Escritura experimental

Hay novelas que no están hechas para obedecer. ¿Quiere un argumento? Olvídelo, no piensan llegar a ninguna parte. ¿Está acostumbrado a un capítulo tras otro hasta llegar al final? Aquí puede abrir una página al azar y por ahí comenzar la historia, luego saltarla, como en una Rayuela.

Georges Perec, quien hizo de la experimentación su obra. / Cortesía
Georges Perec, quien hizo de la experimentación su obra. / Cortesía

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¿Necesita un motivo trascendental del que surja la trama? La única excusa es escribir un libro en que todas las palabras comiencen por la letra e, como lo hizo Georges Perec. ¿Necesita los signos de puntuación en su lugar, palabras que se encuentran en el diccionario o el respeto total por el idioma? Entonces no ha leído a Saramago, ni a Borges, ni a Cortázar, ya que hablamos de Rayuela.

Rompen etiquetas, son casos difíciles para las editoriales, incomodan, en especial incomodan, pero no dejan de ser novelas. Pienso en la poeta Anne Carson, que juega con la “orgía” de géneros: en Antigo Nick reescribe el clásico teatral de Antígona en clave de poesía e incluso de novela gráfica, y en el bellísimo El ensayo de cristal hace una disertación sobre Emily Dickinson, escribe una novela y a la vez nos deja con el sabor de la poesía.

Hace poco leí Las primas, de Aurora Venturini, una novela tan incorrecta como bien construida, en la que la narradora crea una voz propia de una persona con dificultades mentales que nos narra sin complacencias el mundo que la rodea: una hermana “retrasada” que come mientras hace del cuerpo, abortos, violaciones y homicidios. En un perfil que leí sobre Venturini acerca del premio que recibió por esta novela se comenta que los jurados pensaban que era una “desquiciada joven de emergente genialidad (…) y terminaron por premiarla”. Al abrir la plica descubrieron que la joven ganadora del premio de nueva novela era una señora de 85 años.

Pienso también en un libro criticado por varios en Latinoamérica y elogiado por muchos en Estados Unidos: La historia de mis dientes, de la escritora mexicana Valeria Luiselli, escrito primero como un texto curatorial, luego compartido en un club de lectura a los trabajadores de una compañía de jugos y reescrito a partir de las grabaciones recogidas en esas jornadas. A esta la han llamado una “novela de ensayo colectivo”, “un proyecto de arte sobre las novelas” que personalmente disfruté mucho, pero que mis estudiantes no.

Justo un estudiante me recomendó al “padre de la literatura experimental”, Laurence Sterne, con la novela La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy: parodia de la narrativa y lo autobiográfico, deja páginas en negro para indicar un luto, y de la que pensaron que por extravagante no podía perdurar. ¿Acaso no es la escritura un oficio creativo que busca nuevas maneras de contar lo ya contado? ¿No es En busca del tiempo perdido de Proust también una antinovela que rompe con estructuras ya conocidas para su época? A veces se alejan los lectores con tanta novedad, pero tal vez confirmemos, como algunos de los autores citados, que no hay una sola escritura, sino escrituras, así como no hay un solo concepto de lo que puede ser bello.

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