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Se cuenta que en 1928 el compositor estadounidense George Gershwin tuvo la oportunidad de conocer en persona a Alban Berg, uno de los compositores vanguardistas más respetados de su época. Berg mandó a tocar su Suite lírica frente a un Gershwin lleno de admiración y respeto. Pero luego, cuando llegó el momento para que el norteamericano mostrara su música, el pianista vaciló y se preguntó en voz alta si su arte estaría a la altura de la respetada vanguardia vienesa. A lo cual el autor austríaco respondió con gran seriedad: “Señor Gershwin, música es música”.
Es irónico que un europeo —y vanguardista, aparte— le haya tenido que recordar a un compositor estadounidense que toda música es simplemente eso: música. Que no importa si no está escrita en los lenguajes experimentales que suelen complacer a jurados en la academia y que no importa si su fuente principal de inspiración está basada en los géneros populares. El arte, a pesar de que muchos insistan en lo contrario, simplemente no puede ser juzgado. Todo se reduce, a fin de cuentas, al gusto personal.
Por siglos, las clases dirigentes de América estuvieron convencidas de que había que imitar a Europa en el aspecto artístico para lograr un arte americano que pudiera “competir” con el europeo. Y así tardamos siglos en darnos cuenta de que no había que inspeccionar en Europa lo que ya teníamos en nuestra propia puerta trasera, incluso antes de que llegaran los europeos. Es cierto: la llamada música americana siempre ha existido y, lo que es mejor, no tiene nada que envidiarle a la europea.
Todo lo anterior fue confirmado en los conciertos de la Serie de Música del Nuevo Mundo que se llevaron a cabo en el Festival. Empezando con el dúo Assad, que ofreció un repertorio muy variado en un formato instrumental que es nuevo para muchos. La calidad de su interpretación, y la comunicación increíble que existe entre los dos intérpretes, seguro hicieron que muchos músicos en la audiencia se replantearan sus propios métodos para tocar en grupo.
¿Y qué decir del legendario Guinga y su concierto con el quinteto Villa-lobos? La complejidad armónica y rítmica y el contrapunto magistral de su escuela brasileña confirman que la sobrevalorada vanguardia no es exclusiva de la mal llamada “música erudita”. Antes de terminar su concierto, Guinga tuvo el coraje y el buen humor de exclamar con humildad que él no se consideraba un músico erudito, quizás por algún problema de autoestima. Los que entendían portugués soltaron sus carcajadas y —hay que decirlo— entre las risas más estruendosas estuvo la del eminente clarinetista Gabriele Mirabassi. Al igual que Guinga, el italiano seguro comprendió que el chiste del brasileño no era más que una sutil crítica a quienes siguen malinterpretando las etiquetas erróneas que se le dan a la música.
Otro artista familiar con este debate sin rumbo es el bandoneonista Rodolfo Mederos, quien encantó al auditorio del Centro de Convenciones, en Getsemaní, con una original mezcla de poesía y tango. El número de estilos tan aparentemente distantes en los que ha trabajado —rock, jazz, tango— prueban que las fronteras entre los géneros musicales son producto de la imaginación. Así lo confirmó también el cuarteto colombiano Manolov en su concierto del pasado jueves. ¿Quién habría de imaginar que un formato nacido en el clasicismo sería perfectamente capaz de tocar piezas de salsa, cumbia y vallenato? A través de Manolov esto fue posible, y si la audiencia no se puso de pie para bailar fue por simple timidez, pues ganas no faltaron.
En efecto, la Serie de Música del Nuevo Mundo no sólo reafirmó para muchos la envidiable riqueza y variedad musical que hay en el continente. También reafirmó las palabras de Alban Berg que hoy deben resonar entre nosotros: la música no es más que música.
* Compositor y musicólogo