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Los jugadores conciben el fútbol como una experiencia vital de formación; es decir, la escuela de los valores, de la ética y de la dignidad, porque, además, jugar fútbol es asistir a la mejor clase de humanismo universitario. Por estas razones, el fútbol es una facultad del deporte y del juego, porque cuida y acoge a los deportistas en su formación.
La casa de un futbolista es la casa de todos sus compañeros; es decir, la casa es un camerino y los papás aprendemos de este gesto. Un buen deportista lleva puesto el uniforme, aunque no lo lleve porque se le notan las marcas del sol. Cada deporte deja sus marcas y huellas en el cuerpo cuando se enfrenta a sus rivales y advierte que allí es libre, que tiene límites, que no sabe de antemano los resultados, que su deporte es improductividad en términos de capital, que está regido por un reglamento y que todo lo que hace en el deporte tiene un carácter épico: en cada partido nos queremos morir, nos eternizamos, pero sabemos que somos finitos. Los deportistas consiguen amigos incondicionales y manifiestan que su tarea es jugar por jugar como si fuera un arte de vivir, un arte del cuidado.
Como en el mito de Sísifo, los deportistas tienen su sino, la roca es el ardor del deportista, que aprende en la derrota porque la alegría es efímera y la pérdida lo lleva a rumiar, a aprender, a formar el carácter, y en ello hay felicidad. Si hay esperanzas para el hombre, el deporte es una muestra fehaciente de que hay que recuperar la infancia por vía del dolor y del juego. Como seres humanos, también se enamoran, se casan, se emborrachan, les roban las maletas, se desaparecen los uniformes, pero no venden su honor… bueno, eso creo yo aquí en mi ingenuidad infantil. Por lo menos eso espero.
Además, regularmente, tienen que trabajar, estudiar y hacer deporte. Cosas de la vida. Por ello, son los grandes ausentes de los salones porque, al parecer, el deporte es incompatible con la educación. Al parecer, porque algunos profes no entienden que el deporte forma, incluso, más y mejor, que las clases de moral y de ética. No entienden que una cancha es el salón de la vida y sus avatares.
Los deportistas, como en el teatro, firman un pacto de agresión ritualizada. Saben que se van a dañar, pero de mentiritas, para evadir la guerra real. Como en la infancia, se moría varias veces, pero se resucitaba inmediatamente. Tienen rituales como ir por el mismo camino siempre, levantarse a una hora antes de los partidos, echarse la bendición, pedir la bendición, ponerse el mismo color de ropa interior o exterior, no tocar las rayas en las aceras, hablar solos, casi siempre hablan solos.
Así, mientras juegan, tienen claridades que ayudan a sanar sus propios dolores y, mientras entrenan, recuerdan.