Germán Bula Escobar: «No podría vivir sin libertad»

Presentamos en esta nueva versión de Historias de vida, de Isabel López Giraldo, al abogado Germán Bula Escobar, docente en algunas de las más reconocidas universidades del país, expresidente del Consejo de Estado y exministro.

Germán Bula Escobar, quien en sus tiempos de estudiante fundó un sindicato y viajó a China para conocer el sistema comunista de ese país. Cortesía
Germán Bula Escobar, quien en sus tiempos de estudiante fundó un sindicato y viajó a China para conocer el sistema comunista de ese país. Cortesía

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El Oráculo de Delfos proponía: conócete a ti mismo. Creo que esa propuesta todavía sigue vigente. No es fácil saber quién es uno mismo, pero ante la pregunta, pienso que soy simple y llanamente un colombiano medio que tiene la fortuna de sentir conscientemente –sentipensante-, que tiene que mejorar todos los días, transformarse, aprender. Ese soy yo.

Lo quiero llevar al pasado para que me hable de sus orígenes.

Yo soy una mezcla de costeño con antioqueña. Empiezo por hablarte de mi madre, que es una paisa pura de Andes, Antioquia. Escobar Peláez Uribe Tobón son sus primeros cuatro apellidos. Nació en una familia de catorce hermanos. Es una mujer muy linda, una gran lectora, infatigable y que me inspira.

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Mi padre es de Sahagún, Córdoba, estudió Derecho en la Universidad de Antioquia y fue enviado a Andes como juez civil del circuito en compañía del doctor Gilberto Gärtner, caldense, que egresó con él de la misma universidad. Allá conocieron dos primas hermanas y se casaron. Mi padre como juez de Andes, desposó a mi madre y tuvieron a mi hermana mayor -que ahora es un poco menor que yo -. Luego nací yo y como a los cuatro meses de haber nacido, mi padre y mi madre decidieron establecerse en Sahagún, de manera que, entonces, no conocí Andes y me crié en la Costa.

Mi origen es totalmente provinciano y de un pueblo muy rico como Andes por su economía basada en el café, pero pueblo al fin y al cabo, me fui a uno bastante pobre, como era Sahagún en esos tiempos, 1954.

Mi madre nos contaba que una tía –que era inmensamente rica- se la llevó para su casa, y recuerda que allá se consumían productos franceses. Pasó luego a vivir a un pueblo como Sahagún que no tenía nada de desarrollo urbano, y no exagero con esto porque no había ni un centímetro de pavimento, ni acueducto, ni alcantarillado, no había luz eléctrica: era poco más que un caserío rural. Las costumbres alimenticias del pueblo de Andes eran avanzadas frente a las de Sahagún que eran muy rústicas. Todo esto hace que yo admire mucho a mi madre y que yo la vea como una niña valiente, porque tenía veintidós años cuando llegó allá -ya mi hija menor es mayor que ella- y me la imagino muy dulce y muy linda en un medio machista al que sobrevivió con inteligencia.

Mi padre se dedicó al ejercicio del Derecho, pero con el advenimiento del Frente Nacional a la caída de Rojas Pinilla, un gran liberal, Jaramillo Sánchez, que era el más importante antioqueño en el Partido Liberal y uno de los grandes a nivel nacional, se dio a la tarea de elaborar listas para las nuevas elecciones dado que había habido un receso en la democracia durante la época de Rojas, y había que reorganizar todo, e invitó a mi padre a ser parte de la lista para el Congreso. Y lo invitó porque él se había destacado en las luchas estudiantiles cuando estuvo en la Universidad de Antioquia. Entonces mi padre abandonó el Derecho en el que estaba haciendo buenos progresos con clientes llevando sucesiones y otros procesos, y se dedicó a la política desde el año 58 que estuvo en el Congreso como Representante a la Cámara y luego como Senador hasta 1986.

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Mi padre llegó a Bogotá en el año 58 con la democracia y nos contaba –a mí y a algunos amigos míos- que al llegar al Congreso decidió que primero iba a escuchar, no diría nada, solo escucharía mientras preparaba un debate contra Rojas Pinilla, porque en Córdoba hay una finca que es de los Rojas, que fue producto de un remate, fue el ingenio Berástegui, y Rojas fue el rematante, pero era el Presidente de la República cuando lo hizo. Había fundados cuentos sobre los muchos soldados que estaban allí; por lo mismo nadie se atrevió a rematar hasta que Rojas logró quedarse con eso. El debate fue muy lucido en el Congreso.

