
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Era una oportunidad soñada (like a golden ticket) para inmortalizar sus esfuerzos, publicitar su trabajo, y dar sentido a una idea que todos sus cercanos estimaron absurda como mínimo. Y es que desde que empezó con este cuento de la exacta imitación, esta especie de religiosidad y esta múltiple personalidad, perdió el apoyo de toda su familia.
New York ha sido considerada la capital del mundo por su atroz crecimiento y por la reunión de intereses relevantes a todas las dimensiones comerciales, sociales y políticas que ha albergado, reflejando de algún modo el desarrollo comunitario del hombre como especie dominante en el mundo natural. Históricamente, el tiempo que nos concierne en este relato es vital pues la segunda mitad del siglo diecinueve y la primera del veinte consolidan la ciudad definitivamente en términos económicos, académicos y culturales. La ubicación de NY le permitía esta condición de epicentro de la que se empoderó con la estructuración de una sólida institucionalidad en todos los campos, lo que la hace, de cierta manera, un monumento de la evolución humana. Peter nace en 1879 en el seno de las convicciones cristianas , que eran minoría en un barrio más bien Judío, y perteneciente a una típica familia citadina estadounidense que había estado en Brooklyn desde el nacimiento de su primer hermano, 10 años antes que él. Esta familia tradicional encajaba perfectamente en el andamiaje de la ciudad. El padre había conseguido montar una cafetería en Brooklyn que estaba muy llena en las mañanas y al final de las tardes. A Peter le gustaba escuchar conversaciones tras el mostrador, y en una de esas sesiones de escucha vio un escarabajo al que atrapó dándole vuelta a un vaso. Una vez preso, lo mantuvo ahí hasta que no se movió nunca más. Con él decidió quedarse para empezar lo que sería una monumental y muy nutrida colección de escarabajos. Su madre era una respetadísima dama de los clubes sociales que tenía como oficios principales parecer con más dinero que el que su marido ostentaba y un jardín colorido en el patio de su casa. Tantas flores tan diversas, tan olorosas, a veces tan vivas y a veces tan marchitas, llamaban la atención de Peter y, por complemento ecosistémico, atraían elementos a su colección de cadáveres diminutos y complejos (the so called universe of beetles). Tuvo cuatro hermanos varones y compartió con ellos la misma escuela, en donde mostró un intenso interés por la biología y unos primeros destellos obsesivos por el naturalismo, la selección natural y el personaje Charles Darwin.
Muy pocos amigos tuvo en la escuela, solo se le vio compartiendo una relación de confianza real con una maestra Inglesa, que le dictó Biología al final de la secundaria. Nancy Owen fue maestra de Biología en esa escuela de Brooklyn por 35 años. Claro que se acordaba de Peter Glass, nunca lo olvidaría. Hasta el último de sus días pensó que era un jovencito muy sobresaliente, con una madurez superior a la de todos esos muchachos que solo hablaban de tonterías y canicas. Peter era muy despierto y sus inquietudes se relacionaban siempre con el poder impresionante de la naturaleza. Por eso fue que empezó a quedarse después de las clases, para preguntarme por unos bichos que se encontraba en el patio, para clasificarlos en una colección que tenía en la cochera de su casa, para que le prestara unos libros que yo atesoraba. Para acompañarnos. Yo pasaba por una época difícil pues había tenido hace poco la pérdida de mi marido en el ejército. Del amor que construimos me quedaba: una fila cada mes en un dispensario militar para reclamar un derecho de manutención y una bandera de seda doblada en triángulo que nunca estiré. Mientras avanzaba el año escolar , Peter venia a casa y ojeaba mi biblioteca, la dejaba toda desordenada, de las enciclopedias solo agarraba el tomo donde estaba la letra D, y yo por las noches me dedicaba a ordenarla con gusto mientras consultaba las preguntas que me había hecho y las que me podría hacer al día siguiente. Siempre me pareció un geniecito en crecimiento, y yo estaba aportándole a la humanidad sembrando conceptos en una mente brillante. Estuve viéndolo justo en la época en que empezó a crecer físicamente. Su mente era madura desde que lo conocí, y empecé a disfrutar cada vez más del olor que dejaba su chaqueta en el sillón de mi sala, el entusiasmo con el que empezaba a referirse a un interés comparativo con Charles Darwin, el pequeño bigote hormigoso que empezaba a asomarse bajo su nariz y sobre todo las tardes calurosas en que se quedaba en camisilla para evitar el sofoco. El día que me invitó a ver su colección yo me sentí emocionada y él se veía tranquilo y seguro, como si hubiéramos acordado un cambio de edades. Era un lugar oscuro alumbrado por lámparas de aceite lo que generaba un ambiente lúgubre pero confiable. Fue el día en que tal vez lo vi más emocionado, explicándome como había conseguido cada uno de los bichitos que había en esa cochera, apasionado me decía que el primero de todos lo atrapó en un vaso y recalcaba que su apellido era Glass como tratando de mostrar que el destino daba razón a todas sus ilusiones. Fue entonces cuando estúpidamente me aferré a él por la espalda y se la respiré profundamente. Peter se quedó quieto, rígido, y yo como creyendo que me estaba autorizando con su tensión metí la mano en sus pantalones buscando toda la pasión que acababa de sentir en sus palabras. De un solo brinco Peter se me alejó ese día, no volvió a casa como tampoco volvieron varios de mis libros. Meses después, para San Valentín, recibí un poema de su parte. Uno de esos que hablan de la añoranza, de la pertinencia de los tiempos, de la necesidad del opuesto y de la evolución.
