal Millard bailaban Little Girl Blue de Nina Simone. Casi todos bailaban al son que querían, y ese son, a veces, era más que bailar, danzar, con un libro de Nietzsche y con sus palabras, “y consideremos perdido cualquier día en el que no hayamos danzado, y consideremos falsa cualquiera verdad no acompañada por una carcajada”.

Cada lugar dentro de la fiesta era el escenario propicio para la fotografía, el recuerdo, las lágrimas, el encuentro con el amigo perdido, con el libro soñado, con la vida imaginada. Nueve días cargados de magia, de paseos con el gato con botas y Barba Azul de la mano de los hermanos Grimm. Hubo tiempo para los clichés de libretas donde escribir poemas cortos en el bus, clichés de separadores de libros con la cara de Edgar Allan Poe, clichés de peluche y clichés de amor profano y profundo en el rincón más antiguo del corazón.

México nos inundó con sus sabores picantes y sus olores fuertes, nos inundó con tacos y burritos, con manuales de charros y libros de casas azules donde vivirá por siempre la chica de las cejas pájaro. Malabares y espectáculo saltaban desde los árboles hasta las ruinas circulares de Borges. El dinosaurio de Augusto Monterroso despertó y aún estaba ahí, bailando en medio de mí, de él y de todos nosotros.

La octava versión de la Fiesta del Libro y la Cultura en Medellín se abrió paso entre la cotidianidad de más de trescientas mil vidas para decirles a sus oídos que aún hay tiempo, hay tiempo para bailar con el autor muerto, con las letras viejas y el sueño naciente. Aún hay tiempo para estar bajo la carpa estrellada del Valle de Aburrá hablando con un chileno o un español. Aún hay tiempo para conversarnos, para sentirnos como completos desconocidos que celebran la existencia del libro y del baile en torno a la cultura.

El domingo, las caras reflejaban felicidad por la compra o el respiro, por el hurto de energía, por el cambio de vida con El principito, porque hubo asesinatos y el mayor muerto fue el “acostumbramiento”, que, como lo dijo alguna vez Borges, es el mayor archivador de la existencia. En la Fiesta decidimos archivar, sí, archivar los momentos en viajes mediante libros maleteros, archivar las sonrisas en poemas cautivos, archivar el alma en letras indescifrables.

El universo, las fiestas y su eterno universo, la fiesta de Medellín y la de Guadalajara, la de Bogotá, la fiesta que celebra al libro en Argentina y la que lo canta en Madrid. Las fiestas que les dan sentido a las personas que creen y apuestan por que la condición humana no sea una cloaca. Las fiestas que nos unen y hacen tomar de la mano junto a Benedetti o Neruda, las fiestas y su ir y devenir entre pasos lejanos de bailes escondidos tras las páginas de un prólogo que nadie recuerda: fiestas que duran años en la mente y siglos en la historia.

Al final, todos hicimos maletas para irnos, llenos de la histeria que dejaron el baile y las lecturas. Llenos de nostalgia, preparados para emprender un nuevo viaje, una nueva vida con un nuevo libro, así como lo mencionó alguna vez el escritor mexicano José Vasconcelos: “Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía”.

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