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El camino de las letras

El escritor antioqueño, quien conmocionó el mundo literario con ‘Rosario Tijeras’ 15 años atrás, obtuvo el premio con su novela ‘El mundo de afuera’.

La más reciente novela de Jorge Franco obtuvo el Premio Alfaguara, dotado con 175.000 dólares. El jurado fue presidido por Laura Restrepo. / Cortesía Santillana
La más reciente novela de Jorge Franco obtuvo el Premio Alfaguara, dotado con 175.000 dólares. El jurado fue presidido por Laura Restrepo. / Cortesía Santillana

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Pasó de los libros a las baladas, de las baladas al cine, de ahí a la publicidad, y luego a la literatura. De William Faulkner a Paulina Rubio, de Sandro a Woody Allen, y de Woody Allen a sus historias, a sus propios personajes de piel, deseo, miedo, angustia, anhelo, paranoia y ambición, a esa gente de todos los días y con todos los vicios que conoció en Medellín en los peores tiempos de Medellín: años 80. De sus historias y de la impotencia se nutrió, de la sangre de todos los días, de la muerte, del todo vale, de sólo el amor salva. Entonces comenzó a escribir oficialmente, porque ya antes lo había hecho en cientos de páginas de cuaderno. Comenzó a escribir, aunque en el camino estudiara cine, viajara a Londres un par de veces, creara una agencia de publicidad y se matriculara en diversos talleres de literatura.

“Pienso que ningún arte se acerca tanto al conocimiento de la condición humana como la literatura —le confesaría Jorge Franco a Eduardo Arias , años más tarde, en la revista Soho—. Que la palabra escrita es la más precisa de todas. Que la escritura no subestima la imaginación como los medios audiovisuales, donde todo está dado. La escritura no le da espacio a la pereza mental, más bien deja el espacio libre para imaginar a nuestro antojo, para que el lector redondee a su criterio lo que el escritor quiso insinuar. Y, sobre todo, le apuesto a la literatura porque es el mejor antídoto contra la imbecilidad”. La imbecilidad fue, en su obra, la plata fácil, la cultura de los narcos, la venganza descarnada. Mucho de Colombia, casi todo de Medellín. Toda aquella imbecilidad lo llevó a escribir Rosario Tijeras, más que un clic en su vida, una bomba que partió en dos su obra. Rosario Tijeras fue una joven, como tantas otras, que fue violada de niña en las comunas de Medellín, que creció con el odio incrustado en la piel, y que cuando pudo, cobró venganza de todo y de todos. En abril del 99, Enrique Santos Calderón elogió en su columna de Contraescape el libro y a Franco. “Se trata de una novela violenta y tierna a la vez —escribió—. De una historia de amor en medio de la rumba loca, el frenesí suicida y el choque de valores, clases y culturas que produjo el auge del narcotráfico en la sociedad antioqueña. Un tema fascinante, que se prestaba para el morbo o el sensacionalismo, pero que Jorge Franco trata con una limpieza literaria impresionante. Es un libro duro, pero natural y fresco. Escrito en un ritmo ascendente, que no decae un minuto y que gira en torno de los recuerdos que asaltan a uno de los enamorados de Rosario mientras ella agoniza en el hospital”.

Pasados unos años, Franco admitiría que aquella columna de Santos había sido fundamental para Rosario Tijeras. “Me hizo el milagro de salir del cascarón del anonimato cuando se ocupó de Rosario Tijeras, si bien pienso que el libro se hubiera abierto camino solito, hubiera calado por sí mismo entre los lectores”. Aclararía, también, las razones por las cuales las mujeres eran tan importantes en sus textos. “Bueno, yo sabía mucho sobre el tema del sicariato porque me crié en Medellín —le diría a Arias—. Pero además investigué, y en un estudio sobre el sicariato encontré algo que me sorprendió incluso a mí: las niñas metidas en ese sistema. Vi que allí había una historia: me acerqué a estas chicas en un correccional para menores y hablé con ellas. Si la historia de Rosario parece violenta, comparada con lo que cuentan esas niñas parece un cuento infantil. De todos modos, yo quería hacer algo no sólo testimonial, entonces recurrí a mis dos temas favoritos: el amor y el mundo femenino. Puse como telón de fondo esa realidad y, en primer plano, la historia de esta niña contada por su enamorado, que la lleva en sus brazos, moribunda”.

