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El mundo inmortal y excepcional de los niños

Una compilación de 88 páginas de las más increíbles y jocosas visiones que tienen los menores acerca de la vida, la maternidad, la primera comunión, Dios y la muerte.

03 de noviembre de 2015 – 08:13 p. m.

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Un niño es como tener un Quevedo, un Borges o un Gabo gratis en casa las 24 horas al día… sin que haya que cambiarles los pañales. Constantemente producen poesía de pantalón cortico, entendida como esas metáforas que van soltando los “menudos” a medida que crecen.

Son hermosas y sorprendentes las imágenes que estos bulliciosos de oficio desgranan sin el afán de verlas publicadas. Tiran el poema y esconden la mano. La gloria literaria no es su fuerte. Prefieren una muñeca que llora a un nobel de Literatura.

Hay una época de nuestra vida en la que somos inmortales y geniales sin excepción: la niñez. Con una frase somos capaces de cambiar el curso de un río. Y ni cuenta nos damos.

Para decirlo con Groucho Marx, los niños tienen en común que suelen nacer a temprana edad. Picasso soñaba con ser niño cuando estuviera grande. Rudyard Kipling afirma en su autobiografía: “Dame los primeros seis años de la vida de un niño; el resto te lo puedes quedar”.

“Desde muy niño tuve que interrumpir la educación para ir a la escuela”, contó el irlandés Bernard Shaw.

El humorista español Gila los bautizó “locos bajitos”. El niño que hay en Serrat le puso música y voz a la expresión.

Los niños molestan, luego existen. Por ello, desde siempre, las madres les dan el chupo a sus hijos para ahorrarse psiquiatra y poder dormir.

Viven siempre en domingo. Para ellos todos los días es 31 de octubre, día de las brujas. Son amigos de todos los dioses. Carecen de enemigos. Viven en FM. Dormidos, siguen despiertos.

Los adultos creemos que hablan solos. Falso: no escuchamos a sus interlocutores invisibles.

Los mejores días del Niño Dios los pasó cuando andaba de pantalón cortico, lejos del estrés que le producirían después escribas y fariseos, la oposición de la época.

Padres y madres recientes y futuros deberían imponerse la tarea de andar lápiz o grabadora en mano para dejar en cinta esos poemas infantiles que son best sellers inmediatos entre los suscriptores del directorio telefónico familiar.

Este libro es de doble faz: de un lado, comparte perlas infantiles pescadas aquí y allá y, del otro, pasa el sombrero para pedir la limosnita de historias parecidas. A continuación, algunas de ellas:

Ilona, de cuatro años, le dice a su padre: Si tuviera que pedir tres deseos, te pediría tres veces.

¿Qué hace tu mamá en su tiempo libre? Las mamás no tienen tiempo libre.

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Óscar, de diez años, cuidaba a Henri, de año y medio. De pronto le dice: -Ah, Henri, feliz tu que tienes toda la vida por delante.

Cuando la mamá estaba en embarazo de Andrés, su segundo hijo, decidieron hacerle un regalo a María Clara, su hermanita, como una forma de prepararla para recibir “la competencia”. Papá y mamá le explicaron que el regalo se lo había enviado su hermanito. María Clara entonces comentó: ¿Si…? Y cómo hizo, ¿lo tiró por la vagina o qué?

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Cuando mi nieto me preguntó qué tan viejo era yo, bromeando le dije que no estaba muy seguro. A lo que respondió: Mira la etiqueta de tus interiores, abuelo, en el mío dice de cuatro a seis años.

La abuela alemana le explica a Óscar que ella trabaja en una organización -Amnistía Internacional- que ayuda a los presos. Entonces el pequeñín se inclina hacia su oído y le dice, como en un murmullo: -Abuela, tienes que ir de noche, cuando los policías se hayan dormido. Yo te acompaño y te ayudo a que los ayudes a escapar.

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La madre va con su hijo a ver la exposición Bodies, toda una clase de anatomía sobre cuerpos que parecen momias. Mientras mamá compra las boletas, su hijo, de seis años, le pregunta: Si aquí están los muertos, ¿veremos al abuelo?

Luego de que a Mateo, de cuatro años, le dijeron que su abuelo había muerto -el maestro Ómar Rayo-, vio su imagen en la televisión. Entonces gritó: -Miren, el abuelo no ha “morido”.

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María Clara, de cinco años, no se quiere ir de donde están. Todo tiene fin -le dice mamá- No, mami, Dios no tiene fin, los números no tienen fin y la vida no tiene fin.

Una niña de siete años iba a hacer la Primera Comunión. Le pregunto: ¿Qué es lo que te alegra, la fiesta o recibir al Niño Jesús? Y ella responde: No me preguntes que ya me confesé y no puedo decir mentiras.

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“Te lo prometo, en adelante no volveré a viajar sino en sueños”. Julio Verne, a los once años, a su padre.

Mi hijo Carlos, de cinco años, me preguntó si los actores que mueren en una película cobran más. También quería saber si los policías hacen ¡controles de melancolía!

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Enzo, de tres años: -Mami, ¿cuándo tú eras pequeñita, quién era mi mamá?

Liliana, de nueve años, oye en televisión la palabra “orgasmo” y le pregunta a su mamá por el significado. “Cuando tengas suficiente edad lo vas a saber” es la respuesta. La niña notifica: Si ustedes no me dicen lo que significa, lo busco en Google.

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Después de salir de un parque de Orlando, pregunta Miguel: Mamita, ¿cierto que King Kong no sabe dónde es el hotel de “losotros”?

A Sofía, mi hija, no le gusta el despelote que se arma por la Caminata de la Solidaridad: ¿No se puede ser solidario sentado? -pregunta. (Vladdo).

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¿Cómo se hace el agua? ¿Quién saca las estrellas por la noche? Marcus, de cuatro años.

Juan, a los tres años, estaba ansioso por la promesa de que a la mañana siguiente lo llevarían a navegar. Al otro día se levantó temprano y preguntó: Abuelo, ¿ya es mañana o es todavía hoy?

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Al día siguiente de que Jorge Franco se ganara el premio Alfaguara de novela, y al ver que no tenía un segundo libre, su hija de ocho años se le acercó molesta y le preguntó: ¿Cuándo se acaba el premio?

Malena escucha en la radio el tango de Homero Manzi que tiene su nombre. Sorprendida, le pregunta al abuelo: ¿Y por qué ese señor -el cantante- me nombra desde la radio?

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El abuelo le explica a su nieto Mateo que no puede abrir ese frasco porque tiene una tapa de seguridad para evitar que los niños lo puedan abrir. ¿Y cómo sabe el frasco que yo soy un niño?

Cuando mi hijo Santiago tenía tres años preguntaba si había mar para niños.

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Simón, un gordito muy bello, le preguntó a la mamá con cara de angustia: -Mamá, ¿los monstruos comen gorditos?

Tomás, de cuatro años, le preguntó a su madre: Si quieres ser torero, ¿el toro hay que llevarlo o te lo dan allí?

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