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Fascinación por las Américas

El encuentro musical entre el Viejo Continente y el Nuevo Mundo es mucho más que una combinación explosiva. Aquí algunos ejemplos de ese diálogo vital.

01 de noviembre de 2015 – 09:00 p. m.
Antonin Dvorak (1841 - 1904).
Antonin Dvorak (1841 – 1904).

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En 1725 el rey de Francia, Luis XV, recibió en su palacio la visita de seis jefes indígenas provenientes de Norteamérica. Era un encuentro de homólogos, pero separados por un océano y una brecha cultural enorme. No se sabe muy bien cómo se entendieron a la hora de la conversación, pero en cambio quedó registrado el momento en que los indios le mostraron al monarca tres de sus danzas tradicionales. En la velada se encontraba el compositor Jean Philippe Rameau, quien se inspiró en aquella escena para crear la partitura de ballet conocida como Los salvajes.

Ocho años más tarde, en Italia, Antonio Vivaldi estrenaba su ópera Montezuma, basada en la vida del emperador azteca (aunque sin intención de rigor histórico). La partitura anduvo perdida hasta el año 2002, cuando fue redescubierta y se hicieron varias puestas en escena. Fue una oportunidad reciente de entender la fascinación europea por aquel nuevo continente y las historias que se desprendieron del proceso de conquista. Una primera aproximación a estas obras evidencia el estereotipo del europeo como civilizado y el americano como bárbaro. Pero en el fondo hay más complejidad: la música de Vivaldi para las escenas de Montezuma sugiere también una energía inusitada y desbordante. Es como si la existencia del otro hubiera llegado a sacudirlos.

La historia oficial nos habla de conquistadores que llegaron a imponer su poder y su doctrina, su espada y su cruz, pero pocas veces se detiene a observar la influencia en el otro sentido. En su libro El pensamiento indígena en Europa, la investigadora María Eugenia Corvalán llega a sugerir que las ideas que alimentaron la Revolución Francesa de 1789 están inspiradas directamente en el orden político de los pueblos nativos de América. Es una teoría atrayente por más que no pueda ser comprobada. Tal vez en la música es más fácil encontrar esa influencia.

El ejemplo más antiguo es el de la chacona, una danza de carácter alegre y sensual que se puso de moda a comienzos del siglo XVII. El crítico musical Alex Ross la describe como una música “con un acento que favorece un balanceo de las caderas”. Por ese carácter libidinoso, nadie quiso asignarse la autoría; de modo que se terminó sugiriendo que la chacona había surgido “en algún lugar de las colonias españolas en el Nuevo Mundo”. Pero lo cierto es que se componía en el Viejo Continente.

Siglos después, ese mismo espíritu trepidante se puede encontrar en una obra emblemática de la relación entre ambos continentes: la Sinfonía del Nuevo Mundo, del compositor checo Antonin Dvorak.

“Nunca hubiera escrito esta obra si no hubiese visto a América”, escribía Dvorak en 1893. Aquella sinfonía grandilocuente, así como la obra que le siguió (el llamado “Cuarteto Americano”), fueron el resultado de una estadía de tres años en los Estados Unidos, donde el compositor fue nombrado director del Conservatorio Nacional de Música. Dvorak se internó fascinado en las calles de Nueva York, pero también en áreas más naturales: una villa bañada por un río en Iowa, por ejemplo. Y en ese proceso fue descubriendo la música de los nativos norteamericanos, que empezó a permear su proceso de composición.

“No es que haya usado melodías nativas”, explicaba Dvorak en una entrevista al periódico New York Herald. “Escribí temas originales que encarnaban las peculiaridades de la música indígena, y las desarrollé con el recurso de ritmos modernos, contrapunto y color orquestal”. Por un lado, era la declaración de una riqueza sonora que habita en nuestro continente, descubierta con asombro por un artista de la Europa Central. Por otro lado, la reivindicación de la fuerza creativa de nuestros indígenas, esos que Rameau había bautizado como Los salvajes.

La Sinfonía del Nuevo Mundo será la obra que cierre el Cartagena Festival Internacional de Música, interpretada por la Orquesta Sinfónica Juvenil de la Red de Escuelas de Música de Medellín y dirigida por Maxim Vengerov. Por su espíritu, y por la historia que hay detrás, es la composición idónea para cerrar un evento que estará dedicado a ese fenómeno explosivo: al diálogo entre culturas, al asombro que surge cuando se encuentran dos continentes.

*Periodista musical y escritor.

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