Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En el segundo piso de la librería Lerner, al norte de Bogotá, el sociólogo Enrique Gomáriz conversa con algunas personas del auditorio mientras espera la llegada de quienes le acompañaran en este rito literario, de lanzar su libro, ‘Donde la tierra firme termina’ en Colombia. Dos personas han aceptado acompañarle; el reconocido escritor, -recién galardonado con un Doctorado Honoris Causa por la Universidad Nacional- Roberto Burgos Cantor, autor de ‘La ceiba de la memoria’ y el antropólogo Jorge Gamboa, coordinador del área de Historia Colonial del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH). Algunos asistentes, en medio de la espera, bromeaban y se preguntaban sí sería una presentación mas, donde quienes juegan a ser críticos, únicamente se llenan de elogios entre sí. Pero conforme a la aparición de los invitados, esta idea se desvaneció rápidamente. Gamboa es el primero en llegar, agitado, se disculpa, el ‘infernal tráfico en las tardes de Bogotá’. No hay que repetirlo. El segundo es Burgos, quien llega acompañado, sonriente. Lo atajan antes de llegar al escenario. Algunos extranjeros le indagan sobre su obra, pero se debe abrir paso para llegar a la mesa. Burgos a la derecha, Gamboa a la izquierda. La creatividad del mundo literario a un lado y al otro la rigurosidad del método científico. En medio Gomáriz, un sociólogo que tras trabajar más de dos décadas en La Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) -uno de los más prestigiosos centros de investigación en América Latina- y especializarse en políticas públicas, se jugó su escritura por la novela histórica. Así empieza un debate que se extiende por tres horas hasta que ya en la librería sólo quedan los empleados. ¿Cuál es la diferencia entre novela histórica y el método de la historia como ciencia? Una pregunta que se lanza a la mesa y que sigue latente en los debates intelectuales que continúan causando impacto fuera de las academias, como lo evidenció en su momento la publicación de ‘El retorno de Martin Guerre’ de la historiadora Natalie Z. Davis. Gamboa fue certero y abordó lo que desde la academia serían algunos distanciamientos de la obra de Gomáriz con los hechos históricos. Para sustentar sus ideas, rescató de su memoria autores y libros que han abordado el tema, no podía ser otro su papel, sino el de hablar desde su esencia de académico y delimitar el campo científico. Burgos, con la serenidad que confiere una larga vida, habló del papel del escritor en esta época, al abordar el pasado y los lugares de la memoria donde el archivo no existe y dedicó un tiempo especial para el estilo, atrapando al público con un lenguaje poético. Burgos fue muy generoso con Gomáriz, resaltó su forma de escribir y se conoció que como todo maestro, le impulsaba seguir escribiendo constantemente cada vez que conversaban. El sociólogo español aprovechó para aclarar que su libro no es una biografía de Núñez de Balboa personaje principal, sino que es un escenario donde muchas voces convergen. Al final de la presentación un gran abrazo, una copa de vino y risas, un debate a la altura. El Espectador habló con Gomáriz. ¿Por qué pasar de la rigidez del método científico en las ciencias sociales a la libertad de la creación literaria?Sencillamente porque tiene su encanto. Te puedes mover con mayor libertad. Hace mucho tiempo que quería hacerlo, y la oportunidad se me presentó en Colombia mientras que trabajaba en temas de cooperación internacional. Estuve en contacto con investigadores y expertos en el tema de mi libro, además revisé archivos de forma minuciosa en Panamá, Costa Rica y España. ¿Qué fue lo más difícil de confeccionar el relato en esta apuesta de novela histórica? Las cosas que un historiador puede saltarse, pero quien emprende un relato novelado no. Un historiador puede pasar por alto detalles y acontecimientos que emocionalmente son intensos pero que para él no tienen tanta relevancia en la larga duración. Sin embargo, hacer una novela histórica que respete la historia te exige una ardua investigación, para tratar de hacer verosímil esos momentos intensos. En esa serie de ideas, es conocido que antes de 1501 son muy escasos los archivos sobre Núñez de Balboa. ¿Cómo reconstruyó su vida?Usando los pocos datos dispersos que existen sobre el personaje, la información sobre las personas allegadas y el análisis del contexto que ofrece la historiografía acerca de esas décadas en el sur de la España de fines de siglo XV. ¿A qué tipo de proyectos se sumó Balboa a su momento del encuentro con lo que se conocería años después como ‘Nuevo Mundo’?Al encontrarse de forma inesperada con este continente, existieron diferentes ‘empresas’ de diversos tipos. La que desarrolla Rodrigo Bastidas, que es la ruta en la que se incorporó Vasco Núñez de Balboa, era de comercio. No buscaban apropiarse del territorio o instalarse en algún lugar sino negociar lo que se pudiera, podría ser oro, pero también maderas preciosas y especies, etc. Tenían como filosofía, un trato muy cordial con los pueblos indígenas que estaban en la costa para no dañar las relaciones y nexos comerciales que habían construido. Muy diferente a la empresa de conquista y gobierno que iba a hacerse con los territorios. En su investigación por diversos países, ¿encontró algún cronista o relato que subvierta el imaginario que en algún momento se apoderó de la historiografía, donde se hacían juicios maniqueos entre españoles y pueblos indígenas?Encontré un relato que aborda como un cacique le dijo una vez a Colón, “que tan inocentes son los españoles que cambian este metal amarillo por esas maravillas que ellos traen y nos las dan por cualquier pedazo, y lo que traen son cosas maravillosas. ¡Qué inocentes son los españoles!”. El investigador Matthew Restall en su libro los ‘Siete mitos de la conquista española’ señaló que el desarrollo tecnológico fue un factor, más no el determinante a la hora en que los españoles se hicieran con el control de los territorios y los poderes de los caciques. ¿Usted qué piensa? Un grupo reducido de españoles no hubiera podido contra todo un imperio. Pero el cuadro del combate se puede pensar como un pequeño grupo de españoles que van junto a cinco mil indígenas, que les acompañaban porque tenían rivalidades con el otro pueblo indígena, en este caso los aztecas o a los incas, que eran los conquistadores iniciales. En este caso Matthew Restall tiene razón, en otros casos sí que hacía la diferencia la técnica y la tecnología tenía un efecto contundente. Algunos lectores huyen a los temas que están más alejados de su realidad. ¿Por qué hablar de un tema que antecede al periodo colonial y no elegir otra problemática?Cuando escribo no sé si elijo los temas o ellos a mí. Me propuse reflejar ese fresco histórico, superando los mitos de la historia oficial, así como las reacciones hacia el extremo contrario. En el fondo, escribí lo que me hubiera gustado leer de aquel momento, no sólo en términos históricos, sino aproximándome a las emociones, los ropajes y los lenguajes de los protagonistas. Dado que puse mucho esfuerzo desde el inicio en que el relato fuera a dos voces, la de los ‘castellanos’ que llegaban y la de los pueblos indígenas que habitaban ‘Tierra Firme’, tuve que apoyarme en fuentes primarias y secundarias, por ejemplo, en el ICANH. Creo que logré una reconstrucción bastante verosímil de los pueblos que habitaban la costa de lo que hoy es Colombia y, sobre todo, de los pueblos de habla ‘cueva’, que poblaban el Istmo panameño. Por eso, el cacique Cemaco es un personaje fundamental, que realmente existió.