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El mudo de la independencia

La novela histórica de Juan Álvarez parte del diario olvidado de un comerciante que relata los hechos no como un prócer, sino como un cronista moderno.

19 de septiembre de 2015 – 09:00 p. m.

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Lo primero que uno siente como lector de La ruidosa marcha de los mudos de Juan Álvarez es un golpe. Un choque con el lenguaje y el registro en el que está escrita esta, quizá “la única novela histórica que vaya a escribir”, dice. Se encuentra uno un poco perdido, extrañado ante la falta de verbos y artículos en algunas oraciones, y ante una que otra palabra en desuso. Poco a poco la mente encuentra la cadencia y la lógica detrás de ese lenguaje. Entonces se revela, en la lectura, una música de auténtica belleza.

El primer apartado fue una negociación. La primera vez que el editor lo leyó le dijo: “Estás loco, no podemos empezar ahí”. Hay que hacer sentir cómodo al lector, hay que atraparlo inmediatamente. Intentó cambiarlo, pero no tenía sentido que fuera distinto al resto del libro. El lenguaje es una apuesta estética que pretende funcionar como la ambientación de una película sobre Santa Fe de Bogotá y otras ciudades del siglo XIX. “No sé si así hablaban los criollos, lo que ocurrió es que, por ciertas circunstancias, porque estaba trabajando en mis estudios de investigación del doctorado —que terminaron convirtiéndose en estudios de historia de Colombia—, consumí mucha información de fuentes primarias de finales de la Colonia y principios del siglo XIX, o sea textos que no necesariamente reproducían un habla coloquial (quién sabe cómo hablaban los criollos, y sobre todo quién sabe cómo hablaban los humildes en la transición de la Colonia a la Independencia), pero que mostraban una cantidad de operaciones retóricas y de lenguaje”. Sin embargo, todas esas operaciones son arbitrarias en el buen sentido, en el sentido artístico: son decisiones narrativas para que el lector se identifique en esos mundos. “Me interesaba inventarme una sintaxis singular que respondiera a una ecuación artística que me parecía digna de intentar en una novela histórica. Me parecía que, si se supone que traes las improntas de las operaciones culturales del pasado, de la manera como las personas pensaban —el mundo debía verse distinto—, no entendía muy bien por qué eso no debía encontrar expresión también en el lenguaje”.

La cadencia la encontró en una serie de investigaciones sintácticas sobre un documento madre que le dio origen, también, a la trama. Ese documento, que existió aunque su manuscrito esté perdido —y Álvarez lo esté buscando—, es el diario de José María Caballero, titulado en su reedición En la independencia. “Es un texto muy particular. No es un documento que yo esté descubriendo ni que sea una novedad, hace parte de la historia oficial. El otro día me preguntaban si esta era una novela para darle voz a quien no la tenía, pero este Caballero sí tiene voz, tiene un documento que en el censo historiográfico es una de las seis fuentes primarias de los hechos del 20 de julio”.

Pero ese documento, a diferencia de los otros que hacen parte del canon, no pertenecía a la articulación de un proyecto de poder. “Caldas y Camacho se toman las imprentas, se las quitan al virrey y empiezan a sacar los números del Diario Político entre 1810 y 1811 porque están articulando con el discurso escrito un orden de la sociedad nueva que ofrecían. Entonces son textos muy ideologizados. Este sujeto, en cambio, no pertenecía a las esferas del poder, no pertenecía a esas élites que por lo general estudiaban derecho y cosas del lenguaje. Por eso tenía una escritura singular: tiene una redacción sintáctica particular, pero también su manera de observar es muy, muy singular. Como no tenía un proyecto ideológico tan definido me parece que es un cronista mucho más moderno, un observador mucho más distante, que casi nunca habla de sí, que casi siempre expresa cosas porque no las entiende”. Este no es un problema de objetividad o falta de ella, es un problema de mirada: él simplemente estaba en otro lugar de la ecuación de poder.

“Cuando yo abro ese texto un día, en un punto cualquiera de mi investigación, empiezo a leerlo y me doy cuenta de que es muy distinto a todas las demás fuentes, porque se lee distinto, porque él observaba, como dije, desde otro lado, entonces cuenta las cosas con muchos más vacíos, pero con muchas más precisiones de otra naturaleza. Me pareció fascinante y me pregunté por qué nadie había escrito una novela sobre él. Este señor sólo dejó este documento, que se publicó 100 años después. Es decir, en toda la gran discusión sobre el proyecto de nación del siglo XIX este texto no estuvo presente. En 1902, cuando aparece en el primer tomo en la Biblioteca Nacional de Historia, el adjetivo con que se presenta —y es relativamente igual durante todo el siglo XX— es el de ‘curioso’: se trata de un señor a pie que nos cuenta otra perspectiva de la Independencia. A raíz de estar contando las cosas desde otro lugar y con otra sintaxis, termina comunicando una experiencia diferente, que es, además, una experiencia de decepción política, una decepción del propio núcleo de la esperanza de un proyecto de nación”.

Por eso Álvarez lo hizo mudo, por presentar información muy detallada desde una perspectiva anodina, casi invisible. Caballero, al parecer, era un comerciante humilde, y sin embargo sabía demasiado. “No es muy claro cuál era su rol. Seguramente estaba relacionado al servicio, pero en ese momento empiezan a tensionarse las cosas y a haber desconfianzas entre unos sectores y otros —para entonces el rey de España ha caído en manos de Napoleón—. Me parecía sugestivo que él pudiera estar allí adentro, que confiaran en él, y necesitaba un mecanismo narrativo que explicara por qué podía haber un síndrome de confianza de la élite en ciertos individuos y no en otros. Y claro, me pareció que la idea de la mudez era el motor narrativo que funcionaba, el hecho de que no pudiera contar los rumores, que no reprodujera la información valiosa. Un día, además, descubrí en unos documentos que cuando censaban a la gente había una categoría en esos censos que era la de ‘imbéciles’. Descubrí que ahí metían a todos a quienes la mayoría no entendía, aquellos que tenían deficiencias cognitivas, pero también problemas físicos: si pertenecías a la categoría de los imbéciles era básicamente porque eras un inútil, pues los censos se hacían para medir la capacidad productiva de las colonias”.

Caballero, en el libro, termina siendo aquel que lo ha visto todo, que lo sabe todo. Y aprovechando su propia mudez, y el prejuicio que la relacionaba con la brutalidad, el protagonista, entre entrañable y astuto, se vuelve pieza clave del proceso independentista. Su “cuaderno del habla”, ese que sale de la novela para perderse cien años antes de su edición y para extraviarse como manuscrito misterioso del siglo XIX, no deja de ser una herramienta para el personaje, y sin embargo también es documento que se mueve entre lo público y lo privado, que se tambalea entre lo personal y lo político y entre las injusticias de ambos lados. Es también diario, y crónica, y relato de viajes… Y Caballero, entonces, uno más entre los escritores de nuestra tradición.

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