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“Si, ciñendo su cuello con mis brazos / como de hiedra el árbol circundado, / se acercara a la muerte recelosa, // cuando su beso más tierno me fuera, / y huyera ya mi aliento entre su boca, / más feliz moriré que si viviera”. Nació en Francia, conoció el italiano y el latín, aprendió a tocar el laúd y murió en 1566, a los 46 años, no sin antes dejar una colección de sonetos, tres elegías y un diálogo entre dioses. Su tema siempre: el amor y el erotismo, como esos poemas que hablan de besos.
“Bésame una vez más, vuelve a besarme, / dame un beso de aquellos más sabrosos, / dame un beso de aquellos amorosos, / cuatro en brasas a cambio he de entregarte”.
Louise Labé construyó una teoría del erotismo en el diálogo Debate de Locura y Amor, una historia que se abre con un serio inconveniente entre la diosa Locura y Cupido, o Amor, en el que se trenzan en una batalla de palabras sobre quién es más poderoso a la hora de desatar las pasiones.
Dice Locura: “Tú disparas el arco y lanzas las flechas al aire, pero yo las asiento en los corazones que deseo”. Entre los muchos ejemplos que cita, uno muy cercano a la memoria de todos: Cupido flecha a Paris por Helena, pero es Locura la que levanta un ejército completo para defender su rapto, que terminó en la sangrienta guerra contra Troya.
En la discusión, Locura le saca los ojos a Amor y le pone una venda que no puede quitarse.
Júpiter inicia un proceso en el que Apolo defiende a Cupido y Mercurio aboga por Locura. Su veredicto, luego de un brillante debate, es contundente: “Guiará Locura al ciego Amor, y lo conducirá por donde mejor le parezca”.
Por su libertad de espíritu, Louise Labé fue víctima de maledicencias, como cuando inventaron que vestida de hombre había participado en una guerra. Su pensamiento revolucionario quedó plasmado en cada verso, pero es quizá una carta dirigida a su amiga Clémence de Bourges la que más luz arroja sobre su modo de ver la vida. Aseguraba que había “llegado la época en que las leyes severas de los hombres no impiden a las mujeres dedicarse a las ciencias y a las disciplinas”.
La carta fue escrita por una mujer que se presentaba en sociedad como hija díscola de Petrarca y bisnieta de Safo.