Charles Darwin impactó todas las fibras de Glass y conmocionó cosmogónicamente su mente juvenil. Las buenas calificaciones y lo que parece una innegable vocación lo llevaron a estudiar Biological Sciences en la Universidad de Columbia. Todo resultaba promisorio en él. Los maestros lo recomendaron para la asesoría que el American Museum of Natural History necesitó en un momento clave de su consolidación, cuando apenas cursaba su segundo año. Fue en la universidad donde empezó este asunto a evidenciar la fragilidad de los espejos. Peter se dio cuenta de que la certeza es una bandera en la cima de un monte que solo Charles Darwin llegó a pisar. Empezó a asumir línea a línea de la obra de Darwin con instinto y reflejo de recitación. No admitía teorías en contrario, no leía otros autores, rechazó la educación en Cristo que había recibido en casa y se enfrentó a papá y mamá en cada cena a la que a regañadientes aceptó ir. Interiorizó El origen de las especies por medio de la selección natural, y debatió en distintos círculos académicos con su bandera darwinista. Con el tiempo se fue alejando de la discusión científica por andarse fijando en aspectos personales de la vida del naturalista inglés. Uno de sus pocos amigos de infancia era noticia en todo Brooklyn pues había participado en la maravillosa producción de la película Frankenstein que se había estrenado en el famoso teatro Roy de Nueva York con grandioso éxito. Se rumoraba que la participación de este amigo se limitaba a reemplazar al actor Boris Karloff (the monster in the movie) en algunas escenas difíciles que podían representar riesgo para la integridad del actor y a eso se le denominaba «doble». Era entonces muy importante, pues hacia lo que el actor principal no podía hacer. Glass fue a ver la película obligado por presión social de barrio, pero resultó entendiendo todo. Peter analizaba el parecido físico del actor y del doble, corroborando una vez más la teoría de la evolución de las especies y notando su parecido con las fotos que había podido ver del mismísimo Darwin a medida que pasaba el tiempo. Recopiló entonces todos los textos relacionados con Darwin que poseía, reorganizó su colección de cadáveres de escarabajos, que para entonces ya se podría llamar monumental, y viajó a Inglaterra a recorrer sus calles, a volver a andar los pasos del científico inglés. Mediante carta, y como última solicitud económica a su padre, le pidió que le financiara un viaje que lo llevaría a Suramérica y Australia, como el famoso viaje del Beagle que hizo Darwin (who also traveled with his parents’ money), y ante la respuesta afirmativa y esperanzada de un papá que se aferraba a la promesa de genialidad de un descarriado hijo, se aventuró al mar tratando de imitar las condiciones desfavorables que habría tenido en su viaje Darwin, obviando las ventajas tecnológicas que se desarrollaron durante cien años hasta sus días. Duró 5 años en ese viaje, estuvo maravillado en Brasil, encantado en Bahía Blanca en la Argentina, redescubrió todo cuanto Darwin había descubierto, reescribió todo cuanto Darwin había escrito. Con las fotos de Darwin pegadas al espejo se hacia su peinado de cabeza y barba en la mañana.
