Publicidad

El altar de los migrantes

Primer proyecto de internet de la escritora y periodista Alma Guillermoprieto —con el apoyo de colegas—, en memoria de los 72 aventureros asesinados por narcotraficantes en México.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Cuando supe de la masacre ocurrida entre el 22 y el 23 de agosto de este año, en un apartado rancho del estado de Tamaulipas, donde perdieron la vida 72 migrantes de Centro y Sur América, sentí rabia y vergüenza, emociones con las que están profundamente familiarizados los colombianos.

Me pareció necesario intentar algún remedio contra el olvido de estos 72 por lo menos. Sabemos, suponemos, que en estos años de plomo han sido muchos más los migrantes masacrados por distintas bandas de psicópatas a lo largo del territorio mexicano. Pensé inmediatamente en un altar, pero sabía que yo no iba a estar en México para armarlo. Y aunque estuviera: coordinar escritores es una tarea complicada, el tráfico en México impide la velocidad, había poco tiempo.

En internet era mucho más fácil fomentar una especie de creación colectiva, zanjando distancias y en poco tiempo. Y en efecto: trabajando a contrarreloj mientras cumplían con sus muchas otras obligaciones, un diseñador gráfico y los programadores del sitio crearon un espacio virtual en el que cupimos músicos, fotógrafos, escritores, y también nuestras ofrendas; imágenes, textos, canciones, y hasta un altar en donde el visitante puede dejar una rosa virtual. Y gracias a la difusión que ha tenido 72migrantes.com, en varias ciudades de México se armarán este Día de Muertos varios altares 3D —es decir, lo que antes llamábamos “reales”— en honor a los migrantes, con material de nuestro sitio. Es todo lo que pudimos hacer. (El Espectador publica en exclusiva parte de los textos).

Víctima

Víctor Manuel Escobar Pineda

Por: Juan Villoro, escritor mexicano

La justicia suele ser ilegal. Durante veinte años, Víctor Manuel Escobar Pineda trabajó en Estados Unidos. Era contratista para una empresa de Houston y daba empleo a sus paisanos de Honduras. Su madre, su mujer y sus cinco hijos vivían con él. El más pequeño tenía 2; el mayor, 15. Vivían bien. Todo era justo, y era ilegal. A veces, Víctor Manuel soñaba con San Pedro Sula, la ciudad plana en la que nació, donde se alza una iglesia de pastelería… El Apolo XIII había hablado desde fuera del mundo para decir: “Houston, tenemos un problema”. Las calamidades estaban en el espacio exterior. En mayo de 2010 Víctor Manuel tuvo un lío de papeles. Vivía bien, pero nació en Honduras. Lo justo era ilegal. Fue deportado. De inmediato planeó su regreso. En San Pedro Sula había buena sopa de mondongo, pero en Houston la sopa de mondongo era la sopa que le hacía su madre. Se puso en marcha en agosto. Su tío Cantalicio Barahona Vargas viajó con él. Atravesaron México sin ver otra cosa que el miedo en las miradas de sus acompañantes. Cerca de la frontera fueron detenidos por narcos. Les ofrecieron otro trabajo ilegal. Él quería trabajo sin muertes. Un trabajo justo para alguien sin papeles. No aspiraba al lujo de que la justicia también fuera legal. El 23 de agosto, 72 migrantes fueron asesinados… Víctor Manuel Escobar Pineda cerró los ojos tirado en Tamaulipas. Tenía 36 años. Fue sepultado en San Pedro Sula. Sus hijos viajaron al entierro. También su tío murió en la matanza. En la misa de Cantalicio el sacerdote recordó lo que dijo San Pablo: “Somos ciudadanos del cielo”. En Houston, la estación espacial de la Nasa protege a los ciudadanos del cielo. Los que construyen las casas no tienen papeles.

Víctima

Jilmar Augusto Morales Castillo

Por: Francisco Goldman, escritor estadounidense

Karla, tu esposo Jilmar está muerto. Su cuerpo fue hallado en el rancho San Fernando, al lado de tu hermano pequeño, Lizardo, y de Hermelindo, tu cuñado, asesinados los tres, tres entre los 72 muertos. Tu vida hecha pedazos, habrás muerto tú también, aunque espero que no habrás muerto del todo, no para siempre, porque tus hijos te necesitan, y la vida, aún vuelta pedazos, es vida. Estás en algún lugar en California, con tus niños. Tal vez escondes tu dolor de la misma manera que te escondes tú, sin documentos quizás, y con más razones que esa ahora para no llamar la atención sobre tu familia. ¿No es extraño pensar que Jilmar en California, y probablemente tú también, tenían y tienen mucho más que temer de los agentes del ICE y de las autoridades de los Estados Unidos que lo que puedan temer de las autoridades mexicanas, de los que mataron a Jilmar? Finalmente, ¿qué son Los Zetas? Los Zetas y el ICE son  las armas más dispuestas del Señor de la Oscuridad. Afortunadamente los hermanos de Jilmar están contigo. Parece que Jilmar era cocinero en un restaurante exitoso en California, no sé qué hacen sus hermanos, qué haces tú, y tal vez sea mejor mantener esto en silencio.

