Eduardo Otálora: «la palabra entra a trascender en el espacio-tiempo si está escrita”

El escritor y profesor Eduardo Otálora Marulanda, locutor del programa Entre líneas de la Radio Nacional de Colombia, recientemente ha publicado «Dónde habitan las palabras», novela que ha sido editada por el sello editorial de la Universidad del Cauca, y que formará parte de las novedades de este año en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Eduardo Otálora, escritor y locutor colombiano autor de la novela "Donde habitan las palabras". / Cortesía Radio Nacional de Colombia
Eduardo Otálora, escritor y locutor colombiano autor de la novela «Donde habitan las palabras». / Cortesía Radio Nacional de Colombia

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Eduardo Otálora nació en Bogotá, en el año 1981. Al terminar sus estudios de filosofía se dio cuenta de que su participación en el mundo de las letras se inclinaba hacia la creación literaria y así decidió convertirse en el escritor que es hoy. Iniciada ya su formación literaria decidió adentrarse aún más en la perfección de un estilo propio, e ingresó a la Universidad Nacional de Colombia para cursar la Maestría en Escrituras Creativas, de la que se graduaría en 2010. Actualmente, divide su tiempo entre escribir, ser docente universitario, padre y esposo, además de servir como locutor del programa Entre líneas, de la Radio Nacional de Colombia.

Su novela más reciente, Donde habitan las palabras (2017) narra la extraña e impactante vida de Santiago Aranda, un hombre adicto a las palabras, que en un principio solo puede ser a través del silencio. La historia de este personaje inicia con el silencio que fue su refugio durante muchos años y el cual le permite conocer a Águeda Alegría, una mujer que también se reúsa a hablar. Entre los dos nace un romance espontáneo que posteriormente se convierte en algo tormentoso por el egoísmo de Aranda, quien termina perdiéndose en su adicción y decide sacrificarlo todo por las palabras.

Otálora era uno de esos niños callados que no tenían muchos amigos y su mayor compañía era la imaginación. Con una infancia algo solitaria, incurrió en la fantasía y en la ficcionalización de la realidad para lograr todo aquello que no podía. Esta soledad lo lleva, quizá, a darle vida varios años después a un personaje que habita en el silencio y puede sacar lo más visceral de sí a través de las palabras. Aunque pudiera alimentarse de su imaginación para perpetuarse en el espacio-tiempo por medio de lo escrito, lo vivido en este punto parece haber tenido mucho potencial en su obra.  

Este autor colombiano ha publicado varios cuentos y dos novelas. Su primera novela fue Madolia (2012), publicada por Pre-Textos en España y ganadora del premio Juan March Cencillo, de novela breve. Este título fue el detonante para el inicio del reconocimiento de su carrera como escritor. Sin embargo, Otálora insiste en que hay muchas cosas que uno hace mal, pero hay cosas que uno quiere hacer, aunque estén mal; algo que, según él, sucede en su escritura.

¿Cuál es la razón por la que decide escribir este libro?

No me puedo quedar quieto. Había terminado de escribir mi libro anterior, Madolia, y en la mitad de éste había ocurrido algo que me pasa un montón, se me empezaron a encadenar los proyectos y apareció un nuevo reto. Este consistía en darle forma a cuatro historias que yo ya tenía y creía que eran cuentos, pero en realidad eran cuatro historias muy malas. Pensé que las podía juntar, apareció un personaje continuo y dije: “bueno, le voy a dar la oportunidad”. Le di vida y estas cuatro historias empezaron a engranar y a modificarse, y de ahí en adelante lo más difícil fue quitar, porque esta es una novela que quita más de lo que pone.

¿De qué manera se dan sus primeros acercamientos a la literatura?

De manera intuitiva, de hecho. Era un niño de esos raros que casi no tenían amigos, activaba mucho la imaginación. En tierra caliente soñaba más, las pesadillas eran horribles y los sueños muy intensos. Recuerdo que tenía 8 o 9 años y estaba de vacaciones en Cali. Me desperté de un sueño que fue una maravilla: un grupo de niños estaba haciendo una búsqueda arqueológica y encontraban un tesoro que era mágico. Tenían que enfrentar unos retos que unos magos les imponían. Yo me desperté entusiasmado, además, también había una historia de amor con una chica que se me ha aparecido varias veces en sueños. Cuando desperté escribí todo lo que recordaba en una libreta y salieron muchas páginas, casi treinta, y pensé que había potencial en eso. Más adelante empecé a escribir cuentos y ahí salieron cosas y yo escribía y escribía, pero realmente eran malos. Cuando terminé de estudiar filosofía supuse que me iba a dedicar a eso. Hay muchas cosas que uno hace mal, pero hay cosas que uno quiere hacer, aunque las haga mal. Ahora lo sigo haciendo mal, pero profesionalmente, como un oficio.

