
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Por eso, quizá, también fijó sus intereses en la matemática y en el estudio de la naturaleza, de sus figuras y aparentes azares, como parte de un sistema numérico que permitía descubrir su condición. En sus cuadros, que prescinden de la representación figurativa del rostro y el cuerpo humanos, de los paisajes, más cercano al cubismo que a las escuelas más tradicionales, Rojas conjugó aquella necesidad de abstracción con la búsqueda del espíritu, del ser que siempre presupone el misterio esencial del arte. Esa suerte de conjuro se desglosa en Carlos Rojas. Pinturas y dibujos, que Ediciones Gamma editó junto con Davivienda para rendir homenaje a la trayectoria de cuatro décadas del artista colombiano.
En principio, Rojas estudió el cubismo como parte de esa expresión esencial. Fueron los años cincuenta, cuando, recién graduado de arquitectura y próximo a estudiar en Italia, encontró en el collage un modo de emparentar su afán científico con su ansia estética. “Esa visión del cubismo —decía— en el espacio y el tiempo era lo que investigaba Einstein en su momento o cualquiera de los científicos que estudiaban la física para encontrar el espacio y el movimiento, o sea, el tiempo en todo su esplendor”. Técnicas mixtas, acrílicos y telas se expanden en colores en aquellas primeras obras: Frasco de mármol, Botella y mármol y Documentos históricos.
Luego de esa primera etapa, en que participó en diversas bienales y exposiciones individuales, Rojas cambia su percepción estética y se emparenta con la linealidad: líneas y líneas sobre la tela que no niegan las formas humanas o del paisaje, sino que las expanden a través del color. Son estos horizontes, como titula el libro esta sección de su obra, los que arman buena parte de su pensamiento artístico. Son tintes y acrílicos sobre tela que rebasa la imagen tradicional y muestran una percepción interior: el mundo vertical enfrentado al hombre, que anda a pie, recto sobre la tierra. “Para mí, la abstracción hace parte de la naturaleza misma en la que se existe —decía Rojas—. O sea, si yo digo árbol, podría ser una colombina, porque tiene un tronco y una copa (…) Para mí la abstracción es la simplificación de elementos desde un complejo naturalista total”. Ese “complejo” puede parecen en principio sólo una reunión de líneas rectas.
Sin embargo, en el fondo existe un trabajo matemático, dedicado a la simetría y a la proporción. Se ven allí la tierra, todos los verdes, también la oscuridad. Esa percepción, plena de formas cuadradas (basadas en estudios en lápiz, como sus cálculos para la construcción de un rectángulo o la naturaleza numérica del ficus) son la semilla inicial del resto de su obra: de allí en adelante, incluyendo materiales orgánicos (lodos o madera, por ejemplo), Rojas remite desde sus cuadros a la naturaleza misma, como en Cenicienta y Rata comiendo mangos.
“Es posible —decía— que la relación hombre-naturaleza siga siendo la base del arte nuevo, pero su visión será diferente”.
jtorres@elespectador.com
@acayaqui