Víctima

Telmo Leonidas Yupa Chimborazo

Por: Alejandro Almazán, periodista mexicano

Querido Telmo: Lamento conocerte ahora que ya perteneces a la tierra. Encontré una foto tuya donde miras a la cámara con tus ojos de santo. Tienes una sonrisa contagiosa, los pómulos te brotan como si trajeras dos piedras y correspondes al tipo de campesino sencillo y disciplinado. Así apareciste en mi sueño de ayer. De pronto te desprendías del cielo, malherido, y me contabas que tu nombre significa ‘El que protege’, que tenías diecisiete años y venías de Ecuador, la mitad del mundo. Luego, cuando caminaste hacia al valle tamaulipeco de San Fernando, aquello se convirtió en una película de espanto y yo me puse a llorar… Desperté y le conté a mi mujer de ti. Le dije que habías nacido en Tauri, un pueblo en la sierra de Chunchi donde más de sesenta niños se han suicidado en los últimos cinco años porque sus padres emigraron y jamás regresaron por ellos. Es tanta la migración que en Chunchi hay una sola ambulancia que sirve más para traer cadáveres que para transportar enfermos, le leí a mi mujer una nota del diario Expreso. ¿Telmo se suicidó?, me preguntó. No, contesté, Lo mataron Los Zetas, los padrotes de la muerte. Lo hubieras visto: terminó con el corazón quebrado y las entrañas alebrestadas. Sé que al pollero le pagaste once mil dólares y éste te abandonó en el infierno. Sé, también, que doña Margarita, tu madre, no quiere que seas una vieja noticia de septiembre, perdida en la penúltima página. Ni yo tampoco. Ya te prendí una veladora junto a la de mi vieja.

Víctima

Yeimi Victoria Castro

Por: Wilbert Torre, periodista mexicano

Yeimi soñaba con la más anhelada de sus fiestas. Abrazaba sueños rosas y no había nada de malo en ello: así es la vida cuando se espera cumplir quince años. Vivía con sus abuelos en el caserío Las Peñitas del cantón El Rebalse, en el municipio Pasaquina, La Unión, El Salvador, un pueblo con un parque central de céspedes geométricos y una parroquia color crema. La vida tenía las complicaciones de siempre —dinero que no alcanza, familias divididas, madres y padres que cruzan la frontera para forjar a sus hijos un futuro— pero era apacible. En vacaciones todo transcurría entre escapadas a la playa y atardeceres en las faldas del volcán Conchagua. Los abuelos Cayetano y Victoria se hacían cargo de todo con los dólares que la madre de Yeimi enviaba… Su madre tenía planes para ella: estudiaría en una escuela de Nueva York. No fue una partida complicada. En el pueblo además de un parque, un volcán y playas, también hay coyotes que se anuncian con rótulos fuera de las casas. El 10 de agosto Yeimi salió para EE.UU. Vestía una camisa azul celeste y blue jeans. El coyote recibió tres mil dólares por adelantado de siete mil en los que consistió el trato. Los abuelos le dieron su bendición… No volvieron a saber de ella.

Víctima

Migrante 57, aún no identificado

Por: Elena Poniatowska, escritora mexicana

Quién sabe cuanto faltará, pero otros han cruzado a Estados Unidos y han encontrado trabajo y hasta mandan traer a su familia. No soy el único en atravesar, soy el 57 de 72, pero no caminamos juntos los 72, llamaríamos demasiado la atención. Caminamos a buen paso, cada quien con su pensamiento, caminamos de sol a sol, caminamos sin detenernos casi, otros lo han hecho. Seguro, ya pasó lo más duro. Tamaulipas suena a flor, a tulipán, a buena sombra. A pesar de los huizaches se puede caminar, claro que cuesta trabajo llegar pero se llega. A los demás no los conozco y se me hace más fácil platicar con las mujeres, sobre todo en la noche, cuando andamos con un pocillito caliente en la mano e intercambiamos unas cuantas palabras. No muchas, las indispensables. Son como catorce las mujeres pero apenas si levantan los ojos. Guardan todas sus fuerzas para el camino. Son anónimas. Toda la vida conviene ser anónimo. Mejor no tener nombre, allá me lo voy a hacer, allá lejos de El Salvador y Honduras, lejos de Ecuador y de Brasil, lejos de la favela y la inundación, de las aguas negras y del techo caído, lejos de la intemperie y las armas de fuego, los rifles, las carabinas, los cartuchos y los cargadores, lejos de la policía y de los carteles… Me están esperando. Cuando llegue les aviso y les mando. El lunes 23 de agosto, 72 hombres y mujeres son masacrados. Tamaulipas no sabe nada. Uno solo, a quien los asesinos creyeron muerto, es el que avisa, el único sobreviviente, Luis Freddy Lala Pomavilla, ecuatoriano. Los encontraron amarrados, a algunos les dieron el tiro de gracia, el rostro contra la tierra. Al sobreviviente habrá que salvarlo de ahora en adelante. Salvarlo de México, salvarlo de sí mismo, salvarlo del disparo que no le dio, salvarlo de nuestro continente, salvarlo para que pueda ir a ver a Martina y a sus cinco hijos a explicarle. Lo inexplicable.

