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El tango que vuelve

Rodolfo Mederos, 73 años, es uno de los bandoneonistas más queridos en la escena del tango. Sus composiciones sugieren que el género, esa máquina de nostalgia, siempre retorna a sus orígenes.

 / Carlos Pineda
/ Carlos Pineda

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El arte parece recorrer el camino contrario del progreso tecnológico. Parece caminar hacia atrás, con los pies en reversa. El modo de que el arte vaya hacia adelante, entonces, es torciendo su rumbo hacia atrás. Eso puede vislumbrarse de las palabras de Rodolfo Mederos, bandoneonista, argentino, 73 años. ¿Hacia dónde quiere avanzar con el tango?, le pregunta un periodista. “Hacia sus orígenes —responde—, hacia su historia”.

Porque en los orígenes se recupera la esencia, quizá. Porque en los orígenes están la rebeldía y la singularidad. Decía el escritor Macedonio Fernández que el tango era “lo único seguro en nuestra cultura porque no consulta con Europa”. Por ello, quizá, el tango atrae a Mederos: porque es la forma en que Argentina es más Argentina y menos Europa.

Mederos hace parte de ese origen, pues desde sus primeros años de juventud, atraído como estaba por el tango, decidió encaminarse hacia sus sendas de extraña nostalgia; por eso tocó con Astor Piazzolla, por eso lo admiró, y por eso también se juntó a Osvaldo Pedro Pugliese, pianista, tanguero. De modo que si Mederos decide volver a los orígenes del tango, en algún sentido ha decidido, al mismo tiempo, volver a sí mismo.

“Tocar es como un viaje —dijo en una entrevista con la revista Ñ—: uno cierra la puerta del auto, pone primera, segunda y va atravesando calles, luego entra en una ruta, llega la noche y no se ve muy bien, por ahí llueve, y piensa ¿cuándo llegaré a destino? Tocar música involucra más o menos todas esas alternativas”.

El destino puede ser la fusión, como sugirió en principio con su trabajo en discos como De todas maneras (1977) y Todo hoy (1988) y luego en sus encuentros con Daniel Baremboim, la Orquesta Festival de Ushuaia, Mercedes Sosa y Luis Alberto Spinetta; allí, el bandoneón era la voz cantante, que jugaba a combinarse con instrumentos clásicos, que jugaba a mantener su integridad y a acordar sus sonidos con otras armonías. El destino puede ser también el origen: así está retratado en interpretaciones como Sur (original del bandoneonista Anibal Troilo) y Eterno Buenos Aires (1999), grabado junto a Armando de la Vega y Sergio Rivas, que estarán con él en el Festival de Música de Cartagena.

Porque aquella música viene más allá de la tradición: viene de la necesidad de un pueblo de expresar un pasado que sigue siendo presente. ¿Se ha desarrollado el tango? ¿Es un género eterno, que no cambia, que cuando nació también selló su historia? “El tango se ha puesto de moda (y lo que está de moda luego se pone en liquidación) —ha dicho—. Evolución comercial, tal vez, pero no desarrollo”. ¿En qué estriba su belleza si es permanente, si es regular? La respuesta, quizá, está en las formas de su combinación: en el modo en que se ponen de acuerdo su bandoneón y la guitarra de Armando de la Vega, mientras se acercan al contrabajo de Sergio Rivas.

El bandoneón, y así el tango, es una partícula que se amolda a otros instrumentos, que se abre camino en medio de las curvas de otras músicas. El bandoneón de Mederos ha combinado con músicas ajenas la tradición del tango, porque se permite ser flexible: allí está, como muestra, Cansiones, algunos de cuyos temas grabó con Joan Manuel Serrat. Así avanza el tango, así retrocede también.

Mederos recuerda su infancia como el momento fundamental de cuanto sería después. Recuerda los primeros tangos, su encuentro con el bandoneón —un quiebre— y recuerda también aquellas calles de Constitución donde creció, en una familia de laboriosos. Y entonces hay una manera de comprender su historia y su música. Hay que volver a ese momento cuando un hombre, en una habitación, una tarde, mientras las gallinas daban vueltas por allí y poco después de que su madre le preparara pastelillos, sacaba de una caja “un artefacto rarísimo que comenzó a sonar”. “Este instrumento se mueve como un gusano —dijo en una entrevista—. Y el sonido me penetró. Y creo que ahí entró en mi corazón, en mi alma y en mi decisión de manera permanente”. Hay que volver al inicio salvaje, al momento en que tocaba las canciones de oído y sabía componer, aunque de un modo “maltrecho”. Hay que volver al salvajismo inicial, al origen del golpe tanguero. A aquellos hombres que le enseñaron el tango como tiene que ser enseñado: tocando.

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

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