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Para argumentar su posición escribió, entre 1779 y 1780, Erotika Biblion, un texto en el que recoge las prácticas sexuales de los tiempos antiguos —onanismo, prostitución, incesto, zoofilia y otros asuntos—, usando como fuentes el libro sagrado y su memoria de humanista.
Cuando examina el pasado a la luz de su presente, el Conde asegura: “No vemos, al menos en público, muchachas que ajan con sus llantos sus inocentes gracias para calmar la concupiscencia por medios que a menudo la provocan, mientras otras ostentan sus más secretos encantos, esperan y solicitan, en la postura más voluptuosa, los encuentros carnales de la divinidad”.
Citando a san Agustín, Mirabeau cuenta que en el capitolio se veían mujeres que se consagraban a los placeres de los dioses y que algunas quedaban embarazadas. “Es posible que entre nosotros más de un clérigo oficie en más de un altar, pero al menos no se disfraza de Dios”.
En su recorrido por la historia de la sexualidad humana habla de bosques sagrados alrededor de los templos que sirven de teatro de la obscenidad, de mujeres prostituidas en honor a la divinidad, de jovencitas comprometidas en matrimonio que eran sentadas sobre el enorme miembro de un dios para abrir el camino a la voluptuosidad del futuro marido, de las tres mil concubinas del rey Salomón, de las mujeres desnudas obligadas a la lascivia por Licurgo, de la desaforada pasión de Mesalina que corre tras el placer que huye de ella y de los jóvenes que esparcen su semen por la tierra sin hacer caso a una exclamación, a la que alude el conde: “Lo que derrama tu mano hubiera merecido la vida”.
Mirabeau, a pesar del uso que hace de la Biblia para elaborar sus argumentaciones, es un fervoroso creyente que ve en Dios al “gran geómetra” y en la mujer su obra maestra. Con gran belleza habla, por ejemplo, del milagro que hizo Dios al sacar a la mujer de la costilla del hombre. “De aquí ha resultado que el sexo femenino, separado del masculino, ha conservado un amor ardiente por los hombres, y que el sexo masculino aspira sin cesar a encontrar de nuevo su tierna y hermosa mitad”.
Su libro provocador fue condenado a la censura, pero, al igual que los libros de su contemporáneo, el marqués de Sade, se salvó del fuego gracias a los libreros inquietos que todo lo conservan.
* Subdirector de “Noticias Caracol” y escritor.