Víctima

Gelder Lizardo Boche Cante

Por: Marcela Turati, periodista mexicana

Un surco mal trazado de fríjol permanece como recuerdo de tu vida en Los Astales, el rancho de 20 casas allende el río Las Tacayas, en El Progreso, Guatemala. Tu aportación a la milpa familiar parecía bigote retorcido, tan gracioso, Lizardo, que tu tío pidió que lo dejaras. No saliste bueno para el trazo acaso desde que desertaste de la primaria. Tantas ganas tenías de salir del pueblo que te alquilaste como chalán en el camión guajolotero de vaivenes entre tu caserío y San Antonio La Paz. Tanta urgencia sentías por vivir que con 17 años eras todo un hombre casado. Estabas próximo a estrenarte como padre del bebé tejido con amor en el vientre de Yésica, quien hoy se sabe una niña-viuda. Te hipnotizó la idea de dar a los tuyos una mejor vida abandonando las milpas de tu Guatemala y pizcando golden apples en California. En vez de quetzales ganarías dólares. Se veía refácil: tu cuñado Gilmar sería el guía, tú y tu cuñado Ermelindo los seguidores. Encontraron tu cuerpo, querido Lizardo, junto a los de los esposos de tus hermanas Karla y Nohemí, y a los de otros 69 migrantes. Sigues varado en una morgue mexicana. ¿Quién te manda, Lizardo, no tener cédula de identidad? No hubo manera de identificarte aunque tus parientes empeñaron su palabra en que tú eres tú, el adolescente de las milpas mal trazadas. Un surco de tierra te espera en casa. Ahí tu cuerpo será sembrado.

Víctima

Migrante 70, aún no identificado

Por: Jorge Volpi, escritor mexicano

Soy nadie, mi nombre es nadie, mi nombre no yace sepultado junto a mi cuerpo, mi única pertenencia. Lo único único que tenía fue robado, arrancado por la fuerza, vuelto jirones como mi piel, como mis vísceras, sepultado aquí en este lugar que tampoco tiene nombre o no lo tiene para mí o nunca lo tuvo. Llegar aquí desde tan lejos a este lugar sin nombre para terminar sin nombre sepultado en esta tierra idéntica a toda la tierra, a la tierra que dejé atrás, a la tierra que perseguía, a la tierra prometida.

Caminar en mi vida. Sólo supe caminar. Nunca hice otra cosa, andar desde niño con las botijas de agua al cuello, andar con los adobes, con los terneros, con los pollos; caminar por el lodo hacia el riachuelo, caminar del riachuelo hacia la casa, caminar cuatro kilómetros a la escuela, caminar cuatro kilómetros de la escuela a la casa, caminar las jornadas a la milpa, caminar la milpa de arriba abajo con las semillas en la mano, sobre la tierra sin agua, esa tierra tan parecida a esta tierra sin nombre donde me hallo sepultado, a esta tierra donde me fue arrancado el nombre como quien arranca una muela…

Qué más da un nombre u otro, decir fue éste o aquél, decir el señor tal o el señor cual de esa tierra lejana yace aquí, en este tierra que no era suya, en esta tierra sin nombre yace ese señor sin nombre que se dirigía a la tierra prometida. Qué más da mientras caminas con la pistola apuntándote a la espalda, caminar no hacia la frontera, no hacia la tierra prometida sino hacia esa tierra que a fin de cuentas ha de parecerse tanto a tu tierra…

 Oyes las voces que te amenazan, las voces que te insultan, las voces que te apremian, las voces de esos sujetos sin nombre que están a punto de robarte el tuyo, de esos hombres que no pueden robarte otra cosa porque no tienes otra cosa, porque has dejado todo en el camino, porque eres nada, porque eres nadie. Caminas, das el último paso, oyes las voces que festejan, oyes los disparos lejanos, muy lejanos, como si ocurrieran en otra parte, como si no se dirigiesen a tu cuerpo, como si no fuesen a incrustarte en tus músculos y en tus vísceras, no piensas en nada, no piensas en tu nombre que a fin de cuentas no importa, ni piensas en el camino ni en la tierra prometida, tampoco piensas en esos sujetos sin nombre que te emboscaron en el camino y al no poder robarte nada te despojan de lo único que te queda.