Además, en el año 59 lo postularon para segundo vicepresidente de la Cámara y había una mujer que optaba por el cargo –eran muy pocas mujeres en la política en esa época-. Entonces mi padre se levantó, pidió la palabra y dijo:

— Honorables colegas, yo quiero decirles a quienes me han postulado que agradezco su noble gesto, pero debo declinar en favor de la honorable representante fulana porque es necesario que las mujeres… etc.

Ese gesto de caballerosidad y desprendimiento democrático le valió que al año siguiente lo eligieran Presidente de la Cámara.

Después aspiró a la Presidencia del Senado y no la logró. Uno de los políticos más inteligentes que ha habido en el país, se llama Guillermo Plazas Alcid -que le da nombre al estadio de Neiva-, me dijo en una ocasión:

— Ese Germán –refiriéndose a mi padre- no va a ganar. Es que él cree que eso funciona como en el 60 cuando lo elegimos Presidente de la Cámara, y estas son otras épocas; y si no anda con un coctel de langostinos en el bolsillo, no lo logra.

Y tuvo razón. Pero mi padre, en todo caso, tuvo brillante desempeño como senador de la República; le tocó presidir el Senado, del cual era vicepresidente, durante los debates de Nacho Vives contra Fadul y Peñalosa –padre- en el Gobierno de Lleras; era un debate famosísimo y la gente oía las transmisiones por radio como escuchando el mundial de fútbol o la vuelta a España. Después fue codirector del Partido Liberal con Durán Dussán y Espinosa Valderrama; también ministro de agricultura; presidente de la Comisión del Diálogo Nacional como la llamó Belisario Betancur, que era la que ambientaba la paz del 84 con las FARC, y en esa época la paz avanzó muchísimo al punto que hubo un año de cese al fuego unilateral. Se frustró porque un general de la República las atacó diciendo que no importaba ese cese al fuego, que él tenía que obedecer la Constitución, y terminó tirándose ese proceso. Mi papá se reunió también con el ELN, con Bateman del M-19 en Panamá; hizo cosas por la paz.

En el año 86 no salió elegido, después de veintiocho años en el Congreso -entre Cámara y Senado-. Es que llegaron los recursos del narcotráfico a la política en Córdoba; y hoy en la familia agradecemos que lo hayan sacado de la política, sus contrincantes, con el apoyo de esos dineros.

Después mi papá aspiró a La Constituyente en el año 90; no salió; ya era un hombre bastante disminuido políticamente y no encajaba con las nuevas costumbres. Hoy en día él tiene senilidad vascular, algo parecido externamente al Alzheimer -se trata de escasa irrigación sanguínea cerebral por haber sufrido múltiples micro infartos en el tejido arterial cerebral-. Con la sangre que le circula habla lúcido pero poquito. El único tema que no le gusta es la política. Papá se va apagando, pero juega dominó, por ejemplo, y nos gana.

Mi mamá fue la esposa de un hombre poderoso, lo que le brindaba muchas facilidades de vida y pasó de ser eso a encargarse de todo lo que papá atendía y de él. Ese ejemplo que se repite en muchas familias constituye –entre muchas otras- una razón para mi admiración por las mujeres. Ella pasa de ser una esposa de senador de gran importancia a resolverle muchas cosas, pues la vida de mi papá ya no es autónoma sino heterónoma: depende de mi madre.

Si le parece, volvamos a su Historia de Vida. Quisiera me contara algún recuerdo de infancia en Sahagún.

