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Estoy firme, no firmo

La piel, como dice la Grisales, erizada.

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El pasado 16 de abril en el Teatro Nacional Fanny Mikey, los actores colombianos actuamos sin ensayo, sin repeticiones, sin acciones físicas claras, sin vestuario ni maquillaje. Nuestra misión —como lo plantean la mayoría de teorías sobre actuación— era lograr que a través de nuestras acciones se cumpliera un objetivo. Así, en un hecho sin precedentes en la historia de este país, nos reunimos más de 600 actores para la defensa del derecho de remuneración por comunicación pública que adquirimos a través de la Ley 1403 Fanny Mikey, aprobada el 19 de julio de 2010 por el Congreso de la República, y que ahora los canales de televisión pretenden hacernos ceder por un tiempo absurdo de 80 años —les habrá dado pena poner 100— mediante un “contrato de cesión de derechos patrimoniales de autor y conexos”, desconociendo así una ley que “los artistas conservarán en todo caso”. Esta ley otorga el derecho a los intérpretes a percibir una remuneración equitativa por la comunicación pública tanto en Colombia como en el exterior de las obras o grabaciones audiovisuales donde se encuentren fijadas sus interpretaciones o ejecuciones. No es extraño que en este país queramos avanzar con un pie y retroceder con el otro. No es extraño que cuando empieza a haber dinero de por medio todos quieran una tajada, un beneficio. Para empezar, esta ley ha permitido, hasta el momento, un primer recaudo de más de 1.500 millones de pesos que se han repartido entre los socios de la entidad recaudadora Actores Sociedad Colombiana de Gestión —que ya tiene más de 700— y el fondo de bienestar social creado para impulsar programas como el subsidio para no pensionados, subsidio de desempleo, seguridad social integral, ayudas extraordinarias, hogar asistido, asistencia médica domiciliaria y cursos de formación, que ayudará a que los actores tengamos una mejor calidad de vida en nuestra vejez. Esto jamás se había visto en el país y menos en este gremio, que siempre se ha caracterizado por su desunión. Por eso, ver a tanta gente reunida —ni siquiera en los premios TV y Novelas, a los que va hasta el gato, ni en una Teletón— fue verdaderamente emocionante y conmovedor. Llegamos incluso hasta las lágrimas, y no porque seamos actores y nos quede fácil llorar, sino por la perplejidad y felicidad de estar asistiendo a un momento histórico para quienes consideramos la actuación como una profesión digna y verdadera. Esa noche pensé que en Colombia estaban sucediendo cosas que jamás imaginé posibles. Fue como si se hubiera abierto una pequeña puerta para el anhelo, para el optimismo. Saber que si estábamos ahí era porque creíamos realmente que la unión hace la fuerza, que el bien común está por encima del particular, que si ayudamos a fortalecer nuestros derechos las condiciones van a ser cada vez mejores. Pero lo más importante fue la sensación de que el miedo se había quedado afuera, de que no había entrado a esa sala. Por eso los actores dejamos en claro que “estamos firmes y no firmamos” y que “es el momento de actuar”. Nos dimos cuenta del poder que tenemos entre las manos, que no vamos a ceder nuestro derecho y que lo que hemos logrado hasta el momento, nadie nos lo puede quitar.

Carolina Cuervo Navia

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