Al final lo único que sabes es que has perdido tu nombre pero no has adoptado el suyo, al menos no te han contaminado con su nombre terrible, al menos no te has vuelto uno de ellos, entonces caes a la tierra sin nombre, ya sin nombre caes, caes y la tierra cubre tu cuerpo, la tierra sin nombre que sabe igual que en tu tierra, que huele igual que en tu tierra, y en la tierra prometida eres nada, eres nadie, ya no caminas, ya no caminas, por fin ya no caminas.

Publicidad

Víctima

Miguel Ángel Cárcamo

Por: Víctor Núñez Jaime, periodista mexicano

Miguel Ángel nació hace 40 años en El Guante, una comunidad de Cedros, municipio del departamento Francisco Morazán, en el centro de Honduras, y estaba acostumbrado a ver que sólo aquellos que se iban al norte podían disminuir su miseria. Así que hizo a un lado sus trabajos temporales, juntó US$150 y se encaminó a Estados Unidos. Se fue acompañado por dos de sus cuñados, y en México unos agentes lo detuvieron para deportarlo. Lo intentó de nuevo, y días después fue asesinado en Tamaulipas. Dejó cuatro hijos: Petrona, de 16 años; Ángel Rogelio, de 13; Jessica de 5 y Luis Miguel de 3. El jueves 2 de septiembre de 2010, su esposa, Marleny Suárez, de 34 años, con quien se casó hace dos décadas, encabezó el velorio en su casa y el entierro en el cementerio de la comunidad de El Guante.

Víctima

Junior Basilio Espinoza

Por: Miguel Tapia Alcaraz, periodista mexicano

Junior Alexander cumplió cinco años un martes, pero no recibió su regalo hasta el miércoles, tras el sepelio de Junior Basilio Espinoza, su padre. Su madre misma fue a comprarle el pastel apenas se despidió de su esposo, asesinado once días antes en Tamaulipas, México. De tanto ver las fotos que publicó la prensa, la madre de Junior Basilio terminó por reconocerlo entre los cuerpos yacentes. Su hijo tenía puesta la misma camiseta con que le tomaron la foto del recuerdo el día en que salió de su casa, en Triunfo de la Cruz, Honduras.  Junior Basilio tenía 24 años. Planeaba conseguir un empleo, un mejor salario que el del taller de pintura y enderezado, de donde lo echaron por la crisis. Planeaba enviar dinero para mejorar por fin la casa familiar,  enviar a su hijo a una escuela privada cuando cumpliera seis años.

Publicidad

Víctima

Migrante 35, Brasileño anónimo

Por: Marta Acevedo, editora mexicana

Cómo imaginar tu marcha, meu irmão, si a mí no me quema el sol ni me empapa la lluvia, no padezco sed y me baño a diario; no tengo que dejar el albergue en 24 horas ni dormir tiradita junto a los que encontré en el camino; yo me acuesto sin miedo seis horas seguidas; no me ciño a seguir la línea del tren y la policía no me expolia por mi facha o condición; mi seguridad no está en negar mi nombre, tengo papeles. Además, no tengo el valor de todos ustedes ni su capacidad para retar la ignominia de traficantes, autoridades y policía; carezco de la solidaridad que tienen para levantar al otro cuando yo ni caminar puedo; no entiendo su confianza en el futuro y lo que son capaces de hacer para perseguirlo, y aunque saben que pueden no llegar a donde quieren, con las uñas vuelven a intentarlo.

Víctima

Pedro Antonio Franco

Por: Elia Baltazar, periodista mexicana

A los 55 años eras un hombre bien entrenado en las necesidades de un país pobre. Sin embargo, nunca habías llevado a cuestas 80 libras todo el día, cada día. Hasta que llegaste a Maryland, donde la conociste ocho atrás, en un andén del Metro que compartían todas las tardes al volver a casa. Una estación los separaba y mejor te la llevaste a vivir contigo. Viajaron a El Salvador para casarse y volvieron juntos a Estados Unidos. Allá se despidió de ti. Tuviste que dejarla: tu empleo se había perdido en el derrumbe inmobiliario, estabas enfermo y sin permiso de trabajo. Por eso volviste a El Salvador. Te encaminaste a México y recorriste 1.500 kilómetros hasta llegar a Tamaulipas. Un día antes de tu muerte, un hombre llamó a Ana Virginia para decirle que esa noche cruzarías. Al día siguiente te encontraron tendido sobre el pedazo de tierra a desnivel que te tocó en vida.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido