Fáber Agudelo: «Ni Hesse ni Onetti hubieran contestado esta entrevista»

El escritor antioqueño habla de su más reciente novela, Concierto Aranjuez, y considera que la escritura es algo esencial para su vida. Presentamos un fragmento de su novela.

Imagen del escritor antioqueño Fáber Agudelo, quien se declara admirador del silencio de Hermann Hesse y Juan Carlos Onetti.  / Cortesía
Imagen del escritor antioqueño Fáber Agudelo, quien se declara admirador del silencio de Hermann Hesse y Juan Carlos Onetti. / Cortesía

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¿Qué se ha transformado o no en usted desde su libro de relatos: “Callejuelas del silencio con la flaca” hasta “Concierto Aranjuez”, y por qué, en qué sentido es consciente de ello?

El propósito de escribir, que siempre me ha acompañado, se hizo más sistemático y acuciante desde los cuarenta y cinco años, momento en el cual tomé la escritura como algo esencial en mi vida. Desde allí hasta los cincuenta y nueve años escribí sin tardanza y sin atenuantes, con suma urgencia. Ya tenía sesenta años cuando la publicación del primer libro. El segundo libro que acabo de publicar lo escribí con el mismo sentido de urgencia, pero sin que en ello me fuera la vida, como en el primero.

¿Por qué y para qué llamó este libro “Concierto Aranjuez, de qué Aranjuez se trata y por qué?

La expresión Concierto Aranjuez es muy hermosa y aunque no significara nada, podría encabezar con ella el texto que a bien tuviera. Pero aparte de su dulzura intrínseca, Concierto Aranjuez me trae a la memoria el barrio en donde viví mis primeros once años, los más felices e irrepetibles. De igual manera, Aranjuez me obliga a recordar el viejo manicomio, que significó en mi vida una aparición sistemática y peligrosa.

¿Desde dónde y qué dimensión de la ciudad real o irreal y su red tentacular desde barrio como Prado y Lovaina, se constituyen también como membranas de su vida y sus relatos?

Aranjuez, Prado y Lovaina son tres barrios tradicionales de Medellín y desde que recuerdo, los he sentido muy próximos a mí. Lovaina en especial porque era el asiento del placer y de lo prohibido, aquello que los escritores se obstinan en conocer, aunque no sea de utilidad alguna. A Prado lo conocí y lo caminé durante muchos años y allí encontré sosiego y paz.

¿En qué medida o sin medida, el relato del yo, se desarrolla y realiza en los dos libros y por qué o entonces de qué se trata?

Con la esquizofrenia he sufrido muchas crisis de locura que me han desdibujado y tal vez transfigurado, hasta el punto que sentía que mi yo se había perdido, escabullido en algún sitio oscuro. La sensación de no tener yo se ha aposentado en mí y ya no me abandonará. De igual manera, la lectura de Max Stirner en su libro El único y su propiedad generó la deliciosa sospecha de que yo tenía dentro de mí algo que nadie más podría tener.

¿Por qué la obsesión provocadora de la palabra y la locura, el silencio y la soledad, se incrustan poderosamente en su obra y qué busca decirse a usted mismo y al lector o no?

Mi trabajo, que no obra, palabra mayor, es una indagación sobre mi subjetividad sin otra herramienta distinta que mi intuición. En este intento, muchas veces, me he quedado sin palabras, mudo, y también me he encontrado ausente de la razón. He procurado con la escritura penetrar en lo irracional para encontrar seguridad y alivio. Por supuesto no lo he logrado.

¿Podría decirnos si usted se considera a sí mismo un escritor “outsider” o extraterritorial, cómo se definiría usted o no como escritor?

Me gustaría pensar que mi trabajo es una indagación existencial desde la locura, una especie de analítica existencial a partir del desvarío, pero eso no me ubica en la extraterritorialidad. Supongo que pertenezco a la tradición occidental, y en ella, al idioma español. Nada me obliga a colocarme por fuera, que entre otras cosas, no sé si exista.

¿En qué o desde qué manera usted hace esa relación entre la poesía y la prosa, cómo se dan en usted y por qué?

Quisiera que mi trabajo fuera considerado como una prosa de meridiana claridad. No sé nada de poesía aunque en mis años de juventud quise saber de ella.

¿Qué inclinación determinaron en su estilo los escritos Herman Hesse y Juan Carlos Onetti, qué extrae de ellos y qué no, por qué?

He extraído de ellos cierta propensión al silencio, ellos no hubiesen contestado esta entrevista.

¿La relación entre literatura e ideología, como está, ha estado o estará en su carácter y temperamento de escritor, es crítica o no y por qué?

No puedo negar que tengo cierta simpatía por algunas ideologías, pero la ideología hacia la cual me inclino con verdadero entusiasmo y que no sé definir con exactitud es la ideología de la libertad. A ella, a su comprensión y profundización inclino con respeto.

¿Cómo y desde dónde, se inserta e involucra en “Callejuelas del silencio con la flaca” y “Concierto Aranjuez”, la violencia o no le interesa tratarla?

Mi prosa de por sí es violenta, me explico; lo que digo intento decirlo desde muy adentro, y eso me obliga a agarrar las palabras tal como me las encuentre. Y además, procuro que mi lenguaje sea preciso, más que delicado. Me explayó con determinación en la violencia psiquiátrica por que es la más conozco, pero soy consciente que una determinación básica de nuestro país es la violencia.

¿Qué relevancia e intensidad le concede usted a la música, lo musical de escritura y la música que escucha y qué se hace escuchar, que son entonces o que le dicen?

Yo no concibo mi vida sin la música clásica y el jazz. A ellas voy siempre, inclusive las considero más determinativas que la escritura o la lectura. Me hacen pensar en un mundo inasible y sutil.

Usted de cierta manera, sin decidirlo sin duda, vivió y observó a los miembros del movimiento nadaísta, lo que decían y lo que hacían: ¿Qué consideración o consideraciones tiene sobre este movimiento y que incidió en usted o no y por qué?

Influyó muchísimo en mi manera de escribir y en mi vida. Eran algo así como mis guías. Yo los veía, inalcanzables y absolutos por la carrera Junín de Medellín y pensaba que iban a seguir siempre así, definidos e incorruptibles. No fue así, su nihilismo y anarquismo pronto pasaron y se convirtieron en obsequioso pajes del poder. 

¿Tiene usted un método para escribir, cuál es y si no como lo forma o no lo necesita o es para usted una postura o una impostura tenerlo?

Mi método es leer de continuo novela, sobre todo novela contemporánea.

¿Qué consideración le merece la crítica literaria, la lee y la escucha, que intervención hace ella en su mundo escritural y en sus lecturas? Gracias.

La crítica me merece una altísima consideración, la creación no podría existir sin ella. Tres críticos me parecen fundamentales: Steiner, Bloom y Blanchot.

***

Papeles del exilio (Fragmento)

Fáber Agudelo

Cuando empecé a escribir estas páginas tenía el propósito de alcanzar la paz con un conocimiento definitivo de mi vida. Empiezo a sospechar que no encontraré la paz porque en ese escribiendo de un segundo piso no había ningún conocimiento trascendental sobre la existencia. Apenas un regodeo sobre sí, y más que regodeo, un placer inmenso en nombrarse desde su sufrimiento. Yo era una fábrica especializada en escribir sobre el dolor, pero dentro de él, gigantes bombones dulces me hacen desconfiar: descubro una felicidad por nada, por el solo hecho de vivir. Además, una exquisita pasión y deleite por los detalles. Esas hojas caían sobre esa calle donde vivía, las mujeres que iban de compras, y el sol, el sol que como un niño pequeño golpeaba las ventanas de las casas. Ese barrio, esas casas, y yo por allí, solo, escribiendo una dulce miseria.

O tal vez el inmenso secreto que me guardaba muy adentro, sin que nadie pudiera descubrírmelo, era este: era un feliz habitante de la vida, y como tal, me guardaba muy bien de que los demás se enteraran y me estropearan el gozo. Al mismo tiempo, yo me guardaba muy bien de verme como el animal feliz que recién entra al paraíso, y más bien fingí una absoluta incapacidad para vivir y para gozar. Farsante, lo que he sido es un farsante. Con los años se me vienen abajo las mentiras, quedo desnudo y me veo como un pobre mentiroso que por decirse mentiras y huir de sí mismo y de los demás casi destruye su vida.

La soledad era la fachada de un inmenso edificio de artificios que yo construí para que me dejaran solo y me permitieran vivir como a mí me diera la gana sin que tuviera que mover un solo dedo. Sentado, explayado en la profunda miseria de mis mentiras, yo veía a los demás trabajar y sudar, sentirse satisfechos con sus vidas y con sus honras, y me burlaba de ellos. Pobres hombres, me decía, no son profundos, no han pensado en el misterio de sus vidas, no merecen llamarse seres humanos, y yo, sí. Yo sí que soy un ser humano porque sufro y porque pienso.

Este es el retrato mío, me fui desdoblando, como si yo fuera la criatura de Oscar Wilde: por dentro, un ser feliz, con la risa del perfecto gozador que no se le da nada por nada, y por fuera, el exterminador de las cosas sencillas, el perfecto sufridor que buscaba incansable el eterno secreto de la vida. Y a todas estas, entre estas dos máscaras, una tercera, el niño que, impertérrito, buscaba y busca a dios de una manera terca, obsesiva. ¡Cuántas máscaras para unos pocos años de existencia! Las miro, ya con los años de cierta experiencia y de mucha malicia y me digo: antes estoy vivo, si no he hecho sino decirme mentiras, a mí, a los demás, a todo el universo. Y estas letras, acabadas de armar, cuántas mentiras no tendrán, aunque las hago con el ardor de quien desea quemar con el fuego de la verdad todas las construcciones principescas de la mentira. Me estoy deshaciendo poco a poco, me voy diciendo, tú no eres esto, tú no eres lo de más allá, mira que con los años ya puedes desertar de la deserción y empezar a vivir desde ti mismo tu propia y verdadera vida. Ese monigote que escribía una y mil páginas clavado en un pupitre escolar no sufría, gozaba porque se mentira con fiereza y con esa mentira no tuvo necesidad de trabajar, de sufrir, de vivir.