Siendo niño, tuve la oportunidad de conocer a quien después convertirían en una Cándida Eréndira. Esta jovencita era una especie de “aya” de una muchacha del pueblo de la que yo estaba enamorado. Me daba información sobre su paradero y me ayudaba a encontrarla; me hacía “el cuarto” como decíamos entonces. Siendo ya un adolescente supe que un poderoso del pueblo, acolitado por terratenientes etc., la desfloró y enseguida la prostituyó. Y en unas vacaciones en que regresé ya como adolescente, un grupo de amigos y yo alcanzamos a ver, ya cuando estaba vendiendo su cuerpo, escenas iguales a la obra de García Márquez de largas filas de hombres que habrían de pagar unos pesos por poseerla en serie, en una casa de palma cercana a la corraleja. Esta escena dolorosa me llevó desde entonces a observar con cuidado y compromiso los temas de mujer; de género como ahora se nombran.

Retomando, te cuento que en el camino se tomó la decisión por parte de mis padres de instalar a la familia en Bogotá dado que ciertas circunstancias lo aconsejaban: creo que una fue mi mal desempeño escolar, que lo atribuyo a una paradoja, porque la tía “Toti” que era maestra -vive aún- a los tres años de edad me enseñó a leer; y la verdad es que la maestra era tan buena que me enseñó a hacerlo bastante bien. Voy al colegio acompañado por una empleada que trabajaba para mis abuelos, a quien preguntan para qué curso voy yo; ella no sabía y yo menos; no tenía ni idea, yo venía del kínder de las “niñas Uparela”. Me pusieron una cartilla para que leyera, lo hice y dijeron que iba para segundo , así que no hice primero de primaria y por supuesto eso era pedagógicamente inadecuado, pues fuera de saber leer no sabía nada más y era un pequeñín de seis años. Me fue muy mal, perdía casi todas las materias, sufría lo indecible y era tal el sufrimiento que un día me invitaron a jugar futbol a un par de cuadras del colegio, partidos de muchachos en plan de vagos, y eso me pareció más divertido. Así pasaron los días y nadie se daba cuenta de lo que estaba haciendo hasta que un primo me vio y me delató; entonces la situación se hizo insostenible porque como estudiante era un desastre que en todo sacaba entre 1 y 3, y cuando de pronto saqué un 5 en algo, hubo jolgorio. Ah, eso sí, me llevaban como un ejemplo a que les leyera a los de primero de bachillerato, pero nadie se daba cuenta de que yo no sabía sino leer. Estaba lanzado a lo que no podía, mala cosa, porque no se debe sufrir sino al contrario: lo que hay que tener es la alegría de aprender, como la cartilla de entonces “la alegría de leer”. Para mi madre, venida de Andes, un pueblo bastante próspero y exigente, ese fue el punto de quiebre. Me trajeron a Bogotá a que hiciera ese primero de primaria que me había saltado. Este fue mi inicial impacto educativo, el origen de mi experiencia en temas de educación. Fue muy duro ponerse al día de primero de primaria a mitad de año, como hacer una tesis, creo.

Como familia entramos en un modo distinto, era la capital, venían cosas muy diferentes, pero mantuvimos el arraigo porque mis hermanos y yo nos íbamos para la Costa, si se podía, el mismo día de terminación de clases y si no, al siguiente, no había lugar a demoras. Mi papá y mi mamá lo sabían, de manera que proveían para que fuéramos y aprovecháramos al máximo todas las vacaciones, lo que también les gustaba porque teníamos allá un entorno familiar que nos atendía y que disfrutábamos mucho, de manera que mantuvimos unos lazos muy estrechos con la tierra de crianza. Hace poco falleció mi tía “Berti” que me quería como al hijo que no tuvo, y yo a ella como a una segunda madre. En cambio en lo que hace a Andes Antioquia, vine a conocerlo realmente cuando estaba en el Ministerio de Educación y los Andinos muy amables me ofrecieron una condecoración; conocí mi pueblo natal del que ya tenía alguna idea por las narrativas de mi madre, desafortunadamente no lo he disfrutado aún porque en el par de ocasiones en que fui, la situación de orden público no era fácil e iba escoltado y muy rápido, de manera que esa es una tarea que tengo pendiente. Pero sé por mi madre cosas maravillosas de Andes, la tierra del indio Uribe, de “Argos” –uno de los mejores filólogos de nuestra historia-, y del fundador del nadaísmo Gonzalo Arango. He sostenido que el nadaísmo es la aportación más importante de Colombia a la literatura.

