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Chloe Aridjis es una escritora hija de un poeta mexicano (Homero Aridjis) y de una académica y ambientalista estadounidense. Fue criada entre México, Estados Unidos e Inglaterra. Su primera novela, escrita en inglés, tiene lugar en Berlín.
La trashumancia, una migración constante entre países y lenguajes, es un rasgo definitivo de la autora. Si se tratara del tarot, la carta de Aridjis podría ser una balsa transitando en el mar.
Su primera novela, El libro de las nubes es, es así mismo un viaje a través de Berlín a bordo de tres personajes encerrados en el aislamiento que produce la ciudad, una suerte de desplazados por la soledad y, en cierta medida, el olvido: Tatiana, una inmigrante mexicana que disfruta profundamente oír la voz que anuncia las paradas en el tren, un historiador que emplea a Tatiana para transcribir sus notas y un meteorólogo, que termina enredado con ella.
¿Por qué le interesa explorar la soledad en una ciudad como Berlín, punto de encuentro de algunas de las peores y mejores, cosas que ofrece la humanidad?
Debido a sus numerosos espacios y terrenos vacíos (aunque éstos se van reduciendo) y un peso histórico de lo ausente, Berlín es una ciudad que permite, o conduce, a una soledad extrema. Es fácil aislarse y también es fácil construir mitos para llenar esos vacíos. Cada uno de los personajes proyecta su propia visión y lectura, real e imaginaria, sobre la ciudad, y en el curso de la novela el derrame entre el mundo mental y el material va aumentando. Quise explorar esa línea borrosa entre donde acaba el ser y donde empieza la ciudad; en Berlín, un tema constante.
¿De haberse encontrado viviendo en un sitio diferente a Berlín, su primera novela habría sucedido en esa otra locación?
Estoy segura de que hubiera resultado en una obra muy distinta, quizá menos introvertida, si la hubiera escrito en otra parte. Es imposible saber. Lo único que sé es que Berlín siempre ha ejercido un poder muy fuerte en mi imaginación y mi tropismo hacia la ciudad es tal que viéndolo desde ahora no puedo concebir haber escrito mi primera novela en otro lugar. Es una ciudad sumamente compleja y también extraña, llena de posibilidades de representación. Siempre figurará en mi constelación geográfica personal (Londres, México, Berlín).
Además de escribir, Aridjis ha hecho fotografía fija para algunas cintas de su hermana, Eva, cineasta detrás de películas como La santa muerte o Niños de la calle.
¿Qué es la fotografía a través de la mirada de una escritora?
Prefiero no comparar los distintos medios de expresión, pero personalmente la fotografía no me da el fondo ni el panorama que me ofrece la escritura. Capta momentos, más bien un segundo en el tiempo, a diferencia de su transcurso.
¿Es inevitable perder la magia instantánea de la fotografía al pasar a la escritura?
Sí. Pero la escritura encarna otro tipo de magia, una donde la espontaneidad (en la forma de golpes de inspiración) se alarga a un fin más sinfónico, como muchas veces sucede en un truco de magia. Tiene un aire de espontaneidad, pero en realidad es el desenlace de una organización bien planeada y científica.
Su padre, el poeta mexicano Homero Aridjis, es diplomático y activo ambientalista (ha recibido reconocimientos por su trabajo de manos de Mikhail Gorbachov, por ejemplo).
¿La influencia del activismo ambiental de sus padres se traducirá en una obra que toque esta temática?
Hasta ahora no, aparte de un ensayo que escribí hace años sobre Petra Kelly, la fundadora del Partido Verde alemán, que fue asesinada en 1992. Era amiga de mis padres y me impactó mucho conocerla cuando vino a México. Hasta la fecha, su muerte sigue siendo un misterio… No sé si llegaría a escribir una obra de ficción que toque temas ambientalistas, aunque la novela que estoy acabando incorpora ligeramente temas de cautiverio animal.
Ambientalmente hablando, ¿el mundo ya perdió la partida?
Sin reducir drásticamente la quema de los combustibles fósiles, no se va a detener en lo mínimo el cambio climático, pero no creo que el hombre va a descansar hasta que haya extraído la última gota de petróleo de la Tierra que se encuentre en los campos de Venezuela o Arabia Saudita, en las profundidades del Golfo de México o en la arenas bituminosas de Canadá. Soy pesimista en cuanto al futuro del medio ambiente y de la supervivencia de la especie, pero quizás uno tiene que retener unos cuantos grados de optimismo.
¿Haber ganado reconocimiento, e incluso premios, con su primera novela cambió la perspectiva que tiene de su trabajo?
Inevitablemente sí. Con la primera novela, uno no sabe al escribirla si va a cobrar una vida mas allá de la computadora. Uno escribe alimentado por impulso y visión. Cuando esa visión se materializa y entra al mundo exterior, hay más en juego de allí en adelante. Pero es importante escribir sin pensar demasiado en ese mundo exterior, si no uno se paraliza o corre el riesgo de ser regido por las ideas y las reacciones de los demás, y esa frescura y audacia temprana se pueden perder.