Mientras tanto observaba y se decía: los seres humanos son unos idiotas.

Se desprenden enormes masas de hielo de mi cerebro y caen sobre mi conciencia, obligándola al recuerdo, al encuentro de ese ser que hace veinte años, refugiado en esa casa del barrio Prado, escribía y escribía para darse un ser que no tenía y que intentaba extraer desde lo más profundo de sí.

Estaba abandonado. La ciudad, textil y primaveral, le había dado la espalda y lo había condenado a la soledad. Él insistía en inventarse una vida, en crearse un nombre, en perfilar diariamente una pesadilla para su propio consumo. Existía, pensaba él, y eso era suficiente. Si no existiera, pues ahí sí solo podría dedicarse a morir, pero decía, yo existo, yo estoy vivo, yo puedo escribir. Y lo hacía todos los días, y las hojas del nochero aumentaban, ya formaban un montón apreciable.

Era admirable su palabra, parecía un milagro, lo erguía en medio del desconsuelo y lo lanzaba sobre la vida.

El abandono, sin embargo, no era total. La vida le mandaba emisarios para que hablaran con él y lo consolaran. Su mujer y su hijo, y dos amigos que vivían cerca. Con ellos pasaba revista a las urgencias cotidianas, inauguraba la risa desde el mismo potro de los tormentos.

No, no estaba totalmente solo, la extremada solicitud de la vida insistía en darle motivos para vivir desde los lugares más impensados. Juan, uno de sus dos amigos, vivía a pocas cuadras, en el barrio Lovaina, e iba a visitarle, tomaba tinto, decía algunas palabras sobre su vida y sobre la vida. Y sonreía, feliz de vivir con sus amantes, feliz de ser como era. Y Rubén, loco como el anterior, insistía en vivir su locura como si esta fuese una novia divertida y juguetona. Venían a su pieza los dos, y, a veces, convergían en una absurda risa por cualquier cosa mínima de la vida. Es posible que los dos ya hayan fallecido. Ahora los recuerdo porque me enseñaron la mirada mansa de loco que, retirado del poder, ejerce su soberanía sobre los pequeños márgenes que le han dado para vivir. Gozábamos, porque a sabiendas de que no éramos titulares en el partido feroz que los cuerdos jugaban entre sí, disfrutábamos de dos o tres palabras, de dos o tres recodos. Claro que sí reíamos, observábamos desde la locura el inmenso mapa fracasado de los seres normales y volvíamos a nosotros, curados del espanto: nosotros también vivíamos, sabíamos del oxígeno y del caos, de la miseria y del pudor.

Lo dije hace poco: yo disfrutaba y gozaba de la vida, pero este disfrute y este gozo yo lo envolvía en una mascarada de dolor. Yo no quería sino sufrir, pero la vida me obligaba a gozar de ella, a crear con minúsculos acontecimientos una verdadera épica con su propia axiología. La locura dentro de sí cabalga una andadura luminosa y se acerca a la vida, confiada y verdadera. Nosotros tres lo sabíamos y ejercíamos ese saber en hondas jornadas diarias.

Ya lo saben. Yo escribía sobre la locura y decía sobre ella incontables mentiras. Abominaba de la locura y la condenaba y lo hacía desde una rígida pasión por la normatividad vigente. Ya que eres un enfermo, muere y púdrete, me decía. Pero esa voz era de los normales que vivían a mi alrededor, y yo, sin darme cuenta, pensaba que era yo mismo. Me negaba con la voz de los otros y me satisfacía en esa negación porque con ella pensaba recuperar al otro que me condenaba.

Fatal maniobra. Identificado maniáticamente con los sanos, me olvidaba de mí, me condenaba a la inexistencia, sufría porque pensaba que solo estaba viviendo mi muerte, mi enfermedad. Pero vivía y gozaba, ahora lo descubro.

Caminando las calles del centro de la ciudad me encontraba también con Francisco, un estudioso de Krishnamurti. Hablaba con él y en cinco minutos ya desaparecía el dolor y la pesadumbre. Solo que él me dijera: viva su vida tranquilo, cada quien es cada quien y yo ya descansaba en paz. Tomábamos tinto en uno de esos cafés y solo un tema conversábamos: la infinita ubicuidad del sentido de la vida. Decíamos: hay tantos valores como vidas. Es decir, aparecía la extraña axiología de la locura con todos sus derechos y yo descansaba en paz. En el fondo, luego de conversar con Francisco, yo alcanzaba a vislumbrar que el loco vive tanto como el cuerdo. Verdades sencillas pero cuánto trabajo para hacerlas mías. Ah, porque la locura es un tabú, un tabú que corta las pobres cabezas de los que son considerados locos, y los tira, literalmente, a los basureros de la historia.

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