Ya en Bogotá, mi papá me matriculó en un colegio al que lo ligaban el sentimiento y las relaciones políticas. Él no tenía mucha idea porque era también un provinciano en Bogotá, había sido algo citadino en Medellín mientras estudiaba, pero lo cierto es que no dominaba la capital. La señora Ana de Castiblanco tenía un colegio, el Gimnasio Chapinero, en el que las fotos que adornaban la rectoría eran de Gaitán, López Pumarejo, Echandía… Ella era una militante de corazón liberal profundo y obviamente le ofreció a mi padre recibirme en el Gimnasio que además quedaba cerca de nuestra primera vivienda alquilada en la carrera 13 con calle 57… Tuve el mediano desempeño propio de la adaptación a la ciudad.

Supongo que mi madre -porque las mujeres son mucho más sabias en estos asuntos- pensó que yo podía tener una educación de más calidad y, aprovechando que nos habíamos mudado al barrio La Castellana, me llevó al colegio Calasanz que quedaba en la 100 con Autopista. Un colegio excelente y por supuesto que ahí anduve mejor, pero me llegó la época de la adolescencia y no me fue bien.

De esa experiencia como escolar adolescente y otras de personas cercanas que cambiaron de colegio con éxito, se derivó un artículo que me publicó El Tiempo en una ocasión. Sigo pensando en que ese es el hueco negro de la educación: en una reunión de ministros de educación en París pregunté cuánta investigación había sobre la educación en la adolescencia y relativamente hay muy poca; la mayor parte está dedicada al pre escolar y a la primaria, porque la adolescencia es una época especial, de cambios del ser humano; a mí me da la impresión de que hay una concepción lineal de la educación, vista como una escalera, que se rompe porque los cambios en esta etapa son grandes y experienciales: la búsqueda de identidad a través de la apariencia o la conducta, el descubrimiento de la sexualidad, la atracción por las niñas, los desengaños a causa de la más rápida maduración de ellas, los amores platónicos por las primas, los conflictos con el padre o la madre, o ambos, la insatisfacción con el propio cuerpo, y otros asuntos por el estilo. Y se pretende seguir con la escalera educativa como si nada.

En términos prácticos, en el Calasanz, fui campeón en tomar del pelo y por eso me botaron. Yo soy expulsado, porque mientras tomaba el pelo un sacerdote calasancio, escolapio -que es la orden de este colegio-, me ofreció darme un “tortazo” y por supuesto me asusté y reaccioné defensivamente: el miedo lleva a ser agresivo. Esa defensa verbal en alto tono no terminó bien.

Recuerdo una anécdota interesante, que viene mucho después pero que se conecta directamente: el Colegio Calasanz cumplió 50 años siendo yo ministro de Educación, fui invitado a la ceremonia y el rector era el mismo que me había expulsado en el año 68 –los rectores rotan porque son una comunidad con presencia internacional, pero coincidió en que había regresado el padre Fermín Abella-. Yo sentía que había tensión en algunas personas que sabían del incidente, cuando tomé la palabra:

— Lo primero que quiero decirle a la concurrencia, es que el padre Fermín me botó del Calasanz.

Hubo unas caras que se pueden imaginar, pero no extendí mucho el silencio incómodo e inmediatamente dije:

— Pero me botó muy bien botado, Padre. Usted tuvo toda la razón en haberlo hecho.

Descansó la gente, se sintió un suspiro de la respiración contenida y hasta algunas risas; eso fue maravilloso, el padre descansó también y todo fue muy amable, y muy alegre. Yo hice el reconocimiento de la justeza y de la justicia que acompañó el hecho de haberme expulsado, de cómo había llevado conmigo muchas cosas buenas del Calasanz y cómo con ese equipaje, con ese bagaje, había logrado reencausar con bastante éxito mi vida académica en el nuevo colegio que me acogió. Es una anécdota simpática que el ministro fuera el expulsado del colegio que cumplía los 50 años.

Queda uno en equilibrio y en paz cuando se reconcilia con situaciones y/o personas del pasado, independiente de que hubiera sido un niño cuando ocurrieron.

Tiene toda la razón Isabel, así fue, como una cuenta saldada, un circuito que estaba abierto y quedó cerrado.

¡Y de qué manera!

