El día que sentí compasión de Dios (Cuentos de sábado en la tarde)

Un día, en una clase que ya no recuerdo, algún adulto, que ha agonizado en mi memoria, nos dijo que la tierra era redonda. Quizás era viernes porque la siguiente imagen que aparece es la de estar en el asiento trasero del carro de mis padres, desesperada por el calor.

03 de agosto de 2019 – 06:59 p. m.
Imagen del "Indio acostado", en inmediaciones de Chicoral, Tolima.  / Cortesía
Imagen del «Indio acostado», en inmediaciones de Chicoral, Tolima. / Cortesía

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

El reloj debía marcar las seis de la tarde porque los zancudos estaban parados sobre mi piel, alimentándose de mi sangre. Yo advertí su presencia cuando ya tenía pequeñas heridas abultadas en los brazos y las piernas.

Recuerdo estar mirando por la ventana del carro, que andaba por una carretera protegida por un domo natural de árboles frondosos, oír las cigarras y los pájaros, que se alborotan cuando el día desfallece, y traer a mi memoria lo que dijo el adulto. Entendí por qué decía que la tierra era redonda: desde la ventana podía percibir la forma de la esfera en la que vivíamos. Veía al cielo pintado de colores pastel hacer una curva en el horizonte. Lo vi muy claro. Me asombró. Después contemplé las montañas que íbamos dejando atrás y llegué a la conclusión de que eran dinosaurios que se habían quedado dormidos, a los que la tierra y la hierba habían cubierto al pasar el tiempo.

Abracé a mi padre y le pedí el favor de conducir sin hacer ruido. Le dije que que había una gran posibilidad de que los dinosaurios se despertaran. También le comenté que estaba muy sorprendida por ver cómo él y mi madre no se habían enterado de la presencia de los dinosaurios y de los indígenas escondidos bajo las montañas. Mi abuelo Luis ya nos había hablado del indio pijao que se había quedado dormido sobre la tierra de Chicoral.

Mi padre soltó una carcajada y con el brazo derecho rodeó mi cabeza y me besó en la frente, luego me dijo:

— Qué cosas pasan por esa cabecita redonda.

Por sus palabras me asaltó una revelación concreta: que las cabezas de las personas y la tierra eran redondas. La tierra podía ser una cabeza. Entonces, era muy probable que viviéramos dentro de la cabeza de alguien y que, también, en nuestras cabezas viviera gente. Solté a mi padre y me senté asustada y pensativa. ¿Será posible que vivamos en la cabeza gigante de alguna persona enorme? Pensé. La respuesta era obvia para mí, si en el pasado habían existido dinosaurios y humanos tan grandes que la naturaleza tuvo que tomar la forma de sus cuerpos, ¿por qué no habría de existir gente con una cabeza tan grande que tuviera el tamaño de un planeta?

Esa idea me hizo caer en cuenta de algo terrible y desolador: si había gente viviendo en nuestras cabezas, nosotros no éramos conscientes de la gente que vivía dentro de nosotros. Yo, por ejemplo, solo escuchaba una voz en la cabeza y era la mía, cuando pensaba o hablaba conmigo misma. ¡Qué panorama tan aterrador!, seguro mi cabeza estaba poblada de pequeñas personas que depositaban toda su fe y sus esperanzas en un ser más grande que ellos, que, se supone, debía acogerlos y protegerlos o, al menos, sentir compasión por ellos. Pero yo no escuchaba nada y hasta ese momento no sabía de su existencia. ¿Cómo iba a saber qué necesitaban?, ¿cómo sabría si estaban tristes o contentos? Era imposible.

Entonces, entendí que en ese orden de ideas había una situación peor: que Dios, al que yo creía pertenecía esa cabeza gigante que habitábamos, tampoco sabía de nuestra existencia. Supe, en ese momento, que todas las plegarias de mi madre, de mi padre, de mis abuelos y las mías eran en vano. De pronto, todo tuvo sentido: esa era la razón por la que todo lo que le pedíamos a ese ser superior a nosotros no se cumplía y por lo que mis padres, en medio de su frustración, repetían una oración que funcionaba como consuelo: “Los tiempos de Dios son perfectos y él sabrá por qué lo hace”.

Pero ¿Cómo les iba a explicar que Dios no escuchaba sus plegarias porque no podía?, seguramente, él solo escuchaba su propia voz, cuando pensaba o cuando hablaba consigo mismo. Sentí una tristeza absoluta y lo compadecí. No era posible que ese ser enorme con la cabeza tan grande como un planeta supiera la cantidad de personas que depositaban su vida en su existencia y en su misericordia; la cantidad de iglesias que construyeron, las miles de canciones y oraciones que compusieron para alabarlo, pedirle ayuda y agradecerle. ¿Cómo le iba a decir a mis padres que estábamos abandonados a nuestra suerte? ¿Que nuestra existencia era parte de un caos, que no tenía sentido y que teníamos que cargar con eso, por más pesado que fuera? ¿Que no podíamos hacer nada para que Dios nos escuchara y que tampoco podíamos hacer nada para escuchar a los que vivían dentro de nosotros?

Cuando llegamos a la casa de mis abuelos, salí corriendo a abrazar a mi abuelo Luis y a preguntarle si la vida tenía algún sentido. Tenía un nudo en la garganta y un llanto inexplicable quería salir de mi cuerpo. Luis me abrazó y me dijo que la vida tenía sentido cuando yo sonreía. Me quedé pensando en que, tal vez, si evitaba pensamientos tristes, las personas de mi cabeza estarían a salvo. Preferí no contarle a Luis sobre mi descubrimiento de esa tarde.

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido