
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El libro de los muertos (Arte poética, 2016) reúne textos de más de cuarenta años de oficio poético. Al leer sus poemas para escoger los de que salen en el libro, ¿qué encontró en su propio trabajo? ¿Cuáles son las obsesiones centrales y los temas que se repiten a pesar del paso del tiempo?
Encontré que algunos de los poemas de mi juventud (dejé por fuera varios de primer libro) me parecían un tanto melodramáticos, pero también mucho más desnudos. Algunos de ellos ahora me parecen alaridos, arias delirantes. En mi juventud, estaba obsesionado con el suicidio. Hay varios poemas que describen estados psíquicos aterradores. Con el paso del tiempo, mi visión se ha tornado más serena, más contemplativa (me gustaría pensar que yo he cambiado). Por otra parte, los temas no han cambiado mucho, aunque si hay una depuración, especialmente estilística. Mis poemas siguen siendo acerca de los fantasmas de la memoria, son una forma de preservar algunos instantes del pasado, antes de que la memoria los oscurezca. Hay muchas constantes: el río (casi que cualquier río,), el mar, las estaciones, la naturaleza, Barranquilla, mi niñez, los homenajes a otros poetas, el interés en la lírica, en la musicalidad, en crear ciertos ritmos, la pintura, los animales, contar pequeñas historias. El amor, por supuesto. Creo que mis poemas ahora son más sensuales. Quiero decir que están escritos más con la mano que con el cerebro. La historia es otra constante. Hay una obsesión, aunque sea más difícil de detectar. Por ejemplo, dejé por fuera un poema épico sobre Cristóbal Colón. Otro monólogo. Asumir la personalidad de otro y narrar lo que ve y siente, sobre todo cuando logro convertirme en ese personaje, aun si son personajes inanimados como en el mi poema “El espantapájaros”. También quiero aclarar que dejé por fuera muchos poemas escritos originalmente en inglés y que algún día pienso traducir. Ese será otro libro.
Usted es más conocido en Colombia por sus novelas que por sus versos. ¿Qué puentes de comunión ha encontrado entre la escritura poética y la novelística? ¿Cómo el poeta y el novelista que hay en usted se influyen mutuamente?
No me releeo con frecuencia. Por ejemplo, no puedo recitar de memoria ninguno de mis poemas. Me imagino que debe de haber un puente de conexión– más que de comunión– entre mi poesía y mi narrativa. Me esmero porque mi lenguaje sea claro, fluido, transparente. Hasta donde me sea posible, intento decir lo más que pueda con el menor número de palabras. Busco pintar imágenes completas con pocos brochazos. La pintura ha resultado ser muy importante para la evolución de mi lenguaje —tanto la pintura abstracta como la realista—. Tal vez mucho más que el cine. Aunque hace unos años no podría haber dicho esto. Así que me esmero en que mi lenguaje sea visual en ambos géneros. En verso o en prosa, busco contar y pintar algo, crear una emoción; y, cuando me sonríe la Musa, encontrar una especie de musicalidad, algo que fluya como la música. Con el paso del tiempo mi lenguaje poético se ha depurado, matizado, y lo que he aprendido como poeta trato de incorporarlo en mi ficción.
Lleva usted muchos años viviendo en el extranjero. ¿Qué tanto ha marcado su escritura el hecho de vivir lejos de la patria, de escribir en una lengua distinta a la natal?
He vivido más de 40 años en los EE.UU. Me eduqué aquí. Varias de las personas más importantes en mi desarrollo como escritor, y como ser humano, son de los este país. He escrito una gran porción de mi ficción en inglés (con la excepción de El cadáver de papá). El milagro, para mí, es que después de estar tanto tiempo por fuera todavía siga ligado al castellano—una lengua que amo—no lo puedo negar. Pero, como Borges, siento una afinidad por la literatura en inglés. Tal vez sea un asunto de temperamento. Por otra parte, he escrito casi toda mi poesía en castellano. Tal vez el inglés sea mi idioma público y el castellano mi idioma privado, íntimo. El destino me deparó vivir en los Estados Unidos la mayor parte de mi vida. Y esa es la realidad. Por otra parte, creo que haber vivido por fuera de Colombia me dio una visión más amplia del mundo. Como Joyce, y tantos otros escritores, he vivido en el auto-exilio, pero eso me ha servido para preservar mi independencia intelectual y política. Además, no soy el único escritor que hizo su literatura en una lengua adoptiva. Ahí están Conrad, Beckett, Ionesco, Nabokov, Isaak Dinesen, Brodski, para mencionar sólo unos cuántos. En la actualidad hay en los Estados Unidos muchos escritores no nativos que escriben en inglés—Junot Díaz, es uno de ellos. Recientemente Jumpha Lahiri ha publicado textos en italiano. En Latinoamérica, Puig escribió una novela en inglés y una en portugués; y Cabrera Infante escribió un libro en inglés, si no estoy equivocado. Borges escribía en castellano, pero pensaba en inglés. Hace poco fui jurado de una competencia internacional y encontré varios escritores sirios, iraníes y egipcios que (forzados por la situación histórica) están escribiendo en inglés. Para parafrasear a Andy Warhol, en el futuro todos los escritores serán bilingües por quince minutos. También debo añadir que el spanglish me parece un idioma perfectamente válido.
Desde la distancia y gracias a su cercanía a la academia gringa, ¿qué opinión tienen los académicos de allá de las letras colombianas?
Bueno, existe la academia en inglés, y la academia en español, y también la academia en otras lenguas. Desde la aparición de Cien años de soledad, la obra de Gabo se ha enseñado mucho en ambos idiomas y ha vendido millones de ejemplares. Algo igual sucede con los grandes del boom que trascienden fronteras nacionales y aún sus propios idiomas. A pesar de que llevo 30 años enseñando en las universidades estadounidenses, no soy académico. He enseñado en grandes instituciones como Columbia University, New York University, Mount Holyoke College, y ahora en el City College de Nueva York, por los libros que he publicado, no por mis trabajos académicos. Así que no puedo hablar como si fuera un experto en el tema de la enseñanza académica de la literatura. Pero por supuesto que algo he aprendido en esos trajinares. De los escritores colombianos Mutis, Laura Restrepo y Juan Gabriel Vásquez son los más enseñados en inglés—yo he enseñado varios de sus libros. También se enseña a Fernando Vallejo y a Andrés Caicedo, pero principalmente en español. (Creo que sólo un libro de Vallejo ha sido traducido al inglés). En los Estados Unidos el mercado del libro en español es muy importante; autores como Isabel Allende, Laura Esquivel y Reverte son best sellers, como también lo son en inglés). En últimas, creo que es el público quien decide lo que estudia la academia. Pero en la academia se enseñan los autores que perduran.
La poesía en español es menos conocida. Neruda, Vallejo, Paz, Borges, Nicanor Parra tienen un gran público lector. También es conocido Ernesto Cardenal, y la poesía de Bolaño se lee por su fama (y porque es buena). Aun poetas colombianos famosos en todo el mundo de habla hispana, como Silva, son desconocidos aquí fuera de la academia. Yo he co-traducido poemas de María Mercedes Carranza y a Raúl Gómez Jattin—mis favoritos entre mis contemporáneos—. Los demás poetas colombianos son poco conocidos.
cortazar_73@hotmail.com