Sí, fue interesante.

Debidamente expulsado, en el año 68, mi padre se movió rápidamente y me consiguió cupo en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, colegio al que entré a cuarto de bachillerato.

En abril cumplí cincuenta años de haber sido expulsado del Calasanz y los celebré por una circunstancia fantástica. Encontré que los compañeros del colegio de ese entonces siguieron muy unidos y alguno de ellos me invitó a una reunión. Yo fui muy entusiasmado a ver personas con las que había estudiado y que no había visto en general hacía medio siglo; y fui invitado al chat de ellos. Ese día hubo mucha tomadura de pelo, como era de esperarse; algunos se acordaban exactamente de cómo había sido mi expulsión. Por supuesto que también se cuentan cincuenta años de conocer a los que después fueron mis compañeros de grado de bachillerato, ¡otro chat! Tuvo una gran importancia el clima que había en el Colegio del Rosario, que hizo que a mí se me acabaran las ganas de molestar porque cuando traté de hacerlo, siendo un jovenzuelo de catorce años, los compañeros me dijeron:

— ¿Usted quiere que también lo boten de este colegio?

Yo terminé becado y siendo uno de los mejores estudiantes del curso. La vida me cambió y por eso sostengo que hay ciertas inadecuaciones entre la escuela y la adolescencia que aparecen como si el problema fuera del estudiante. A mí lo que me adecuó finalmente fue el hecho conjunto de haber sido expulsado, algo muy importante, y el que me recordaran la expulsión los propios compañeros en el Rosario, en una actitud bastante madura de su parte.

En el Rosario hubo dos circunstancias particulares. Una es que ese colegio otorgaba título de Bachiller en Filosofía y Letras, lo que pudiera parecer una cosa formal; no era un invento de la modernidad, sino que era un título que venía de varios siglos atrás. Se puede ver con absoluta claridad en la manera como se maneja –por lo menos en el grupo que salió conmigo y eso a pesar de que la mayoría optó por las ingenierías- el tema cultural griego clásico, el latinoamericano, el español; poco de literatura anglosajona, pero en lo que hace a la tradición greco latina, era muy subrayada la formación y eso me parece que fue un asunto tremendamente importante para mí, un regalo espléndido. Yo venía del Calasanz de una importante formación sobre todo en literatura hispánica -lo que se entiende por la orden escolapia-, en el Rosario era un poco más amplio el tema, y todo eso fue consonante, es decir, sonaba al mismo tiempo con las enseñanzas de mi tía a la edad de tres años. Yo estaba en mi salsa en todo este periplo: en la actividad de leer.

Luego, por una coincidencia que agradezco al creador, llegó al Rosario un profesor de matemáticas que hizo que por primera vez me gustaran, a mí y a otros; enseñaba con el libro de un profesor japonés que falleció hace unos años, Yu Takeuchi, quien vino a Colombia por poco tiempo y se quedó desde mediados del siglo pasado. Bueno, ahí empecé a escoger entre la medicina y el derecho, a sabiendas de que tenía garantizado mi cupo en la Facultad de Derecho de la Universidad del Rosario.

¿Qué lo lleva a decidirse por Derecho?

A veces lo he pensado y cuando miro el mosaico del bachillerato y veo la foto de un niño que está ahí, imberbe, de dieciséis años, sé que no tuve muy claro por qué escogí Derecho. Hay una influencia familiar, no porque mi padre fuera abogado precisamente; al principio pensé en la medicina, por influencia de mi tío Rodrigo, ginecólogo, pero al final no me convenció, no soy bueno para el tema de la sangre. Me pasó como a Freud, sólo que él derivó en la psiquiatría y yo mejor atendí la otra voz que había en la familia que era la voz de lo público, no estrictamente del Derecho porque mi padre no ejercía la profesión durante mis años de adolescencia y pre adolescencia, sino que estaba en la política. Mi madre, como te conté, es una gran lectora, los temas de filosofía y literatura la apasionaron siempre, de manera que la cercanía con las materias humanísticas y sociales quizá influyó para que yo tomara esa decisión.

