Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El sagaz editor catalán Alberto Castellet frunció el ceño al leer, en la primera página del manuscrito de La línea imaginaria, una nota. Decía: “Disculpe la molestia”. Marcelo Chiriboga había ido esa mañana a dejar su texto en la oficina de la editorial madrileña Terra y, para expurgar su culpa por tamaño atrevimiento, había adjuntado —tan escrupuloso él, tan ecuatoriano— ese pedacito de papel. Castellet, intrigado por la excusa inusual, leyó las hojas mecanografiadas y quedó impresionado con el relato satírico del conflicto territorial de 1941 entre Ecuador y Perú, que dejó al primer país con un mapa mutilado. Al día siguiente, Terra publicó la primera edición de La línea imaginaria y Chiriboga, con el mentón en alto y un cigarrillo encendido, pasó a ocupar un lugar privilegiado entre los escritores del Boom. Era 1968. Enseguida vinieron las traducciones al armenio, al ruso, al japonés, el prestigioso premio Casa de las Américas para su libro de cuentos Jardín de piedra, la fama como una arena movediza. El olvido, después, fue tajante.
“Yo lo llamo ‘the broom of the Boom’, la escoba del Boom, porque él vino a barrer todos nuestras preconcepciones y tirarlas al tacho”, dice Richard Heiss, profesor de la Universidad de Alabama, quien se doctoró con una tesis sobre el carácter profético de la obra de Chiriboga. No es casual que el suyo sea el testimonio con el que se abre el documental Un secreto en la caja, del cineasta ecuatoriano Javier Izquierdo, cuyo estreno en internet fue el 20 de marzo. No lo es porque, si no hubiese sido por Heiss y la academia gringa —faltaba más—, en Latinoamérica jamás hubiésemos redescubierto a ese tremendo autor que estuvo frente a nuestras narices siempre. Un autor de quien, a pesar de ser el “más insolentemente célebre de todos los integrantes del Boom”, según el nada modesto José Donoso, nadie se acordaba.
Donoso y Carlos Fuentes, de hecho, inventaron a Chiriboga. Fue un personaje creado por ambos para reírse de la ausencia de un representante ecuatoriano en el panorama literario de los 60. Izquierdo, lejos de estirar la broma, se la tomó en serio y a partir de ella creó un retrato ácido de Chiriboga, de su país y de la región. Lo hizo en la línea de la película Un tigre de papel, de Luis Ospina, que a través de entrevistas y material de archivo perfila la vida de Pedro Manrique Figueroa, el seudoprecursor del collage y “del goulash” en Colombia. Izquierdo, de igual manera, dialoga con Eloísa, la supuesta hermana del escritor, con Sofía, su única hija, con un reportero mexicano que fue a recoger sus pasos en su tierra natal, y con un par de amigos suyos que lo recuerdan al calor de unas tazas de café, y así hilvana su manifiesto. Que La línea imaginaria haya sido censurada en Ecuador por antipatriótica, por ejemplo, es el pretexto de Izquierdo para delatar el pobre nivel de lectura comprensiva del dictador militar de turno. Que Chiriboga se haya involucrado en la guerrilla del Toachi es su guiño irónico a las utopías franquiciadas que llegaron desde Cuba. Que en su país de nacimiento nadie recordara quién fue ni cuán importante había sido Chiriboga es su comentario mordaz sobre la desmemoria, tan rampante entre las democracias púberes.
“Me duele que mi padre haya pasado tantas horas con esas personas y no conmigo. Todos esos cafés en París, y tanta cosa tan intelectual, creo que es un poco falso, para ser honesta. Incluso el nombre es falso: Boom. ¿Qué es boom?”, dice con indignación la hija de Chiriboga hacia el final de la película, y con eso Izquierdo y su hermano Jorge, coguionista, encienden la última dinamita frente a los muros del discurso literario y sus legitimaciones. Después de verlo, resulta gracioso decir que Un secreto en la caja es un falso documental, pues nada resulta más pertinente y verosímil que contar, desde lo ficticio, la historia de un autor fantasma que nació en un país cuyo nombre se deriva de una línea imaginaria.