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El oscuro tesoro de Gurlitt

Cornelius Gurlitt, que falleció este martes, era hijo de uno de los distribuidores de arte de los nazis y poseía una colección de más de 1.500 obras expoliadas a museos alemanes. ¿Qué hay detrás de su historia?

El Museo de Bellas Artes de Berna fue designado por Cornelius Gurlitt como heredero de las obras de arte en su poder. / AFP
El Museo de Bellas Artes de Berna fue designado por Cornelius Gurlitt como heredero de las obras de arte en su poder. / AFP
Foto: AFP - FABRICE COFFRINI

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Todo fue heredado: el gusto exquisito, el riesgo por un nuevo arte, su salvación. El primer Cornelius Gurlitt, nacido en 1850 y fallecido en 1938, fue historiador de arte y escribió 97 libros dedicados a rememorar obras del Barroco y la conservación de monumentos históricos sajones. Ese gusto, entregado en parte al amor por la cultura de su país, lo legó a uno de sus tres hijos, de nombre Hildenbrand. Cuando cumplió 33 años, Hildenbrand se hizo cargo del museo König Albert en Zwickau. Por entonces, expuso y consagró a vanguardistas como Max Pechstein, Emil Nolde y Karl Schmidt-Rottluff. Todos eran pintores cuyas formas se alejaban de la más arraigada tradición figurativa de Alemania. Recibió halagos del ala más libertaria, insultos de la más conservadora. Las críticas derrumbaron a Hildenbrand: en 1930 dimitió y devino en curador de una asociación de arte en Hamburgo.

Pero falleció el presidente de la entonces República de Weimar, Paul von Hindenburg, la república se acabó y Adolf Hitler tomó el poder.

Ni Hitler ni sus más cercanos ministros consideraban que las vanguardias crearan arte. En Alemania había un fuerte movimiento expresionista que ya era expuesto en las principales galerías de Berlín. Entonces el régimen nazi decidió hacer una limpieza: expulsó a dueños de galerías que habían patrocinado el arte de vanguardia, entre ellos a Hildenbrand, y decomisó 15.996 obras: dibujos, gráficos, óleos, esculturas. Había obras de Picasso, Matisse, Klee, Kandinsky, Cézanne. Todo era una misma y única entidad: arte degenerado.

El Tercer Reich, sin embargo, tenía planes y necesitaba liquidez. Necesitaba moneda extranjera para sustentar sus invasiones a Polonia, la República Checa, Hungría, Francia, Austria. De modo que, por órdenes del Ministerio de Propaganda y el comité de confiscaciones, creó en marzo de 1938 la Comisión para la Explotación del Arte Robado, conformada por cercanos al nazismo, entre ellos el fotógrafo Heinrich Hoffmann. La comisión se encargaría de vender aquellas obras decomisadas y entregar el dinero al Reich. “Para eludir cualquier sospecha de indelicadeza, los miembros de la comisión debían abstenerse de vender”, cuenta el investigador Lynn Nicholas en The Rape of Europe. “Cuatro reconocidos distribuidores de arte fueron escogidos para tomar las riendas de este extraordinario inventario”. Fueron cuatro, todos alemanes, todos con buenos vínculos en el mercado exterior: Ferdinand Möller, Bernhard Boehmer, Karl Buchholz (librero y galerista que falleció en Bogotá en 1992) y Hildenbrand Gurlitt.

Las obras fueron trasladadas al Palacio Schönhausen, a las afueras de Berlín, y los cuatros vendedores tuvieron la oportunidad de comprar cuanta obra desearan: algunos de ellos en nombre propio, como Gurlitt (que trasladó y escondió muchos de los cuadros en Italia), y otros para exportarlas a museos de Estados Unidos, como Buchholz a través del galerista Curt Valentin. En poder de Hildenbrand Gurlitt quedaron obras de Otto Müller, Karl Schmidt-Rottluff, Lovis Corinth, Max Beckmann, Óscar Kokoschka y un sinnúmero de artistas europeos. En el listado de arte degenerado que llevaron los nazis, Gurlitt aparece mencionado múltiples veces: compraba obras monumentales por precios irrisorios, en francos suizos, en dólares.

Gurlitt era “un cuarto judío” (una abuela era judía), de acuerdo con las leyes de la Alemania Nazi, y aun así logró concertar un negocio concreto con el Tercer Reich: recibiría como comisión el 20% por cada obra vendida. Lo importante era obtener moneda extranjera, moneda que sustentara la guerra venidera. Con esa comisión, Hildenbrand Gurlitt sustentaría también a su familia, poco numerosa: una esposa y dos hijos, Cornelius y Marie.

Hildenbrand falleció en 1956 en un accidente de auto. Para entonces había reunido una colección de 1.340 obras, producto de la compra de arte degenerado y de su avezado gusto por el arte. Sus métodos de compra fueron legales, quizá no legítimos: además de comprar obras del Palacio Schönhausen, Hildenbrand Gurlitt acudió a las casas de los judíos franceses, cuando Alemania invadió Francia, y tomó las pinturas abandonadas. Una ley, aprobada poco antes, aseguraba que los judíos que escapaban de Francia ya no eran franceses y sus propiedades pertenecían al Estado. En ese entorno, Gurlitt aumentó su preciado tesoro artístico.

A su muerte legó toda su colección a su hijo mayor, Cornelius, de quien se supo poco, salvo que le había ayudado a esconder algunas pinturas en su juventud. Se supo poco de él, también, hasta 2012, cuando una revista alemana reveló que su apartamento había sido allanado en 2010 por las autoridades bávaras y que habían encontrado allí, entre la ducha, en el baño, en los cuartos adyacentes, 1.280 obras de muy diversos artistas. A principios de este año, otras 60 obras fueron decomisadas en su casa en Salzburgo. Las autoridades sospecharon que ese enorme armazón de obras no era natural: debían ser obras expoliadas por los nazis a judíos y a museos alemanes. Después de 72 años, las obras no habían ido más allá de sus fronteras.

Entonces comenzó un lío legal, del que Cornelius Gurlitt sólo se libró gracias a la muerte: el pasado martes falleció por fallas coronarias en su casa de Múnich. Gurlitt, en ejercicio de poder, legó las obras al Museo de Bellas Artes de Berna; su director, Matthias Frehner, se declaró sorprendido por la decisión: no conoce a Gurlitt, nunca tuvo relación con él. Gurlitt dijo que sólo el 3% de sus obras podrían ser entregadas a sus dueños originales. El resto, dijo, era suyo, herencia física de su padre, herencia simbólica de su abuelo.

El museo —por posibles efectos legales, porque tal vez esas obras no eran, en realidad, de Gurlitt, porque los herederos de los dueños originales están vivos— aún no ha aceptado el legado.

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

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