En 1970 hubo un incidente en la facultad de medicina de la Universidad del Rosario, con la encíclica Humanae Vitae y una obra de teatro crítica que dio en la expulsión de dos estudiantes y en la renuncia del decano Fergusson. Yo estaba en bachillerato y apoyaba la huelga de los estudiantes de la facultad, sin tener muy claro realmente el porqué; tenía una idea de los temas de los derechos y del Derecho y quizás eso fue lo que me llevó a estudiarlo.

Y ¿qué lo lleva a la Universidad del Rosario?

Una dulce presión de mi padre, en realidad. Yo pasé en la Universidad Nacional y en ese entonces eso era un logro mayúsculo, un asunto muy meritorio que producía enorme alegría y satisfacción personal; eso aumentaba la auto estima. Cuando apareció en la prensa la lista de tarjetas de identidad de los admitidos, como era en la época, yo vi mi número y esa noche hubo jolgorio ya que varios éramos bachilleres del Colegio Mayor del Rosario. Entonces mi padre me dijo:

— Piénselo, yo hablé con el doctor Rocha, el rector de la Universidad que está en plena transformación, viene una facultad de idiomas… etc.

Yo no solamente quería estudiar en La Nacional sino en la sede de Medellín, tenía el sueño de emancipación, pero finalmente me allané a las razones que me daba mi padre y creo que fue una decisión buena, correcta. Hoy no me arrepiento; estoy muy contento de haber hecho esa elección.

¿Cuál es ese sello que imprime en usted la Universidad?

La Universidad tiene la pretensión, desde Fray Cristóbal de Torres, de imprimir un sello que es muy conocido en las constituciones: congregación de personas mayores escogidas para sacar en ellas varones insignes ilustradores de la República con sus grandes letras y con los puestos que merecerán con ellas, etc. Pero la verdad es que las universidades son seres vivos y como lo dice el propio escudo de la Universidad, son Nova et Vetera. Hay un Vetera allí que tiende a ser de principios, de valores, de un republicanismo deseable, pero hay un Nova también que va haciendo de la Universidad cosa distinta a medida que pasan los tiempos. La Universidad por la que yo pasé entre 1971 y 1975 es a la que puedo referirme.

La Universidad de esa época vivió huelgas estudiantiles -la reforma de los Estatutos se hizo en medio de debates tremendamente interesantes-, y votaciones que cambiaron instituciones como la Colegiatura, y la cambiaron para bien.

Ese es el sello que me deja la Universidad, el Vetera está ahí siempre, a veces se puede diluir un poquito porque no es fácil mantener ese espíritu muy austero y republicano en la modernidad y en la post modernidad. Uno no puede comparar un estudiante de hace 365 años con uno de hoy. En todo caso la Universidad que a mí me tocó, me dejó ese sello.

¿Y cuál es el sello que usted imprime en lo que hace?

Yo tengo una formación y una vocación que pone en primer lugar la libertad y la democracia. Siento que no podría vivir sin libertad. Tengo un segundo sello, esto no es nada original, que es el de la igualdad en el tema social. En ese sentido podría decirse que, grosso modo, siempre fui, con algunas variantes, un social demócrata o un demócrata social, aquí el orden los factores no es tan importante. Esa es la base de la que yo parto, en el abordaje de los temas públicos.

Sellos específicos tienen que ver con el enfoque de sistemas. Yo trato de ser sistémico cuando abordo cualquier problema, me gusta ver las múltiples relaciones, las totalidades y no privilegiar solamente una parte; me gusta ver cómo funcionan los sistemas como una especie de pasión lateral a los temas que normalmente ocupan mi vida, que son hoy, el Derecho, la justicia, la ética, la educación, el control y los temas de economía y administración. Ese es mi mundo. En todos esos temas intento que prevalezcan los enfoques sistémicos, podría hablar de la teoría general de sistemas aunque mi pasión específica es el estudio de la cibernética y especialmente la de las organizaciones; es algo que hago en paralelo. Luego trato de hacer trenzados con eso.

Cuando menciona igualdad, ¿hace referencia a la equidad?

