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El arte de la injuria

El reciente intento de veto por parte de los adeptos al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner contra Vargas Llosa abrió antiguas y profundas heridas.

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El primer golpe lo lanzó Mario Vargas Llosa en noviembre del año pasado. “Cristina Fernández es un desastre total. Argentina está conociendo la peor forma de peronismo, populismo y anarquía. Temo que sea un país incurable. Está sumida en una crisis de la que no hay indicios de que vaya a salir”. La reacción demoró algunos meses, pero llegó. Llegó con veneno, amarrada a viejos rencores que se remontan a los tiempos en que Juan Domingo Perón asumió la Presidencia de Argentina, en 1946. “Evidentemente, el literato vuela sobre la realidad de una nación, de un pueblo que tiene mucho para enseñarle, especialmente los que transitamos el llano social y acunamos la idiosincrasia nacional, popular, humanista y cristiana. Quizá le cosquillee una frustración, todavía no ha podido acceder a la primera magistratura de su país, cosa que limita su opinión”. De un plumazo, el tiempo parecía devolverse, con otros nombres, por supuesto, otros colores y otras armas y palabras, pero con la misma polémica e idénticos odios. Peronismo, literatura, opresión, libertad, censura, conveniencias, ideologías, disfraces, inmortalidad. Que Enrique Santos Discépolo, 12 años después de haber escrito Cambalache (“el mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el 503 y en el 2000 también”), se paseaba por los pasillos y alcobas de la Casa Rosada tomado del brazo de Eva Perón. Que Leopoldo Marechal fue el más importante de los poetas y escritores argentinos adeptos a Perón, hasta el punto de que en El banquete de Severo Arcángelo, según la crítica Graciela Maturo, “es donde el autor ha entrado plenamente, a mi juicio, en el terreno político”. Marechal, el poeta depuesto, como se autodenominaba en estos años de ostracismo que siguieron a la autodenominada “Revolución Libertadora”, necesitaba justificar su propia participación en un movimiento execrado o incomprendido por una parte de la sociedad nacional, y especialmente por sus pares, los intelectuales. Al mismo tiempo se propuso desplegar las motivaciones históricas y la sustancia doctrinaria del movimiento, restaurando la conexión originaria entre peronismo y cristianismo”. A Marechal, dijeron luego, lo persiguieron los no peronistas. Como aclaró cinco años atrás Horacio Salas en la presentación de su libro Lecturas de la memoria, “Éramos muy pocos los escritores peronistas: Rozenmacher, con quien colaborábamos en un diario clandestino que se llamaba Compañero; Fermín Chávez, Leónidas Lamborghini y Marechal. Nos maltrataron mucho y había que callarse la boca porque no se podía ser peronista, te consideraban un maldito. Como éramos difíciles de entender, entonces mejor no entendernos y a otra cosa”. Todos tenían algo para decir y mucho para callar. Luego, sin embargo, lo callado pasó a ser historia y comenzaron a surgir otras historias, las historias no oficiales. Las de Jorge Luis Borges, por ejemplo, que se iniciaron por un nombramiento que fue bofetada, insulto y herida. El nombramiento le llegó en un suntuoso sobre sellado, con el escudo de la Argentina en altos y bajos relieves y una perfecta caligrafía. “Por medio del cual se le promueve al cargo de inspector de aves y conejos en los mercados públicos”, decía el documento, respaldado por la honorable firma del presidente de la nación, Juan Domingo Perón. Borges se lo guardó en el bolsillo de su saco y salió para tratar de entender lo que había ocurrido, aunque ya lo entendía bien. “Me presenté en la municipalidad a fin de averiguar qué había ocurrido. Vea usted —dije—, resulta más bien extraño que entre tantos empleados como hay en la biblioteca haya sido justamente yo el elegido para ese puesto. Bien —respondió el empleado—, usted estaba de parte de los Aliados, ¿qué esperaba? Su argumento era concluyente y no admitía réplica alguna. Al día siguiente presenté la renuncia”. Hasta entonces, año de 1946, Borges había trabajado como director de la Biblioteca Municipal de Buenos Aires. Después de su nuevo nombramiento y de su renuncia, supo que su hermana Norah y su madre habían sido encarceladas por el régimen luego de que hubieran cantado el himno en la calle de Florida sin haber solicitado el respectivo permiso policial, y que a su amiga Victoria Ocampo le había ocurrido algo similar en Mar del Plata. Borges no calló. Cuando pudo, dijo: “Perón era una persona abominable y la tiranía que ejerció fue realmente monstruosa”. Cuando quiso, escribió: “La victoria es de los otros. Vencen los bárbaros, los gauchos vencen. Al fin me encuentro con mi destino sudamericano”. Por aquellos tiempos, siendo secretario de redacción de una revista, recibió un manuscrito de un tal Julio Cortázar. “Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en imprenta. Dos, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula Casa tomada”. Allí, Cortázar develaba lo que iba ocurriendo entre los de afuera, los de la calle que se lavaban los pies en las fuentes y los de adentro, los de toda la vida que vivían tranquilos en sus casas. Peronistas y burgueses. En 1955, luego de que Perón fuera derrocado, y con Adolfo Bioy Casares, Borges escribió un texto que circuló en copias a máquina y fue publicado por primera vez en el semanario Marcha, el 30 de septiembre. Era La fiesta del monstruo, una descripción de los mítines de masas con tintes de sudor, gritos, malas costumbres, falta de modales e instintos criminales. Cinco años antes de que Perón volviera a ser presidente, en 1974, Borges escribió Buenos Aires: “Es la cara de Cristo que vi en el polvo, deshecha a martillazos, en una de las naves de La Piedad”. Después aclaró en una entrevista que “Eso fue cuando Perón ordenó el incendio de las iglesias, y destruyeron también una biblioteca para ciegos que había. Y luego estaba la cara de Cristo en el suelo, que la habían, sí, deshecho a martillazos. En la iglesia de La Piedad, en la calle Bartolomé Mitre”. Vargas Llosa y la política Mario Vargas Llosa siempre fue un escritor de pluma afilada para la política. Sus defensas de la revolución cubana aún son recordadas por esos que no superan la indignación de que el escritor haya cambiado de opinión y haya decidido repudiar no sólo a Fidel Castro, sino también a Hugo Chávez, Evo Morales y Daniel Ortega. Era su pluma su forma más efectiva de hacer política, pero en 1990, a Vargas Llosa le pudo la pasión y se lanzó como candidato presidencial. Encabezó un movimiento liberal y derechista, pero fue vencido por Alberto Fujimori, con quien antes había coincidido en algunas reuniones. Las rencillas entre estos dos combatientes políticos aún perviven, aunque Fujimori esté encarcelado. El año pasado, a sólo unos días de recibir el Nobel, Vargas Llosa regresó a su país para condenar públicamente las pretensiones de la peruana Keiko Fujimori hija del  ex mandatario.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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