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La señora súbitamente quedó en el foco de ataques y defensas de “opinadores” tanto en las redes sociales como en los medios tradicionales que la acusaban con adjetivos que ahora no es pertinente repetir, y estaba el otro bando, de mujeres, casi todas, que salieron en defensa de “la pobre señora” y exigían que se detuviera el matoneo contra la “mujer del presidente” porque eso ponía en primer plano una frivolidad que no es conveniente para Colombia.
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Notable que algunas de las “justicieras” confesaban su oposición al gobierno de “el presidente” y lavaban su conducta de cualquier inclinación política para presentarla esencialmente como un llamado de atención a la perversa frivolidad de los compatriotas. Veamos qué “autoridad moral” antecede a quienes ahora se elevan como “Super Heroínas” que combaten la frivolidad y exigen que una chaqueta no sea el índice del valor de una mujer. ¡Aclaro! Estoy de acuerdo con que una chaqueta, un corte de pelo, la marca del carro, etc, etc, etc, no deben ser índice de nada sustancial, pero en este caso necesito exclamar una pregunta: ¿En dónde estaban estas “paladines” de lo esencial cuando se destrozaba a Melania Trump en las redes sociales y los medios convencionales?, ¿De qué se ocupaban todos estos años en lo que hemos convivido con el reinado nacional de la belleza y a sus ganadoras o competidoras notables se les ha elevado a paradigma de mujeres o ciudadanas ilustres, por el solo hecho de ser ostensiblemente bellas? ¿En dónde está todo ese fundamentalismo cuando la matoneada es una mujer ubicada lejos del vecindario de nuestras “cruzadas”? Lugar común citar a Bertold Brecht en este escrito pero no tengo más remedio, “…y ahora que llegaron por mí ya a nadie importa”.
No les creo porque su defensa al matoneo contra “La mujer del presidente” es un aventón oportunista que no lo sería si se hiciera con cuanto ser humano sea llevado a la picota por cuenta de lo insustancial, pero no es así, porque si así fuera, esas mismas voces tendrían en su hoja de vida la defensa de Alvaro Uribe por su indecoroso frac, ya no me acuerdo en dónde, que lo hacía ver como lo que es, pero que seguramente, como el hecho no representaba un boleto para “jugar a ser los buenos”, nadie, que yo recuerde, defendió al “sub judice eterno”