Me refiero en primer lugar a la igualdad en el sentido budista, en que todos los seres humanos somos iguales; no me refiero a la igualdad económica o social, la cual es derivada obligada de la primera y una necesidad imperiosa impuesta por las distintas formas de organización económica conocidas por la humanidad. El Dalai Lama dice que los seres humanos no somos sino bolsas de carne y huesos que luchamos por ser felices. Esa igualdad básica, es la que fundamenta mi formación democrática y naturalmente en ella se basa lo que hoy se conoce como el enfoque de capacidades, necesaria para usar las libertades.

Cuénteme sus vivencias como estudiante universitario.

Me eligieron al consejo estudiantil, después al consejo superior, y dirigí huelgas y el proyecto de reforma a las Constituciones de la Universidad; afortunadamente perdió la propuesta nuestra que era extrema y populista. Había tres propuestas, la de la izquierda en la que yo estaba, la del centro y la de la derecha que era la conservadora y tradicional. A mí me pasaba en ese momento lo que dicen los maestros budistas: uno debe entender que los seres humanos están convencidos de su verdad en un momento determinado. Y yo clara y decididamente lo estaba por la influencia de los movimientos argentinos de la Universidad de Córdoba, de que podían los estudiantes cogobernar las universidades de una manera más o menos rústica y esa propuesta perdió, y perdió también la del grupo de derecha. Tuvimos un compañero que planteaba que volviéramos a depender de España, le escribía cartas al Rey y demás. En fin, la propuesta de centro resultó ser Virtus in Medio, aristotélicamente sabia, y ganó: lo que hizo fue quitarle algunos elementos anacrónicos a unas constituciones que nosotros criticábamos con acerbía, como si hubiéramos descubierto cosas importantísimas. Ahora pienso que eran apenas obvias y adecuadas a los tiempos del fundador Fray Cristóbal de Torres.

En esa universidad hice otra pilatuna: fundé el sindicato de trabajadores, fui su primer Presidente y negocié la primera convención colectiva de trabajo.

¡Me cuesta creerlo! Cuénteme en detalle.

¡Así fue! Sencillamente un día un profesor de ciencia política, un hombre muy importante en esa materia, Alirio Gómez Lobo, escogió unos monitores y yo fui uno de ellos, en sus primeros cursos. Algún día estaba por el patio y salió una señorita de la rectoría, en esa época era todo muy simple, y me dijo:

— Germán, aquí está su cheque.

Y me entregó un cheque que creo que era de seiscientos pesos. Y yo:

— ¿Cheque de qué?

Yo cogí la hojita que era escrita a máquina con papel carbón y decía en alguna parte: aportes a la seguridad social -a propósito, nunca aparecieron en el desorden de Colpensiones-. Entonces me dije:

— Ah! entonces yo soy trabajador de la Universidad.

Y no se necesitaba ser genio para saber que si era trabajador tenía derecho a fundar un sindicato y así lo hice. Busqué a los otros trabajadores y ahí lo organizamos. Había que notificarle al doctor Carlos Holguín, porque en esa época no se fundaban sindicatos sin el permiso del Estado que daba la licencia mediante un acto administrativo, lo reconocía y le daba personería jurídica. Había un fuero de protección sindical y era que desde su fundación se daban dos meses para adelantar los trámites ante el ministerio -lo que hoy no existe-. En esa época era importantísimo notificarle al patrono, pero decirle al doctor Carlos Holguín que le habíamos hecho sindicato me hizo sentir amilanado y dije a mis compañeros:

— Yo he hecho todo lo que había que hacer hasta ahora, pero en esto me tienen que ayudar.

— Usted es el presidente, el que se inventó toda esta cosa. ¡Hágalo!

Pero un compañero, Mauricio Holguín, sobrino del rector me dice:

— Yo lo acompaño a darle la notificación a mi tío.

Fuimos los dos. Cuatro de la tarde: tocamos la puerta del rector -en ese entonces no había que hacer antesalas-, abrió, nos saludó:

— Jóvenes a la orden.

Este era un momento de verdad, para saber hasta dónde llegaba nuestro valor. Mi amigo Mauricio cogió la hoja de la notificación firmada por mí y le dijo:

— Tío, le hicimos sindicato.

Eso fue todo, solo necesitó cuatro palabras mientras yo seguía buscando valor. El rector dijo:

— ¡Magnífico, excelente!