La mujer, las mujeres, sus sacrificios y resentimientos, su magia, su amor por el amor, sus ironías y contradicciones, sus anhelos, retornaron en Paraíso Travel (2002), otro de sus golpes literarios. Medellín quedó atrás. La reemplazó Nueva York. Y al narcotráfico, la lucha de los inmigrantes por permanecer dentro de una sociedad que los persigue, los estigmatiza, los humilla y condena. Los colombianos, más allá de fronteras y lenguajes, siguieron siendo los mismos perjudicados de siempre. Perjudicados y victimarios. Algunos críticos le enrostraron a Franco su crudeza con los colombianos. Él, simplemente, dijo: “Quedan jodidos en un mínimo porcentaje comparado con lo jodidos que estamos en la realidad. Yo llegué a Nueva York y encontré casos de secuestros, de extorsión; digamos, todo lo que sucede acá, un microcosmos trasladado a la colonia colombiana. Conocí un muchacho que tenía que pagar a unos sicarios para que no le secuestraran a un familiar en Medellín”.

Diez, doce años más tarde, Franco, o sus letras, que es casi lo mismo, retornaron a Medellín con su novela El mundo de afuera. Como decía la reseña: “Allí, el tiempo viene envuelto en una neblina, y las voces parecen silbidos que se pierden entre las ramas. Una especie de castillo se atisba en las frondosas afueras y de una puerta sale corriendo una niña rubia. Unos ojos miran cautivados esa presencia insólita y la niña se pierde en el bosque. En 1971, el padre de esa niña, don Diego, ha sido secuestrado. El Mono es el cabecilla de los maleantes, cuya intención es pedir un rescate millonario a la familia. El Mono tiene otras razones que las económicas para secuestrar a don Diego: la obsesión amorosa por la hija de este, Isolda, una princesa rubia a quien el padre, amante de la ópera de Wagner, mantiene encerrada en el ‘castillo’ para preservar su pureza y evitar el contagio con el mundo sucio que les rodea. Don Diego es germanófilo y se ha casado con Dita, una mujer alemana que dejó el Berlín nazi para vivir en la copia del castillo de La Rochefoucauld que su marido ha levantado en Medellín. Desde muy pequeña, Isolda ha tomado la costumbre de escapar al bosque, donde antes jugaba con conejos fantásticos que le tejían peinados, mientras el Mono la admiraba encaramado en los árboles”.

Él, Franco, fue parte de su novela, con otros nombres y en otros parajes tal vez, pero él. Un hombre que fue niño y que tuvo que crecer escondido entre cuatro paredes, que se refugió en su imaginación para salvarse del miedo, que fue rebelde “porque el mundo me hizo así”, como cantaba a dúo con Jeanette, que ni bebía ni fumaba porque ese perderse en su mundo imaginario era casi suficiente, que se declaraba en guerra contra las imposiciones de los retrógrados. “Recuerdo que estando en un colegio jesuita, me dicen que van a celebrar la ceremonia de confirmación. Fui entonces a decirle al padre que lo haría pero sin confesarme y él me dijo que era requisito. Pero gané, logré confirmarme sin confesión. No tenía bronca con la religión, pero iba a misa obligado y al colegio también, porque tocaba (…) Desde hace mucho no tengo relaciones con la Iglesia, no me casé por la Iglesia, pero con los jesuitas hubo algo en su forma de ser que me permitió estar ahí”.

Y estuvo ahí, con los jesuitas. Y estuvo ahí, en Medellín. Y estuvo ahí, en Colombia, pero sobre todo, estuvo siempre apegado a la literatura, o a contar historias, o a escribir. Consciente de que “no escucho nada nuevo, que oriente; no veo un líder, un político, alguien que dé una señal, una luz que indique el camino. No lo muestra el gobierno, ni los grupos al margen de la ley. Entonces ¿qué queda? Pues como levantar los hombros. No hay nada. Soy de un carácter más bien pesimista”. Consciente de que todo pasa, de que no hay absolutos, de que no hay soluciones definitivas. Ni milagros ni divinidades. Todo humano, demasiado humano, como escribió Nietzsche. Todo pequeño. 

faraujo@elespectador.com

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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