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El Quijote recetado

A propósito de la Feria del Libro y del aniversario de Cervantes, el presidente de la Academia Colombiana de Medicina da otra mirada al clásico de la literatura española.

Cervantes hizo de la historia del Quijote y Sancho un tratado medicinal. / iStock
Cervantes hizo de la historia del Quijote y Sancho un tratado medicinal. / iStock

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Cuando escribió ese monumento de las letras que es El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, compuso don Miguel de Cervantes Saavedra un gran fresco de la realidad que se vivía en la España donde reinaron los primeros Felipes de la Casa de Austria, segundo, tercero y cuarto de ese nombre; habían empezado a llegar las maravillas y riquezas del Nuevo Mundo recién descubierto, los tercios militares defendían con feroz eficiencia e innegable valor su bien ganada fama, varias clases de nobles e hidalgos adinerados gozaban su ocio al lado de funcionarios, sirvientes, labriegos y otras gentes pobres que se esforzaban por sobrevivir con su trabajo y a veces con sus habilidades de pícaros y buscones.

Hijo del cirujano Rodrigo de Cervantes, calificado de modesto por don Martín de Riquer, Miguel pasó infancia y adolescencia en el ambiente de la medicina práctica, de la atención a heridas y lesiones que requerían el uso hábil de instrumentos quirúrgicos; es lógico pensar que en las páginas de su inmortal novela dejó alusiones y datos relacionados con esas actividades, lo cual se confirma cuando la lectura de El Quijote se hace utilizando ese enfoque en su forma actual, el cual muestra que también de heridas, enfermedades y medicamentos se trata.

Con una enfermedad comienza precisamente la obra, porque al describir con detalle al protagonista, dice de él que “del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro (cerebro) de manera que vino a perder el juicio”; tal locura lleva al hasta entonces hidalgo Quijada o Quijana a creer que son verdaderos todos los personajes y hechos que halla escritos en los libros que con tanta dedicación lee día y noche, lo cual pone las bases para el delirio que lo convertirá en el caballero andante don Quijote de la Mancha.

Muy largo resultaría dar cuenta de todas las menciones en que Cervantes toca temas de salud o de medicina, como que en un libro reciente ocupan más de treinta páginas; algunos de ellos son, sin embargo, tan curiosos y extraños para ojos del siglo XXI que vale la pena anotarlos ahora.

El bálsamo de Fierabrás

Característica de la medicina durante siglos fue la creencia en remedios maravillosos, claramente mágicos a veces, cuya preparación solía conservarse como secreto cuidadosamente guardado por algún médico o grupo de médicos que decían haberlo recibido a manera de herencia de sabios de la Antigüedad.

Una de esas maravillas, el “bálsamo de Fierabrás”, no formaba parte de los medicamentos aceptados por los médicos, pero sí de los que se describían reiteradamente en las novelas de aventuras caballerescas que leía don Quijote. Cuando él sufre una herida en la oreja al enfrentarse con el vizcaíno, Sancho le ofrece con qué curar la herida, pero el caballero le responde que sería mejor tener “una redoma del bálsamo de Fierabrás” porque con unas gotas bastaría para curar cualquier herida; naturalmente, Sancho manifiesta extrañeza y don Quijote, para explicarle mejor, le dice que si en alguna batalla “me han partido por medio del cuerpo”, solamente será necesario juntar las dos mitades pronto, “antes de que la sangre se yele” (se coagule) y darle a beber dos tragos del bálsamo, con lo que habrá de quedar “más sano que una manzana”.

Semejante milagro, que hoy entendemos imposible, deja a Sancho muy sorprendido, hasta el punto de ofrecer a su amo que renunciará a cualquier cosa con tal de que le enseñe la fórmula y preparación del bálsamo… Pero, malicioso, comienza el escudero su solicitud diciendo: “si eso hay…”.

Don Quijote nada dice sobre la petición de Sancho; sólo después, cuando ha pasado el episodio de la venta en donde recibe tantos golpes, pide al ventero que le consiga los ingredientes y prepara el famoso bálsamo. Aquí, la sorpresa es para nosotros los lectores, porque los “simples” o ingredientes son apenas cuatro: aceite, probablemente de olivas, vino, sal y algunas ramas de romero.