En su opinión, ¿qué le exige la novela al lector que un cuento no?

El cuento es situacional, un momento significativo en la vida de los personajes. La novela exige, sin que sea obligatorio, invita al lector a una aventura de vida. Es como un amor de verano y un noviazgo. El cuento como un amor de verano y la novela como un noviazgo donde vamos a aventurarnos, a conocer al otro, donde vamos a pelear, etc. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, aunque el noviazgo parezca un poco más largo, este puede terminarse de un momento a otro.

La palabra contraria al silencio: ¿puede interpretarse como la construcción de un nuevo Santiago Aranda? 

El problema con Santiago Aranda es que no es más que silencio. Cuando es solo silencio éste es su momento más feliz, es su momento de contemplación, ahí está él. Si me preguntan quién es Santiago Aranda, yo respondo que es un niño silente, extrañamente silente, pero silente, y la palabra aparece para trastocarle la vida, a la proyección de su identidad. Porque la palabra entra a trascender en el espacio-tiempo si está escrita. La palabra es la relación desde lo distante. Entonces, es como si al proyectar esa identidad que estaba guardada, que era muy bella en el silencio, al proyectarla en la voz muestra lo que es horrible. Santiago Aranda es horrible en la palabra, pero bello en el silencio.

¿Cómo es la adicción a las palabras dentro del imaginario del silencio?

El bazuco es solo adictivo para quien lo ha probado. La heroína es una adicción para quien se ha enganchado, y el cigarrillo solo para quien le ha encontrado el gusto. Pero uno no es adicto a priori, claro que uno puede tener debilidad, pero no adicción a priori. Lo que pasa con el silencio de Santiago es que no sabe quién es, es inocente en su vicio, y no sabe sus posibilidades porque no conoce lo que le activa su adicción. Es decir, es un bazuquero en potencia que no conoce el bazuco. Cuando está en silencio está en disposición hacia el mundo, de forma contemplativa, pero cuando conoce la palabra se vuelve un cazador, un cazador de palabras. Su silencio es el silencio del depredador. Se convierte en un doble silente, primero el silente que escucha y disfruta y luego el silente que ataca. Esa para mí es una manera de entender ese imaginario del silencio en él: sus dos maneras del silencio. 

¿Pensó en algún otro título para esta novela?

Sí. Había una versión que era larga: «El lugar donde habitan las palabras». Otro, muy malo: «Cortar y pegar», que de hecho ni se por qué lo pensé. «Adicto a las palabras», pero me parecía un thriller muy pachuco. Un día estaba paseando a mi perra y apareció «Donde habitan las palabras» y pensé que era bueno, es largo y de difícil recordación, como esos títulos que no prometen. Uno siempre quisiera otro nombre, pero de malas, le tocó llamarse así. Además, me parece que tiene una carga reflexiva que era lo que a mí me interesaba. Creo que si alguien quisiera pensar cuál es el tema, respondería: donde habitan las palabras, o los lugares y los momentos donde pueden habitar las palabras. Yo me preocupo mucho por eso, por donde están las palabras en el mundo.

¿Piensa que las novelas publicadas en los últimos diez años carecen de un corpus crítico?

Voy a hablar de las novelas publicadas en los últimos diez años por mí. Sí carecen de un corpus crítico porque yo como autor peleo. Lo dice Flaubert en unas cartas que están recogidas en un título que se llama Sobre la escritura y dice que las opiniones de los autores deben estar silenciadas, lo que piense el autor sobra. Entonces, yo me instalo en la misma situación, prefiero silenciarme a mí como autor. Sin embargo, en Donde habitan las palabras es una parloteada sobre lo que yo creo del lenguaje, de la escritura, de las palabras y, sin embargo, si alguien me pregunta si yo creo eso, no es así, pero en algún momento sí lo creí. Pero esta es una obra de ficción, y ahora sí me arriesgo un poco a pensar que atribuirle sentido crítico a la literatura no es tan bueno, ¿para qué? ¿Por qué tenemos que pensar tanto? En lugar del deleite, de los puros placeres de vivir. Cuando uno está durmiendo no le está exigiendo al sueño que además de reparar, ilumine, sino que es un simple momento de desconexión. En ese sentido, quiero darle un respiro a la literatura.

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