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El pasado no ha pasado

La adhesión del filósofo Martín Heidegger al nazismo ha sido objeto de estudios desde los años 30. Esta publicación aclararía su influencia y participación en el partido de Hitler.

Martín Heidegger nació en 1889 y falleció en 1976 en Alemania. En 1933 se inscribió al partido nazi y un año después se retiró. / EFE
Martín Heidegger nació en 1889 y falleció en 1976 en Alemania. En 1933 se inscribió al partido nazi y un año después se retiró. / EFE

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A Herbert Marcuse, filósofo, judío, le reprochaban sus amigos la cercanía con el filósofo alemán Martín Heidegger. Lo consideraban el soporte del nazismo, lo consideraban un silencioso observador de la masacre judía. Marcuse eludía sus intenciones de alejarlo del filósofo; sin embargo, no podía rehuir a sus juicios. ¿Era Heidegger parte del programa nazi? ¿Hasta qué punto había apoyado y contribuido a los fundamentos del partido? Era bien conocido que Heidegger había regentado la Universidad Fribourg-en-Brisgau entre 1933 y 1934, y que justo el año en que Adolfo Hitler subió al poder, él se inscribió al partido nazi y dio un discurso en defensa de sus políticas. Era bien sabido, también, que un año después renunció al partido y a la universidad, y que al parecer había decidido, como diría luego, que el nazismo había nacido como una intención democrático y la “debilidad de sus filósofos” lo había llevado a la degeneración.

Sin embargo, las preguntas persisten por encima de las verdades grises. De modo que Marcuse, el 28 de agosto de 1947, dos años después de que acabara la segunda guerra mundial, escribió una carta a Heidegger desde Nueva York. “Usted me decía que desde 1934 se había distanciado completamente del régimen nazi —escribe Marcuse—; que usted en sus clases y conferencias realizaba contra él especiales observaciones críticas e, incluso, se lamentaba usted de ser ‘vigilado’ por la Gestapo. No quiero dudar de sus palabras, pero los hechos están ahí (…). Usted nunca se ha retractado de ello abiertamente (…). Permaneció después de 1934 en Alemania, a pesar de que usted antes que otros habría encontrado un lugar de trabajo. Usted no ha denunciado públicamente jamás los hechos ni la ideología del régimen”.

Heidegger, días después, respondió la misiva: “En 1933 yo esperaba del nacionalsocialismo una renovación espiritual de la vida entera, una reconciliación de los contrastes sociales y la salvación de Occidente de los peligros del comunismo (…). Tiene usted toda la razón al afirmar que por mi parte faltó una declaración en sentido contrario, comprensible para todo el mundo; habría significado mi muerte y la de mi familia”. ¿Era ésa la razón por la que Heidegger se negaba a rechazar la ideología nazi? ¿Deseaba protegerse o deseaba cubrir el prestigio de su carrera como filósofo, desvincularla de cualquier ideología? Las zonas grises de la relación entre Heidegger y el régimen nazi son parte de un extenso debate de nuevo a propósito de la publicación, en 2014, de Los cuadernos negros, una serie de diarios personales en los que Heidegger habría desglosado, con más claridad que en sus obras, su cercanía intelectual al nazismo.

Desde la década del 30, filósofos y amigos de Heidegger le preguntaron por su adhesión al partido. El filósofo, fallecido en 1976 y autor de Ser y tiempo, dijo que había sido un “error político”. Nunca fue claro, pese a sus golpes de pecho, si Heidegger continuó en las filas del nazismo como un mero observador que no tomaba decisiones, que no participaba, pero que dejaba a los demás hacer su trabajo. “Él no percibe la profundidad de su error de entonces —dijo el filósofo Karl Jaspers—, razón por la cual no hay en él una verdadera transformación sino más bien un juego de proyecciones y ocultamientos”.

Los cuestionamientos sobre esta materia continuaron; pasaron cuatro décadas hasta que Víctor Farías, chileno y doctor en filosofía, publicó en francés Heidegger y el nazismo, que afirmaba, basado en testimonios y documentos, que el filósofo apoyaba de manera consciente esa ideología. “¿Por qué se negó siempre Martin Heidegger a emitir una crítica explícita de las monstruosidades del nazismo? —escribe Farías— Su adhesión sin límites al fondo genérico del nacionalsocialismo permite comprenderlo, pese, o sobre todo, por el hecho mismo de haber criticado el desviacionismo”. El nazismo, seguiría señalando Heidegger, principió bien, pero terminó mal. No se pueden juzgar los hechos sólo por sus finales, diría. “Heidegger —sigue Farías— no rompió jamás con los vínculos espirituales que lo unían a la condición de posibilidad última del nacionalsocialismo bajo todas sus formas: la sacralización de la alemanidad y su conversión en ejemplo exclusivo”.

Heidegger, de estilo lúgubre en su escritura, nunca afirmó de manera directa que desdeñaba el nazismo. Alumnos suyos lo defendieron, tiempo después. “No he estado en un seminario donde oyera una crítica clara del nazismo que en el de Heidegger. También fue el único maestro que no comenzaba su curso con el ‘¡Heil Hitler!’ reglamentario”. Más allá de que fuera o no afín al nazismo, ¿afecta su filiación ideológica a su programa filosófico? “Es cierto que él era nazi —dijo Pierre Bordieu—, pero es interesante ver cómo ha construido un contenido nazi en un lenguaje ontológico”.

Hubo un tiempo en que el teólogo Rudolf Bultmann intentó curar sus relaciones con Heidegger. “Todo había de ser olvidado”, dijo Bultmann. Pidió, entonces, a Heidegger que se retractara por escrito de su adhesión al partido nazi “por amor a la verdad de tu pensamiento”.

Con el rostro pétreo, Heidegger se alejó sin decir una palabra.

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

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