Pone don Quijote su mezcla en una olla al fuego lento por largo rato, luego la pasa de la olla a una vasija para aceite llamada alcuza y reza “más de ochenta” oraciones, padrenuestros, avemarías, credos y salves, al tiempo que traza cruces “a modo de bendición” con cada palabra, con lo que termina la preparación. Como se siente tan cansado y aporreado, don Quijote bebe todo el bálsamo que no le cabe en la alcuza, lo cual le produce abundante vómito, decaimiento y sueño.

Despierta unas horas más tarde, se siente tan descansado que cree estar curado por la virtud de su brebaje; Sancho decide imitarlo, bebe unos tragos y el resultado también es fuertes náuseas y vómito que lo dejan muy maltratado; le reclama a su señor y recibe una explicación imposible de controvertir: el mal resultado del remedio se debe a que Sancho no ha sido armado caballero ¡y la sustancia solamente sirve para caballeros!

Enfermedades y tratamientos

Aunque lo que más menciona Cervantes, por razones obvias, son las contusiones y heridas, también trae a cuento algunas enfermedades que debían ser frecuentes en su tiempo entre la gente común; las caries dentales, por ejemplo, a las que se llamaba neguijón; la perlesía, que era la pérdida del movimiento en alguno de los miembros, lo que hoy llamamos parálisis o, en términos médicos, plejía; los temblores de algunas formas de epilepsia, que se conocían como alferecía; “váguidos de cabeza, indigestiones de estómago”, dice don Quijote que son molestias inherentes a los esfuerzos intelectuales para “llegar a ser eminente en letras” porque estos estudiosos suelen comer poco y mal…

Para tratar las heridas se acudía a las bizmas, que según las primeras ediciones del Diccionario de la Real Academia Española eran emplastos elaborados con estopa u otra tela semejante, empapada en aguardiente, incienso, mirra y otros ingredientes; bizmar, o sea, aplicar bizmas sobre heridas o partes del cuerpo maltratadas, era, pues, una de las tareas más frecuentes para los cirujanos.

Pedro Recio de Agüero

Sólo un médico aparece citado con su nombre en las páginas de la inmortal obra cervantina: el doctor Pedro Recio de Agüero, quien afirma ser natural de Tirteafuera y tener “el grado de doctor por la universidad de Osuna”. La ironía cervantina comienza en estas frases, porque Tirteafuera, si alguna vez existió, debió ser ínfimo caserío y la universidad de Osuna, muy poco destacada, no tenía estudios de medicina.

Tiene este personaje el puesto de médico de los gobernadores de la ínsula Barataria, aquella cuyo gobierno encargan a Sancho Panza los duques como parte de la gran mascarada que arman alrededor de don Quijote para divertirse con su locura, y uno de los ejercicios de tal puesto es vigilar lo que traen a la mesa para que Sancho coma, alimentos deliciosos que el hambriento escudero ansía probar pero que la varilla del doctor va tocando uno tras otro para rechazarlos con argumentos pretendidamente científicos. La fruta por “demasiadamente húmeda”, otro manjar por “excesivamente caliente y tener muchas especias”, la sabrosa olla podrida por “ser cosa compuesta” y no haber cosa “de peor mantenimiento”, la ternera asada y en adobo “porque no hay para qué”; para el desayuno, le autoriza a Sancho apenas “un poco de conserva y cuatro tragos de agua fría”, alegando que “los manjares pocos y delicados avivan el ingenio”, lo que por supuesto conviene mucho a un gobernante. Como sería de esperar, Sancho se rebela contra tantas restricciones y acusa a Pedro Recio de ponerlo en peligro de muerte por hambre.

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Esa irónica descripción no significa, sin embargo, que Cervantes no aprecie a los médicos y la medicina. Por el contrario, hace varias menciones elogiosas para la profesión y quienes la practican bien. Entre los consejos que don Quijote da a Sancho para que gobierne bien su ínsula incluye una frase muy célebre que parece extraída del famoso tratado medieval titulado “Régimen de salud de Salerno” y que afirma:

“Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra”.

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El verdadero Quijote vuelve a su casa, desilusionado, agobiado por la realidad cuando recupera su salud mental; lo sobrecoge una alteración cardíaca que el médico llamado para atenderlo (de cuyo nombre, por cierto, Cervantes no quiso acordarse…) no alcanza a contrarrestar y muere tranquilamente.

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