Publicidad

El Libertador danza con el color

La convocatoria de este año reúne 154 acuarelistas agrupados en 23 asociaciones que representan 16 países. El país invitado de honor es Venezuela. La muestra estará exhibida hasta el 20 de julio.

“Camino de Anapoima”, Alfonso Ariza. / “Camino de Anapoima”, Alfonso Ariza.
“Camino de Anapoima”, Alfonso Ariza. / “Camino de Anapoima”, Alfonso Ariza.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

“Desde las transparencias hasta la intensidad de las coloridas pinceladas, la acuarela permanece como la técnica que exige la precisión del dibujo pero lleva la espontaneidad de la pintura. Es un lenguaje que comunica sensaciones y captura esencias, asumiendo la luz y el espacio en blanco como su punto de partida; de ahí su importancia contando diferentes historias a las que una vez más el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo recibe en sus salas”, dice Zarita Abello de Bonilla, directora de la Fundación Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo.

El escenario: la Quinta de San Pedro Alejandrino, un suelo enriquecido por las más grandes expresiones de la historia, el arte y la naturaleza. En este lugar exhaló su último suspiro Simón Bolívar. Fue fundada el 2 de febrero de 1608 por el canónigo de la catedral de Santa Marta, Francisco de Godoy, con el nombre de La Florida San Pedro Alejandrino, en memoria del mártir español Pedro Godoy.

Es un espacio de contrastes, de árboles milenarios con raíces vistosas y profundas, iluminados sutilmente para crear un ambiente de armonía e intimidad con los visitantes, de estructuras que evocan otra época y que son albergue no sólo de grandes historias sino de arte contemporáneo.

Esta vez la exuberante quinta se convirtió en el hogar de la acuarela, de obras de distintos países, de acuarelistas de todo el mundo, de una técnica sutil e impresionante.

El artista Alfonso Ariza, el colombiano ganador del primer premio Alfredo Guati Rojo por su obra Camino de Anapoima, realizada en papel de arroz, asegura que la acuarela es una bonita paradoja, pues refleja un día de la vida humana, sin dar lugar a corrección, sin poder volver atrás. “Así es este arte, una sola pincelada que ayuda a comprender que las cosas hechas en el papel no se pueden cambiar, como las cosas hechas en la vida”.

Un contraste entre trazos suaves, delicados y elegantes, colores pastel y armónicos que transmiten paz y colores psicodélicos e hiperrealistas les dieron vida a obras de todo tipo.

Rostros envejecidos, naturaleza, paisajes urbanos, mujeres al desnudo y hasta tigres que parecían salir del papel crearon una fiesta del color, en la cual los jardines iluminados y los ecos de soledad de los espacios develan la danza multicolor en una perfecta armonía entre arte, naturaleza y pinceladas.

Aunque estas obras sugieren ideas, no las revelan, eso se lo dejan al espectador. No hay que ser conocedor o experto en arte para percibir lo bello, lo estéticamente agradable y elaborado. Esta exposición permite soñar con cada escenario, interroga, hace imaginar qué pensó el artista o si se encontraba triste, o alegre, o sentía una profunda nostalgia. Sorprende, encanta y crea un lazo, un diálogo sentido con el observador.

Es tranquila y conecta con el vacío, con el silencio, es apacible y refleja cómo todo se entrelaza en un mismo espacio, tal como una cita perfecta. Cuando hay movimiento, luz, color e imaginación, nace una obra.

jleguizamon@elespectador.com

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido