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Fue cronista y reportero en El Espectador, Semana, Cromos, O Cruzeiro, La Calle y La Nueva Prensa, así como jefe de redacción de Flash, Lima y Cromos, Bogotá. Con su novela El terremoto obtuvo el Premio Nadaísta de Novela de Vanguardia. Otros libros suyos son Reportero hasta morir y las novelas Esta vida y la otra (Seix Barral, 1998) y ¿No se acaba el mundo? (Intermedio, 2006). Además, la película Pisingaña (1985), con guion suyo y dirigida por su hermano Leopoldo, ganó el Premio del Público en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) y el Premio al Mejor Guion en el Festival Internacional de Cine de Bogotá, en 1986. También fue director de la Radiodifusora Nacional a fines de los años 60 del siglo XX.
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Poco antes de morir, me comentó algo que me dejó helado, mucho más que el hecho de que no terminara su novela Otelo y Cañengo. Cuando le planteé acabarla y presentarla al Premio Planeta dijo: “Ya no quiero seguir viviendo”. En efecto, al igual que grandes hombres de la historia (Lumumba, Malcolm X, el Che, Camilo Torres, Martin Luther King), siempre supo cuándo iba a morir. Y se murió, cuando yo no estaba en Bogotá. No pude asistir a sus exequias, y mi tristeza fue mayor porque ya no pude seguir conversando con él, construyendo el mundo, ni tomando cerveza, ni jugando billar. Eso sí que duele: dejar de vivir, no tanto dejar de escribir. Un adiós afectuoso para mi amigo Germán, en la galaxia donde se halle.
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Me quedan sus libros de crónica y reportaje, así como sus novelas, empezando por Esta vida y la otra y terminando con ¿No se acaba el mundo? pues El terremoto jamás la he podido conseguir, aunque me queda el consuelo de haber visto el filme basado en ella, Pisingaña, ese juego entre divertido y macabro que parece estar relacionado también con El espíritu de la colmena. Aún hay tiempo y, sobre todo, esperanza, de revisitarlo, en sus obras. Otro abrazo interestelar para un maestro de la novela y de la crónica: en esta, pues quizás él fue el mayor cronista que ha parido suelo tan fértil en asombros como en desgracias: no siempre naturales, pero así resultan para los políticos cuando les sale al paso su ineptitud, su perversidad, su mala leche.