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Fuera de lugar: una jugada paradójica

A veces las infancias escapan de sí mismas y corren por la lluvia como en fuera de juego sin oír las sirenas de los árbitros. Luis García Montero.

El jugador Osvaldo Zubeldía fue uno de los primeros que hizo un fuera de lugar inducido.  / Archivo
El jugador Osvaldo Zubeldía fue uno de los primeros que hizo un fuera de lugar inducido. / Archivo

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Es difícil explicar con palabras en qué consiste un fuera de lugar si no se ha jugado fútbol reglamentario o si no se tiene la afición por este deporte azaroso. Es una regla extraña pero estética, porque los dos equipos elaboran las “artimañas” de la jugada: unos intentan no caer y los otros hacen hasta lo imposible para que el rival siempre esté en fuera de lugar. Extraña jugada que se concreta en una línea que no existe pero que se dibuja en la mente de jugadores, árbitros y espectadores. Cada quien habita la línea de múltiples maneras: los técnicos diseñan los partidos en defensa con la idea de mantener la línea y hacer caer a los contrincantes; los espectadores ven una línea en la que los jugadores de su equipo nunca están en fuera de lugar y los rivales no salen del fuera de juego. Los jueces de línea corren al ritmo de la línea, la demarcan con su bandera y el árbitro central confía en su mirada. La norma dice que se está en offside cuando un jugador recibe o va a recibir el balón por detrás del último jugador del equipo contrario y, sobre todo, si tiene incidencia directa en la jugada. Esta norma no tiene sentido cuando el saque se hace con la mano. (Jugada paradójica). Las transmisiones de los partidos de fútbol no les ayudan a los árbitros porque se repiten jugadas que muestran que ellos no interpretan correctamente esta norma. Nadie ha visto demarcada la línea, que no existe, pero lo mismo sucede con el viento, con la imaginación, con las brujas… la línea está implícita, un jugador la amplía, la recoge, la lidera, grita: ¡afuera! Unos hacen caso y otros no. Es una jugada compleja para explicar, difícil de aplicar in situ, pero, también, deja inferir que el fútbol es un deporte de lo imprevisto. Caer en fuera de lugar es muy fácil, lo difícil es comprender por qué se está en fuera de lugar porque ningún jugador lo acepta de buena gana. Su mirada es distinta a la del espectador y a la de los jueces. Los dadaístas, nadaístas y patafísicos se sintieron en fuera de juego existencial, pero ganaron, no oyeron las sirenas de los árbitros. Perdieron la línea imaginaria que divide la fantasía de la realidad, los dejaron en fuera de juego sus propios demonios, esos que delimitan y determinan las diferencias entre el afuera y el adentro. Siempre perdieron porque cayeron en la trampa del orsai o, tal vez, siempre ganaron porque su sino demarcó que estar en fuera de lugar era el espacio más humano para aprender que el fútbol se ha convertido en un mercado espectacular que deshumaniza. Estar en posición adelantada corroe el carácter.

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