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Un coronel que durante 15 años esperó su pensión y uno que nunca la consiguió, pero por la que su familia luchó hasta el final. La primera es la premisa de la novela de Gabriel García Márquez El coronel no tiene quien le escriba, y la segunda, la historia que lo inspiró. Nicolás Ricardo Márquez Mejía es el nombre del veterano en quien el escritor se basó para crear a su personaje. Pero Márquez Mejía no fue solo un coronel de la Guerra de los Mil Días, sino también fue su abuelo materno.
Un expediente oculto durante años reveló que la historia del abuelo de García Márquez fue casi idéntica a la del coronel anónimo que quedó plasmada en el papel. Los documentos que atestiguan la historia y lucha de los Márquez Mejía por la pensión que le había sido prometida al veterano resurgieron gracias a los investigadores colombianos Carlos Liñán Pitre y Ernesto Altahona Castro, cuyo relato fue contado por el diario El Español.
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Los investigadores llegaron a estos documentos casi que por un feliz accidente. Aunque se encuentran seguros en el Archivo General de la Nación, junto con los documentos de otros miles de veteranos de la guerra que dejó 100 mil muertos, aproximadamente, no fue allí donde los encontraron. “¡Estaban delante de la nariz!”, le dijo Liñán al medio europeo desde su casa en Valledupar.
Liñán, abogado y profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad de Santander, se encontraba realizando su tesis para el programa de estudios filológicos de la Universidad de Sevilla, con la obra de García Márquez como tema. Fue su amigo Ernesto Altahona, investigador de la historia militar colombiana, quien lo dirigió a la página “Family Search”.
En este punto entra a la historia un personaje tácito, pero que facilitó llegar al expediente de Márquez Mejía: la comunidad mormona de Estados Unidos, los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. La plataforma a la que Altahona dirigió a Liñán permite crear árboles genealógicos y subir documentos sobre los antepasados de una persona. Allí estaba alojada una carpeta titulada “Expedientes sobre beneficios reclamados por veteranos de la Guerra de los Mil Días 1910-1958”, en la sección “Colombia, registros militares, 1809-1958”, que fue publicada en 2014, en la que se encontraba el expediente 243 que correspondía al abuelo materno del escritor colombiano.
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El arte imita la vida
El coronel no tiene quien le escriba no es un relato exclusivamente inspirado en la realidad de Nicolás Márquez, pues muchos de sus compañeros de armas tuvieron un destino similar. De acuerdo con Eduardo del Campo, de El Español, Nicolás Márquez fue joyero y agricultor, y se identificaba como liberal. Combatió durante los tres años en la guerra civil entre conservadores y liberales conocida como la Guerra de los Mil Días, librada entre octubre de 1899 y noviembre de 1902.
Márquez Mejía ascendió entre las filas del ejército liberal hasta alcanzar el rango de coronel, aunque esto solo fue reconocido hasta después de su muerte. Como parte de su esfuerzo militar al abuelo materno del escritor, como a muchos otros, les habían ofrecido una pensión vitalicia como parte de los acuerdos a los que se llegó con la firma de la paz en noviembre de 1902. Nicolás Ricardo Márquez Mejía no logró ver en vida ni su rango ni su pensión vitalicia, aunque luchó por ello hasta su último suspiro, antes de heredar su batalla a su esposa e hijos.
Como el coronel de la novela de su nieto, Márquez Mejía esperó durante 35 años, semana tras semana, desde 1902 hasta su muerte a los 73 años en 1937, una carta que no llegaría. “No hay constancia de documentos en los que Nicolás Márquez reclamara en vida la pensión militar como veterano, y esa espera conocida en la familia puede referirse más bien a un anhelo genérico de noticias sobre el cumplimiento del gobierno de las promesas de compensación a los combatientes de los Mil Días”, escribió Del Campo.
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Cuando falleció Márquez Mejía, su viuda, Tranquilina Iguarán Cortés, fue quien comenzó un largo camino para que a su esposo le cumplieran las promesas que le habían hecho en vida. Con la Ley 65 del año 1937 y la Ley 7ª del año 1938 el gobierno colombiano decidió revisar y conceder las compensaciones prometidas a los veteranos vivos o sus herederos, luego de estudiar cada caso.
Según Saldívar, la última voluntad del abuelo materno de García Márquez fue que “después de muerto alguien cobrara la pensión”. Su familia cumplió este último deseo como mejor pudo. En 1939, Tranquilina Iguarán dio inicio a un proceso que duraría 15 años con una “reclamación entre febrero y abril de 1939 ante la comisión creada al efecto en el Ministerio de la Guerra, con el fin de que reconocieran a su difunto marido en el escalafón como coronel y le pagaran la indemnización correspondiente”, de acuerdo con Del Campo.
“Tranquilina Iguarán aportó su partida de matrimonio, la de defunción y, como única prueba de la trayectoria militar del coronel, una nota manuscrita de 1902 firmada por el general Clodomiro F. Castillo, en la que consignaba que Márquez, “coronel” e “intendente general”, había entregado 19.672 pesos de la tesorería del ejército liberal que tenía a su cuidado. Este detalle se refleja en la ficción de la novela”.
Diez años después de interpuesta la reclamación el gobierno le dio respuesta a su caso. Fue desestimado temporalmente, argumentando que hacían falta pruebas y testimonios, la viuda no tuvo oportunidad de dar respuesta dado que había fallecido dos años antes y en 1950 resolvieron el caso con una negativa a su petición.
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Fue entonces cuando el hijo mayor del matrimonio, Juan de Dios, tomó cartas en el asunto y “convocó a tres ancianos compañeros de armas de su padre, el general Sabas Socarrás y los coroneles Laudelino Cabello y José María Cabello, para que testificaran a su favor”, afirmó Del Campo. Los documentos muestran que los testimonios fueron escuchados en un juzgado de Villanueva entre el 14 de julio y 7 de octubre de 1952, en los que los compañeros de Márquez Mejía alabaron a su difunto compañero y atestiguaron que su ascenso a coronel se hizo frente a Rafael Uribe Uribe, jefe principal del ejército liberal.
Estos testimonios y el esfuerzo del hijo bastaron para que, en 1954, medio siglo después de terminada la guerra y 15 años después de iniciada la cruzada por este reconocimiento, Nicolás Ricardo Márquez Mejía fuera inscrito en la historia como coronel. Pero no todo fue color de rosa, pues el proceso fue puesto en pausa, ya que las autoridades argumentaron que Juan de Dios Márquez no había probado su filiación con el difunto.
De acuerdo con Del Campo, el expediente disponible no da cuenta de que el hijo subsanara este bache, antes de su muerte en 1956 y, por lo tanto, la familia nunca vio ni el reconocimiento ni la pensión. El expediente de Márquez Mejía permaneció, entonces, con un sello de “negada” y su ascenso oficial a coronel quedó sin reconocer.
“Carlos Liñán apunta que en el año 2004, el abogado José Rafael Cañón denunció en nombre de la Asociación Temporal Centauros la “injusticia” cometida con el abuelo del escritor. Basándose en el expediente de Nicolás Márquez en el Archivo General de Colombia, el letrado reclamó al Estado no solo que lo reconociera como coronel, sino que además lo ascendiera a general in memoriam a modo de desagravio. La Corte Constitucional descartó entonces la petición argumentando que debían plantearla familiares directos para ser legítima. La demanda cayó en el olvido”.