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Una puerta que no abría a nada fue vendida en abril de este año por 700 shekels (162 euros), una puerta que ya no limitaba ningún espacio pero aún estaba en pie frente a lo que fue una casa familiar en Gaza. Banksy, el reconocido y anónimo artista, había pintado sobre esa puerta uno de sus grafitis, los mismos que actualmente son valorados en miles de euros por museos y coleccionistas.
Escribir una biografía al enumerar los lugares en los que se ha dormido o vivido, comenzar con la hoja en blanco en donde se dice o se esconde todo, pasar por el barrio, la ciudad, el país, llegar al espacio, es una de las ideas del escritor francés Georges Perec (París, 1936 – Ivry-sur-Seine, 1982) en su libro Especie de espacios (1974). Al leerlo se da por sentado que todos estos lugares forman parte de la vida cotidiana del ser humano actual. Sin embargo, para los que emigran a la fuerza ya no les quedan el barrio, la ciudad, el país, ni siquiera la puerta que no abre a nada. Actualmente el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba) presenta una exposición homónima a esta obra de Perec. Frederic Montornés, crítico, artista y comisario de la exposición, releyó el libro como un manual de instrucciones y quiso representar los trece lugares propuestos por el escritor a través de la visión de cuarenta artistas. Para esto ha dividido dos grandes salas en espacios privados y espacios públicos en donde el visitante puede pasar de un lado a otro y preguntarse tanto por sus propios lugares habitados como por los deshabitados o inexistentes para muchos en estos últimos meses.
El espacio privado está a su vez dividido en cubículos que conforman los lugares asignados a cada obra; la sensación allí es la de estar en un apartamento. El espacio público es abierto y todas las piezas conviven sin muros ni restricciones; hay una banca doble de parque en medio del salón en la que los visitantes dudan si sentarse o no. Estas dos sillas han sido puestas allí para ser usadas y es una licencia del comisario para ambientar lo público y comunitario. En la exposición, que estará abierta hasta el 31 de enero de 2016, se encuentran obras de Ignasi Aballí, Lara Almarcegui, Serafín Álvarez, Guy Debord, Adrià Julià, Emma Kay, Guillermo Kuitca, Manolo Laguillo, Gordon Matta-Clark, Ester Partegàs, Lois Patiño, Gerhard Richter, Humberto Rivas, Pedro G. Romero, Gino Rubert, Francesc Ruiz, entre muchos otros.
Antes de entrar a los salones se pasa a través de una cortina de metal amarilla del artista Daniel Steegmann, en la que se balancean las líneas imaginarias, la frontera que, por supuesto, tiene una abertura por la que también se podría cruzar. Una vez en el espacio privado se intuyen las divisiones del libro de Perec: La Página, La Cama, La Habitación, El Apartamento, El Inmueble, La Calle y El Barrio. En uno de los cubículos hay una puerta que no abre: La puerta verde, de Dora García, que representa lo inútil y lo que ni siquiera se sabe si existe o no, una posibilidad. Muy cerca de esta, Tres colchones, de Guillermo Kuitca, frente a los que unos niños sintieron la confianza de lanzarse y por esta razón ahora han sido delimitados por unas barras. Los colchones están tapizados con mapas relacionados con el viaje que hizo la abuela del pintor al emigrar de Rusia a Argentina. La cartografía, la memoria y la desaparición son temas recurrentes en la obra de este artista.
La gente siente que ha llegado a su lugar cuando entra a su barrio y reconoce las calles por las que pasa cada día. La Ciudad, en cambio, es pública, al igual que El Campo, El País, Europa, El Mundo y El Espacio. ¿Qué pasa cuando esta ciudad, barrio y calles ya no existen? Un terremoto, tsunami o bombardeo puede eliminarlos, mutarlos, vaciarlos. Es lo que pasó en Ciudad de México treinta años atrás, con el sismo de 1985; una ciudad reinventada a la fuerza, que existe porque muchos la recuerdan y escriben sobre ella, como Juan Villoro hace unas semanas en El País de España con su texto “Resistencia a la tierra”: “… no somos dueños de la ciudad; en todo caso, podemos lidiar con los desechos para que la ciudad exista. Perteneces al sitio donde estás dispuesto a limpiar la mierda”. Existirá por lo menos en esa hoja en blanco del espacio privado, que también es la memoria.
Un espacio en blanco ha servido para imaginar la ciudad y el mundo en la exposición del Macba. El artista León Ferrari la pensó en sus heliografías: oficinas, baños, mesas, personas, habitaciones, un laberinto de repeticiones que angustia por lo claustrofóbico. También hay mapas dibujados de memoria; en uno de ellos el mundo se reordena según los recuerdos. Colombia, por ejemplo, ocupa el lugar de Brasil y el Amazonas parece ser la cordillera de los Andes. ¿Qué orden tendrían los países de África o en dónde estarían la Isla Ascensión y Santa Helena si hacemos el mismo dibujo? La memoria inventa lugares que no existen o mueve de sitio los que no son visitados en forma frecuente.
Georges Perec define las fronteras como líneas (imaginarias) por las que miles de hombres han muerto. En Gaza y en Siria muchos lugares han quedado vacíos, la patria ya no es un lugar habitable. A todos los que hoy están huyendo sólo les quedan los tres últimos espacios de la lista de Perec: Europa, El Mundo y El Espacio. A los que cruzan de Venezuela hacia Colombia también les queda El País, el propio que parece ajeno. A la lista de Perec, esas que tanto lo fascinaron, habría que añadir El Camino y La Frontera (lo inhabitable), que son ahora recurrentes cuando se habla de espacios actuales. Perec diría: bombardear, morir, destruir, matar, emigrar, huir, comprar, pagar, estafar, dejar, correr, llorar, extrañar, esconder, caminar, nadar, ahogar, dormir, proteger, cuidar, extraviar, buscar, refugiar, escapar, enfrentar, pelear, acorralar, aprisionar, engañar, cruzar, saltar, compartir, construir, traducir, estudiar, hablar, aprender, mejorar, llegar, abrazar, abrir la puerta. Ningún sitio es para siempre verdaderamente nuestro.