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Había visto algo de Truffaut, una que otra de Buñuel y entendía el lenguaje de los neorrealistas. No podría decirse que era ignorante en la materia, a su joven edad ya se había convertido en asistente fiel de los cineclubes de Medellín. Sin embargo, Víctor Gaviria no soñaba con ser cineasta, en realidad hasta sus 20 años no había pensado en nada más que en escribir poesía.
Incluso, el regalo que más recuerda no es la primera cámara de video 8 que tuvo en sus manos, sino el libro de El soldadito de plomo, de Hans Christian Andersen, que le entregó su papá. Fue él, el autor que lo alentó a escribir, el que con uno de sus cuentos inspiraría una de sus grandes obras, La vendedora de rosas, y el que hizo que un día casi terminara por intoxicar a toda la familia. “Después de leer el libro me obsesioné con figuritas de ejércitos en miniatura con las que jugaba todo el tiempo, y un día me dio por meterlos a escondidas en los fríjoles. Después del almuerzo los baños estaban a reventar, éramos ocho hermanos todos vomitando por mi culpa”.
Pero entonces, si la fiebre de la imagen no era lo que lo asaltaba por la noche, cómo fue que Víctor, el paisa desparpajado, hijo del respetado médico Emilio Gaviria, el joven que paseaba por las calles del barrio La Floresta en el centro de Medellín, se convirtió tras los años en el visitante nacional más asiduo de festivales como Cannes (dos veces invitado a la muestra oficial) y San Sebastián, ¿cómo fue que se hizo a la Medalla al Mérito Cultural por 30 años de cinematografía y se convirtió en el emblema colombiano en la primera invitación oficial como país a la Feria de cine de Guadalajara? “Llegué al cine por casualidad, el destino de las cosas es tan extraño que a veces parece que se impusiera”, confiesa el creador de Rodrigo D, no futuro y Sumas y restas.
Pero la verdad es que después de hacer sus dos primeras y muy rudimentarias películas: El vagón rojo y La lupa del fin del mundo, Gaviria se encontró con un verdadero goce, lejos de las angustias a las que se sometía cuando intentaba escribir. “Empecé a pasar muy bueno con esas películas, tanto que en algún momento me dije: te tenés que controlar, porque la fiesta nunca paraba. Bueno, la verdad es que nunca ha parado, tanto así que el día que me dieron la Medalla al Mérito le dije a un amigo: ‘¡Ah hermano y qué tal que me la quiten por doping!’ ”. Luego de soltar una risotada se retracta y asegura que controla el descontrol y que no deja que la inconciencia le gane: “Apunto todo como haciendo un diario de un cura pecador”.
Filmar la realidad
Fueron las películas traídas de Alemania que proyectaba el padre claretiano Luis Alberto Álvarez las que les enseñaron a él y a los de su generación que se podía hacer cine con poco dinero. Fueron los concursos de “cine subterráneo” los que infectaron a todos con el delirio por dejar atrás la cinefilia para pasar a la verdadera cinematografía, y Gaviria, desde siempre fascinado por los lupanares, por las inclemencias de la calle cuando las luces se apagaban y por los lugares en donde más rápido le corre el pulso a la vida, en tanto tuvo una cámara en la mano supo sobre qué iba a hablar su cine.
“Tenía la idea de que el cine debía ser ‘subactuado’ porque a mí lo que me importaba era la mirada espontánea, es que el cine es la mirada, es el espíritu que se revela en una actuación y por eso empecé a trabajar con actores naturales. Mi ambición siempre ha sido hacer un cine de realidad”, confiesa.
Quizá Víctor Gaviria no entiende la relevancia que lo cobija, no ve esa fama que amenaza con estallar su celular que ya no tiene espacio para un mensaje más, “esta euforia es por lo de la medalla”, asegura con modestia, pero próximamente vendrá el premio Mayahuel que le otorgarán en la Feria de Guadalajara y el estreno de su película sobre el matón Sangre Negra y quizás el frenetismo nunca acabe. Pero él, amoroso con todos los que consiguen el milagro de que les conteste una llamada, hablador imparable y fiestero empedernido se muestra imperturbable y sumamente informal en el trato, tanto como lo ha entrenado el trabajo con las gentes más humildes y auténticas que habitan los mundos de la exclusión.
“Me preguntan que de dónde vienen mis películas y lo único que puedo decir es que el run run de realidad que hay en los otros es lo que me inspira. El cine tiene una tendencia a la traducción, a sacar los elementos de su contexto, pero creo que para que surja una verdadera experiencia, tienes que tomarla como totalidad, sin la corbatica de los prejuicios de que es mañé o pobre, es el mundo de la vida, no necesita otro universo para interpretarse”.