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En el ocaso de su años, cuando ya recordaba muy poco de lo grandiosa y épica que había sido su vida en medio de la selva amazónica descubriendo y clasificando más de 2.000 nuevas especies de plantas, el gran etnobotánico Richard Edward Schultes (1915-2001) tomaba el libro El Río en sus manos para leerlo una y otra vez.
En esta obra, su discípulo Wade Davis narra con detalle y precisión los viajes de Schultes a Colombia entretejidos con sus recorridos por los mismos lugares años más tarde. Todo empezó en la primavera de 1974 cuando Davis, de 19 años, entró a la oficina de Schultes en Harvard y le dijo que quería irse a Colombia. El profesor, un mito viviente por sus investigaciones sobre plantas alucinógenas, se limitó a preguntarle cuándo quería viajar.
A la edad de Davis, Schultes había iniciado sus investigaciones sobre el peyote (planta sagrada para los indios americanos) y el teonanacate y ololiuqui, plantas alucinógenas de los aztecas aparentemente desaparecidas, y tal vez por eso se vio reflejado en este joven canadiense dispuesto a seguir sus pasos.
En un segundo encuentro Schultes le entregó dos cartas para amigos suyos en Colombia, que le resultaron tan efectivas como si hubieran sido escritas por Dios —o en este gremio por Charles Darwin, dice Davis— y tres consejos: “No uses botas de cuero, es inútil: las serpientes pican en el cuello. Lleva un casco duro de explorador. No regreses sin tomar yagé”.
Fue Dorothy Schultes quien contó a Davis cómo su anciano esposo había recuperado sus memorias gracias al libro. “Ahí estaba el hombre que había hecho mi vida posible —cuenta Davis— y ahora yo tenía la oportunidad en su vejez de devolverle la suya”, dice este explorador y etnobotánico que regaló al mundo una obra que es un canto de amor a Colombia, al Amazonas y a su maestro de Harvard.
En medio de sus recorridos con distintas tribus aborígenes y proyectos de la National Geographic, el canadiense Wade Davis decidió poner en palabras los momentos que Schultes había inmortalizado en su cámara, entretejidos con las memorias de su viaje con Tim Plowman, botánico y discípulo predilecto de Schultes.
Hasta ese momento, las publicaciones relativas al director del Museo Británico de Harvard eran muy académicas, salvo las famosas Cartas del yagé de William Borroughs, donde menciona al científico bajo el nombre de Schindler, y un libro de fotos que el mismo Schultes había publicado.
Las decenas de imágenes que dan testimonio de los ríos que cartografió, de la manera como el botánico se relacionaba con las tribus del Pira Paraná (Vaupés), de sus recorridos por el valle de Sibundoy (Putumayo), de los amigos que lo acompañaron en los recorridos entre 1941 y 1953, son las que dan origen a la exposición La Amazonia perdida, que el Instituto Smithsonian y el Banco de la República llevaron a Leticia y ahora traen a Bogotá.
Davis, curador de la muestra, habló en exclusiva para El Espectador, recordando a su maestro.
¿Cómo nació su relación con Schultes y su viaje a Colombia?
Schultes era una especie de Dios en el campus de Harvard. Un ser extraordinario en un tiempo en el que había pocos héroes. Era un tejedor de vidas y un catalizador de sueños. Si bien era accesible a cualquier estudiante, cada quien tenía que hacer el trabajo solo. El nivel de sus logros, el aura, el carisma, la magnificencia de lo que había hecho era tan remarcable que para la mayoría de sus estudiantes el sólo hecho de caminar tras su sombra era inspirador de grandeza.
Pero la cosa más bella que ha sido dicha sobre Schultes la dijo Jesús Idrobo a Andrew Weil cuando iba para la selva: “Si alguna vez tienes problema en el Vaupés, sólo menciona el nombre de Schultes, allá es como mencionar a Dios”.
Fue gracias a una carta de Schultes que llegué a la Universidad Nacional, donde el botánico Enrique Forero, y ahí empecé mi recorrido en el Chocó. En todo ese tiempo no vi a Schultes, pero estaba permanentemente en mi cabeza. Luego viajé con Tim Plowman, su discípulo, y fue él quien realmente me enseñó sobre botánica y sobre estar en Sur América.
A mi regreso a Bogotá, cuando ya sólo quería volver a casa, encontré a Schultes por primera vez en Colombia, en la famosa Pensión Halifax, y ahí me dijo: “Hay un río más que tienes que ver”. Tenía esa cualidad zen por la que si sugería algo uno no se atrevía a decir que no. Él era tan carismático, tan grande como profesor y como persona, y al tiempo tan distante, que si te mandaba al infierno uno sólo preguntaba cuál era el camino.
Schultes venía de un origen conservador. ¿Cómo llegó a ser un experto en plantas alucinógenas y a vivir tantos años en la Amazonia?
Si bien su familia era muy humilde y él fue el primero en ir a la universidad, fue influenciado por su mentor en Harvard, quien era un hombre muy rico. Al final adoptó las maneras de Harvard como propias y la academia se volvió su forma de vida.
Pero al mismo tiempo formaba parte de un pequeño grupo de individuos que estudiaban seriamente, en los años 30, un tema bastante salvaje: plantas alucinógenas, y esto mucho antes de la revolución de los 60. Eran estudiosos sobresalientes que venían de distintas disciplinas, como Albert Hofmann, quien era un químico; Gordon Watson, banquero interesado en los hongos de Oaxaca y el antropólogo Weston La Barre, quien estudió con Schultes el manejo del peyote entre los nativos americanos.
Al punto que con sólo 21 años se opuso en el Congreso Norteamericano a la penalización del peyote alegando la libertad de creencia. El médico Andy Weil dice que Schultes fue como una especie de proto hippie y sin embargo lo fue cuando no existía el hipismo, sin quitarse jamás el saco y la corbata.
¿Qué significó Colombia para Schultes?
A pesar de su pinta de académico de Harvard, lo cierto es que Colombia lo liberaba. Andy Wiel, quien tuvo la suerte de estar con él en el Putumayo a principio de los 70, decía que Schultes era una persona totalmente diferente en la selva.
La selva es realmente dura, ¿cómo lograban sobrellevar expediciones tan largas?
Estos eran exploradores verdaderos, capaces de pasar 13 meses sin parar en el río Negro. Era como un explorador del siglo XIX y una de las razones que evitaba que se enloqueciera era que mantenía la distancia y su carácter de académico a pesar de su profundo respeto por los indígenas.
Su relación con ellos era especial pues, aunque era blanco, no venía ni a esclavizarlos, como los caucheros; ni a cambiar su alma, como los misioneros; ni a medirles el cuerpo, como los antropólogos. Él se interesaba por lo mismo que ellos: las plantas.
¿Cómo organizaron esta exposición?
Schultes tenía dos grandes mochilas llenas de fotos que nadie había mirado y eran tesoros porque mostraban a los personajes de cada uno de sus viajes. Con la ayuda de un amigo galerísta y de John Christopher, otro discípulo de Schultes, y director del Herbario del Smithsonian, se hizo la curaduría. Lo demás fue posible gracias al Banco de la República y a la embajada de Colombia en EE.UU. Son las mejores imágenes del Amazonas que jamás se hayan hecho. Las fotos te quitan el aliento.