A su regreso a Nueva York se le veía más confuso, hablando un inglés anglosajón que se hablaba hacía cien años, con un abrigo londinense agujereado por una evidente vetusta historia y fijándose en todo reflejo que se encontraba. Menos Peter, más Charles. Su vida le fue pasando en estas actividades que parecían académicas para quienes lo vieron como promesa, hasta que la falta de resultados en las investigaciones esperadas por la universidad hicieron que se le negara el respaldo académico y se recomendara un intervención psiquiátrica. Los médicos dijeron que Peter había desarrollado un trastorno de personalidad múltiple en torno al personaje de Darwin. Estimaban que se sentía Darwin por interpuesta persona, pero que no representaba peligro alguno para la sociedad así que lo dejaron irse al poco tiempo de ser internado por sus padres y hermanos. Al llegar a casa lo único que le interesaba era repasar y reorganizar su colección de bichos muertos. En una de esas jornadas exhaustivas de repaso y estricta taxonomía el progreso del tiempo se detuvo. El numero descomunal de especies, que durante tantos años se fue agolpando en las paredes de la cochera paternal, superaba en varias cifras lo que sus estudios exhaustivos indicaban que Darwin había estudiado. Empezó a sentir entre las costillas un amasijo de miedo con vergüenza que ahogó pronto cualquier tipo de posible orgullo o reconocimiento de hazaña alguna, y resultó generando un impulso destructor que se valió de todo lo que tuvo a mano para dejar el lugar como un damnificado de la peor catástrofe natural. Sobre las paredes solo quedaron los retratos de Darwin, sobre las mesas solo los textos ingleses. Las montañas de escombro compuesto de vidrio y cadáver de invertebrado, la alfombra de paticas y alitas, la marea que produjo el reguero viscoso nauseabundo y la cantidad de horas invertidas en completar este universo de escarabajos se barrieron, limpiaron y recogieron en veinte cajas y treinta y siete bolsas de las grandes que llenaron el camión de la basura el siguiente jueves al final de la tarde.
Los afanes de la vida cotidiana no le eran ajenos y sus actividades académicas darwinistas no le generaban lucro alguno, así que pensó que con el paso del tiempo y su corporalidad cada vez más parecida a la figura conocida del «hombre más grande de todos los tiempos» (alguna vez escribió un ensayo comparando la figura de Darwin con la de Jesús) y recordando al viejo amigo de su barrio que era doble de un actor, él mismo podía ser el doble de Darwin. Ser una especie de reencarnación ambulante, un oráculo quizá, una figura exacta de él, sin evolución, paradójicamente. Una especie de religiosidad fue lo que hizo que él comprendiera las teorías evolucionistas de su mentor, pero también lo llevaría a pensar que después de él no había nada. Vio a Darwin como el punto máximo del sistema evolutivo por el hecho de ser él mismo quien había descubierto que tal sistema existía, que esa convicción de creador que tenían los creyentes se manifestaba en él al ponerlo como el dueño de la idea, estaba tan maravillado con Darwin que no le interesaba la evolución sino la exacta imitación. Lo que en su mente era una idea brillante para poder enfrentar sus deudas resultó en un fracaso financiero que lo llevó a vivir en la pobreza y el eterno repaso de las teorías naturalistas al punto de la recitación. Gastó lo poco que le quedaba en conseguir todo tipo de artículo o texto que con Darwin se relacionara (like a collector with a new hobby).
Muy pocas personas se acercaron interesadas en conocer al doble de Darwin. Contadas con los dedos de una mano. Sólo algunos niños quisieron escuchar lo que tenía para decir hasta que se aburrieron a muerte. Por eso aquella tarde de 1959, luego de enviar en vano otra carta con destino a Manchester para la señorita Owen, quiso ser cauteloso. Vio a Kertesz fotografiando desde la calle contraria. Se revisó en el reflejo de una lavandería el orden del peinado de barba y cabeza. Con los nervios propios que se tienen ante una gran oportunidad, avanzó tratando de no demostrar mucho interés por la acera intransitada de Park avenue. Se revisó los bolsillos del abrigo notando que no traía ningún texto de los suyos y se recriminó por varios pasos semejante torpeza. Encontró en la caneca un diario del día anterior y se dispuso con la pose de «Darwin leyendo» que conocía bien por verla a diario colgada en el museo de historia natural desde una ventana que, para entonces, no se habían dado cuenta que frecuentaba. Le sudaban las manos, como pasa a todos en esta especie ante la intensificación de la ansiedad. Respiró profundo varias veces. Esperó que el fotógrafo húngaro viniera a él. Dejó que le tomara la fotografía, seguro de que era imposible que cualquier homo sapiens sapiens no notara que estaba ante Darwin leyendo, y esperanzado con que un día alguien leyera junto al retrato «El doble de Darwin», fue en cambio «Hombre leyendo el periódico sobre una papelera (Park Avenue, Nueva York, 1959)» como la foto se llamó.