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Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no sabe nada de fútbol. Eduardo Sacheri
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Hace un año sentí que me moría porque el mundo del fútbol se paralizó (exageración paisa), es decir, llegó una peste universal que no tenía parangón en la historia. Era imposible, para mí, pensar en el encierro sin fútbol, sin goles, sin gente en las gradas, sin banderas, sin escudos, sin balones, sin gritos, sin sueños, sin rituales, sin cábalas. Como el fútbol es un estado anímico, hallé que en dos países había fútbol y me consolé porque me hice hincha, infiltrado, de un equipo de Nicaragua, cuyo nombre no recuerdo, pero me gustó por el color de la camiseta. Dejé de leer textos literarios porque el encierro me quitó el apetito de la lectura. No había fútbol y no había literatura.
En la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) nos propusimos ofrecer el curso de Fútbol y Literatura para público externo, en medio de la pandemia. Se trata de un curso que diseñé y que dicto para estudiantes de pregrado desde hace seis años. Abrimos la primera cohorte con estudiantes de Bogotá, Pereira, Bucaramanga, Medellín, Cali y Barranquilla. Los griegos nos enseñaron la palabra kairós para definir aquello que se da en circunstancias justas, en el momento justo. Me encontré con seres humanos apasionados por la literatura y, “peor aún”, enamorados del fútbol, de ese que se juega en la sociología, en los rituales, en los chistes, en la anécdota, en la épica, en el drama y en la tragedia. Se terminó el curso y seguimos tejiendo historias, la conversación no acaba y nuestros abrazos se convierten en más historias para contar. Cada uno me acompañó en esta pandemia como nunca antes me había sentido (exageración paisa). Cómplices lectores, cómplices jugadores y cómplices seres humanos que transformaron esta angustiosa espera de la vacuna en una eterna alegría de saberlos por ahí. Este kairós fue el mejor pretexto para no morirme de soledad, para seguir conversando de las pasiones humanas y para que la próxima cohorte se haga ya realidad. Le debemos a la pandemia este feliz encuentro porque, sin pandemia, no los hubiera conocido, creo, jamás.
Cada uno, con sus afiliaciones y amores de sus equipos, dejó entrever que el fútbol es más que fútbol, es la recuperación de la conversación alrededor de una mesa invisible y una cerveza real. Se terminó el curso, sigue la pandemia y ya hay vacunación. Llega otra cohorte y el espíritu del encuentro es muy similar al de la primera: seres humanos apasionados por el fútbol que se juega en la calle, en el pantano, en la recocha semanal y, “peor aún”, lectores empedernidos que se encontraron, “de pura arepa”, yo digo Kairós, con un curso que alude a las relaciones posibles entre fútbol y literatura.
Bienvenidas estas compincherías humanas que arrojan, asombran y dejan textos escritos que se pueden transformar en publicaciones. Siento la compañía de estos estudiantes como la que me prodigan Gloria, mi esposa, y mis hijos, Santiago y Catalina, quienes han encontrado en kairós el mejor refugio para las amenas conversaciones sobre la soledad, el amor, la locura y la muerte. Gracias a esta columna se atenúan mis miedos, porque me he quedado con el rostro infantil de mis estudiantes de pregrado y de Formación Continua, a quienes agradezco su existencia en la mía.
