
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Era viernes. Al finalizar la tarde, escribió 10 correos electrónicos, todos idénticos. “Hola, soy Anshuman Vohra, vivo en Nueva York. Quiero crear una ginebra premium, una nueva marca de London Dry Gin…”. Salió de su oficina. Era viernes.
Lunes. Sólo una respuesta. “Nos gusta su idea. Somos la destilería que podemos ayudarle. Tenemos 250 años de experiencia en esto”. Suficiente.
¿Algún día se ha arrepentido de tomar las decisiones que ha tomado? “No. Nunca. Crear algo nuevo tiene enormes ventajas. Los buenos días son los mejores de tu vida. Pero los puntos bajos pueden ser los momentos más solitarios y deprimentes que hayas vivido. Con todo, no he mirado para atrás jamás”.
Para finales de 2003, Vohra era un banquero de inversión con cierto éxito y reputación, uno más del ejército de corbatas del sector financiero de Nueva York. No era la vida soñada. ¿Qué es eso, acaso?
Incluso las grandes empresas suelen tener comienzos humildes, pequeños instantes de clarividencia en los que las historias mínimas de todos los días se tuercen para engendrar algo más, diferente y nuevo. Sucedió en un almuerzo. En el lugar todos bebían whisky y vodka. Con pocas botellas de ginebra en el bar del restaurante, Vohra vio una idea. No hay certezas, tan sólo oportunidades, dicen algunos.
Hijo de un diplomático, de ascendencia india y con una infancia plagada de viajes por lugares lejanos, el paladar de Vohra lentamente adquirió el gusto por lo desconocido y lo exótico. El plan: crear una ginebra de sabor suave, con fuertes notas herbales. Ojo de dragón, amapola y enebro, algunos de los elementos botánicos de su producto. La lista original incluía 72 ítems más. “Es una buena lista para una competición universitaria de botánica, pero no para una ginebra”, fue la respuesta de la destilería. Ensayo y error.
La historia de un hombre de Wall Street que lo abandona todo para perseguir un sueño suena ciertamente encantadora. Pero la realidad suele alimentarse más de problemas y decepciones que de encanto. “Cuando les dije a mis padres que iba a abandonar la banca para fundar mi compañía, me dijeron que estaba tomando demasiada ginebra”.
Sus compañeros de banca le dijeron que les resultaba muy difícil invertir en algo que aún no existía. Invertir en una idea es algo riesgoso: manual del banquero. Ensayo y error, de nuevo.
Mientras intentaba transformar su idea en un cuerpo posible, una compañía que pudiera existir, Vohra continuó con su trabajo regularmente. Banquero de inversiones de día, emprendedor de noche.
Para 2006, Bulldog contaba con un pequeño capital semilla, lo suficientemente fuerte como para que Vohra renunciara a su empleo y aún contara con un salario que le permitiera vivir y pagar las cuentas a final de mes. Poco antes de hacerlo, la primera caja con botellas de Bulldog llegó a su oficina. Salió con sus amigos, la caja debajo del brazo. Despertó al otro día con la corbata aún puesta y un solo zapato. “Fue el mejor día de mi vida”.
“El problema que yo veía con la ginebra es que todas las marcas tenían un sabor muy fuerte. Yo quería algo más suave, con más notas herbales”. Los ingredientes que componen Bulldog se recolectan siempre del mismo lugar en la mejor época del año y son transportados a la destilería en Inglaterra en su estado natural. La mezcla se realiza, no con esencias, sino con el material tal y como fue recogido del suelo, una práctica que dificulta la preparación, además de encarecerla.
Vohra defiende este método y sus ventajas con cierta obstinación, la voz firme, los ojos brillantes. Una terquedad muy similar con la que imaginó una vida diferente, un cambio que lo llevó al vasto territorio de lo nuevo. “Nunca he mirado para atrás”.
@troskiller