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¿Qué tan cierta es la afirmación de Antoine de La Sale según la cual las mujeres recriminan la debilidad sexual de sus esposos? Así lo sentencia el escritor francés del siglo XV: “Hay una regla general en el matrimonio que cada una cree y sostiene: que su marido es el peor y menos potente”.
Es posible que las difíciles exigencias que tuvo que enfrentar La Sale cuando se casó a los 52 años con una quinceañera le hiciesen pensar que lo ocurrido a él era extensivo a todos los hombres. Los estudiosos de su obra presumen que los sinsabores conyugales le inspiraron el libro Las quince bromas del matrimonio, una de las cuales es precisamente la de la mujer que ve poco virtuoso a su hombre para ejercitar el amor.
En el listado aparecen, además, las deudas en que queda el marido por los altos costos de las nupcias, los caprichos de la esposa embarazada y, la peor de todas, la lujuria de la mujer que se acuesta con todos. Esta última broma es considerada por el autor como “el mayor dolor que existe, sin muerte”.
La lujuria es uno de los temas recurrentes de La Sale. El paraíso de la reina Sibila, una de sus obras maestras, cuenta la historia de un caballero y su sirviente, que, movidos por la curiosidad, deciden entrar al lugar. Descienden y entran al paraíso, donde la reina les concede, a cada uno, una voluptuosa mujer, que sólo se ausenta los viernes cuando se reúne con la reina para volverse serpiente y regresar más bella al lecho del amante. “Son tales los mundanos deleites que ningún corazón los podría soñar ni lengua alguna expresar”.
El caballero, arrepentido de tanto pecar, salió de allí en compañía de su escudero, que pocas ganas tenía de irse. Buscó el perdón del papa, pero no encontró sino enojo por los extremados deleites de los que gozó.
“… con tal escarmiento pretendía dar a conocer a todos la gravísima culpa de aquel pecador que arriesgó su alma demorándose en las placenteras vanidades de aquella reina Sibila…”.
Mientras el caballero insistía en el perdón, el escudero ideaba la manera de convencerlo para regresar a la cueva. Inventó que el papa lo había condenado a muerte y que esa también sería su suerte si no escapaban al reino subterráneo.
Lo lamentable es que entraron a la cueva en el preciso instante en que el papa concedió el perdón. A raíz de ese acontecimiento, el pontífice ordenó sellar la entrada al lugar, donde permanecen inscritos los nombres de los que se han perdido. Llama la atención que en el listado aparece el nombre de Antoine de La Sale.