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Medellín tiene un olor. Para algunos es parecido al de los guayacanes que se mezclan entre los tacos, el humo de los carros y las montañas que rodean la ciudad. Un olor que no es específico, que se mezcla, que a veces es cálido y otras es frío. Un olor que es agradable, que a veces se convierte en expectativa y otras en recuerdo. Para otros ese olor se asemeja a la pólvora, a la sangre. En ocasiones solo puede percibirse como un oxígeno denso y difícil de respirar que solo evoca las huellas de lo que pasó, de las décadas más duras en las que no importaba el momento ni el lugar: todos estaban expuestos. Medellín, para muchos, además del olor, tiene un sabor agridulce que la convierte en la contradicción más seductora de todas.
“Lee esto porque, cierto o no, eso solo pudo haber pasado en Medellín”, le dijo una de sus tías a Luis Alberto Restrepo, Peto, que nació en la ciudad pero nunca vivió ahí. Que cuando tuvo seis años se fue, pero nunca ha podido ni querido desligarse de ella. La tía se refería al libro Amigo de nadie, que escribieron Simón Ospina Vélez y Juan José Gaviria.
“El hombre es de donde pasa las vacaciones de la infancia y la juventud”, dice Restrepo, y aclara que, para él, eso es Medellín: la conoce, la quiere, la frecuenta y, desde que leyó el libro de Gaviria, la quiso narrar.
El director, que habló con este diario sobre su nueva película, se toma las manos, piensa la respuesta y dice que su relación con la ciudad siempre ha sido constante a pesar de todo: ahí nacieron él y su familia. Ahí vivió los tiempos de descanso y su crianza fue la de personas que provinieron de ahí, del Valle de Aburrá, de la Ciudad de la Eterna Primavera, de la Medellín de las flores, los tangos, los arrieros, pero también de la Medellín que convirtieron en el epicentro del narcotráfico en las décadas de los 80 y los 90.
“Hay una soledad sin la cual el libro no podría ser escrito, y para leerlo haría falta otra soledad equivalente: que el libro llegue al lector tan inopinadamente como fue llegando a quien lo escribía”, anotó el escritor español Antonio Muñoz Molina, en el periódico El País de España. Restrepo no estaba contemplando títulos en una librería, pero la sugerencia de su tía le llegó sin aviso, así como antes de eso la tragedia se asomó a las vidas de los dos escritores, que más adelante decidieron contar un hecho que les pasó, que habían vivido y que había mutado por las normales interpretaciones o conjeturas que se originan gracias al morbo o la imaginación.
Amigo de nadie se estrena el próximo 7 de noviembre en Colombia. La película se basó en el libro que antes se titulaba Para matar a un amigo, de Juan José Gaviria y Simón Ospina Vélez. Las bases de la novela, que tuvo un relanzamiento reciente con el título de la película, partieron de hechos ocurridos en la Medellín de los 90, en la que un grupo de jóvenes pertenecientes a familias acomodadas comenzaron a develar rasgos de su personalidad que se asemejaban a la cultura paramilitar de la época: cada persona defendía sus intereses al precio que fuera.
El conflicto en Colombia, y en este caso en Medellín, se ha narrado con un foco distinto al de esta película, en la que la historia la protagoniza un joven que creció preparándose para el poder y que se grabó que ese poder tenía que protegerlo a cualquier costo.
Un joven que comenzó a ver cómo su herencia se iba desmoronando. La Medellín de ese tiempo, en la que cada día estallaba una bomba en un lugar distinto y el sonido de las balas se había convertido en paisaje, estaba quebrando su reino. La solución que Julián (personaje interpretado por Juan Pablo Urrego) encontró para quitarse las piedritas del camino fue una sola: matar.
“Esta historia es para hacerse preguntas sobre qué tanto tiene que ver nuestra mentalidad sobre el nivel de violencia que hemos vivido. Es una película que toca temas como el machismo, el clasicismo, la xenofobia, el racismo, pero, sobre todo, la cultura del dinero fácil, que ha sido tan dañina desde que llegaron los españoles a este país buscando El Dorado”, dice Restrepo.
Amigo de nadie, en conclusión, se basó en uno de los casos que comenzaron a replicarse a medida que la crisis se agravaba y el ambiente se hostilizaba: los problemas personales tenían el mismo desenlace de los problemas sociales: se resolvían sacando del camino al molesto, al incómodo, al inoportuno. Se resolvían matando.