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Esto llevó, en consecuencia, a la cima del prestigio a la crítica literaria, a convertir los debates de los periódicos sobre novelas o poemarios en trasuntos de los ideológicos y sociales. Durante mucho tiempo fueron los tradicionistas sus mejores e incisivos oficiantes: José María Vergara y Vergara y Miguel Antonio Caro –diferentes entre sí– en buena medida prepararon con sus ensayos y glosas un ambiente intelectual propicio para las ideas de la Regeneración. Los dos vapulearon el francesismo de los letrados liberales y a la par reivindicaron el legado hispánico y católico. Los liberales, por supuesto, no se quedaron atrás en el ejercicio de esta manera de leer literatura: Juan de Dios Uribe –conocido como el Indio– fue en las filas rojas un fogoso polemista. Ellos, los críticos partidistas y radicales, subordinaron la literatura a rígidos sistemas axiológicos. Un libro –para Caro o para Uribe– no era valioso en sí ni por su diálogo con el acervo conceptual ni por la destreza de su orfebrería verbal. Lo era en el grado de su acople a un conjunto de valores políticos, a los dogmas entonces de moda: los de Syllabus o del benthamismo.
Al menos entre nosotros no fue sino hasta 1888 –un par de años después del triunfo de Núñez y Caro patentado en la Constitución–, con Núñez, poeta, el ensayo de Sanín Cano, que comenzó a cambiar la mirada respecto a la obra de arte. Del aludido escrito surgió le creencia que esta no tiene fines ni didácticos ni moralizantes ni doctrinarios. Puede –y de hecho así es– ofrecer pistas de la forma en la cual una hornada vive y concibe el mundo. Error enorme es restringirla a ser una herramienta propagandística. Se produjo con el magisterio del antioqueño una ruptura cultural y se proclamó la autonomía del arte. En dicha línea interpretativa se inscribió Hernando Téllez al prevenir –en el decenio de los cuarenta del siglo XX– de las secuelas nefastas de los catecismos estéticos del marxismo y del fascismo. Dijo el autor de Nadar contra la corriente: “La política del arte es la política de la libertad”.
El arte –esa Ítaca de verde eternidad– se nutre del intercambio de pareceres. Desde hace unos años ha pelechado el cuestionamiento feminista a volúmenes canonizados por los lectores y la academia. Una vocera española de esta tendencia quiso, por ejemplo, menoscabar el valor literario de Lolita, de Nabokov, por ser un ejemplo de misoginia. Unas semanas antes una combativa columnista quiso con un arsenal argumentativo similar poner en jaque la relevancia de la obra del Nobel de Aracataca. Y hace nada otra periodista aguerrida a mandoble limpio atacó a Vargas Llosa por sus opiniones del tema. Estas posturas, creo, enriquecen la necesaria controversia pública al poner en tela de juicio ciertos elementos sociales y culturales. La llegada de las mujeres a los espacios públicos –las aulas universitarias, el poder político– propició la revolución más duradera y trascendente del siglo XX. ¿Cómo no darles la razón en su reclamo de mejores condiciones de vida? ¿Cómo no levantar con ellas el puño en la barricada al exigir equidad en los aspectos laborales, familiares, económicos, sanitarios y demás? Los tiros, no obstante, van por otro lado.
Teniendo esto claro, el siguiente matiz no es desdeñable: los criterios de ponderación de la calidad de una obra literaria deben de ser exclusivamente literarios. Someterlos a otros preceptos –conveniencia política o ideológica– empobrece la lectura y el análisis. Algunas mesnadas de la crítica literaria feminista develan su quizá involuntaria cercanía con la óptica de Caro y se separan del humanismo liberal. Al hacerlo, al proceder como Caro o el Indio Uribe, olvidan algo básico: en el arte literario se anudan las corrientes subterráneas y las visibles de la cultura y el devenir de los pueblos. La literatura –puñal y herida– sirve de termómetro a las contradicciones de las épocas y por ende es profundamente humana e histórica. Al incluir en sus ficciones rasgos machistas los autores no hacen apología del trono del falo. Dan cuenta de las encrucijadas de sus comunidades y por lo mismo ofrecen incertidumbres, no certezas. Al ponernos cara a cara con los impulsos y pasiones, la literatura señala nuestra naturaleza de minotauros: a medias bestias, a medias seres civilizados. Al fin y al cabo todos somos Caín y Abel, Eva y Lilith. Por ende, la mejor literatura, la acrisolada por los calendarios, no es ni feminista ni machista ni capitalista ni comunista. Excede esas etiquetas. Es estremecimiento y sentido vital: atisbo de las estrecheces y las epifanías del lenguaje.