Nosotros veíamos que él decía magnífico pero no sabíamos qué estaba pensando; seguramente era menos “magnífico y excelente” de lo que nos estaba diciendo, pero así lo notificamos.

Alguien preguntó si habíamos tomado precauciones para proteger el sindicato, porque decían que yo era muy liberal en los métodos y que lo iban a destruir. Entonces planteamos:

— Si esta universidad enseña Derecho, tiene que respetarlo. Hay un derecho a asociarse sindicalmente. ¡No vayan a negar lo que enseñan!

Yo hoy no sé cómo juzgar eso, pero creo que ayudé a que hubiera una política de relaciones industriales cualitativamente más alta en la Universidad. Ese fue un sindicato que no acabó con la Universidad.

¿Cuál fue su motivación para hacer un sindicato?

Ahí me tengo que devolver porque durante los años de la Universidad yo fui militante revolucionario, entonces era una tarea normal hacer sindicatos. Ni siquiera era el movimiento estudiantil lo principal, yo participaba de las luchas populares, sindicales, campesinas, en distintos lugares del país, de manera que ésta era una tarea más que se me presentaba ahí, a boca de jarro. Era un desiderátum normal por lo que era mi vida en ese momento.

¿Cuál era ese motor que lo hacía ser un activista?

Cuando entré a la Universidad participé de los consejos estudiantiles como te contaba, pero estando allí un día pasó por el corredor vendiendo periódicos un hombre con expresión muy dulce, de luenga barba y ya con algunas canas; yo le compré uno y entablé conversación con él, que vive aún exiliado en Estocolmo, es mayor que yo probablemente unos diez o quince años y tiene ahora problemas con el Alzheimer. A mí me gustó lo que leí, fue mi primer contacto con el mundo externo de movimientos revolucionarios y finalmente desarrollé con esta persona una amistad que perdura hasta hoy, y con él fundamos un movimiento revolucionario.

Lo que más me interesó al principio fue cuando cayó en mis manos un libro que es muy famoso en la literatura marxista: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Ese libro, escrito por Marx y Engels, trae una parte sobre el tema de la mujer y fue lo que más me impactó, la denuncia de la opresión sobre la mujer. Eso me marcó para toda la vida. Digamos que yo venía de la realidad semi-feudal de un pueblo con fuerte acento rural, y todas las dolamas de ese entorno se veían reivindicadas por este par de autores. Ese fue el gancho.

El movimiento al que ingresé era Marxista-Leninista, no socialista en abstracto, y en particular seguidor del padre Camilo Torres en Colombia a quien no conocí. Pero mi mentor político difundió sus ideas. Hice ese paso por la militancia revolucionaria muy comprometida, y en ese tiempo tuve muchos problemas con los “concretos”, porque casi siempre lo “concreto” no lo era tanto sino que era reduccionista. Hay una frase de Marx que me fascina, que es muy sistémica y que los socialistas parecían desestimar:

— Lo concreto es concreto en cuanto es la síntesis de múltiples determinaciones.

De esa época, de la que habría muchísimo de que hablar, podría decir dos cosas: una, que a la edad de veintitrés años yo estaba en China con una delegación de ese movimiento; éramos cinco invitados por el Partido Comunista de China para conversar sobre nuestra opinión sobre la revolución colombiana. Íbamos porque teníamos un punto de vista distinto al de los Maoístas colombianos que tenían relación con China. Nosotros éramos enemigos de la guerra y eso marcaba una diferencia radical con otros sectores. Fuimos a sustentar las tesis de por qué no era correcta la lucha armada en Colombia, por qué estábamos en contra de la guerrilla y por qué teníamos unos puntos de vista diferenciados, y digamos especiales. No era un movimiento muy grande pero sí muy activo.

La tarea del sindicato de la Universidad era una más, que combinaba con el estudio. A mí me iba bien académicamente y de hecho hay quien dice que me iban a nombrar colegial, ese es un cuento del que no estoy seguro. Un colegial me invitó un día a tomarme unos whiskies para sacarme si yo aceptaría la Colegiatura, pero él se emborrachó primero que yo. Le pregunté:

— ¿Cuál es el tema?

— Es que te quieren elegir colegial pero dicen que tú vas a romper los papeles de la elección y vas a hacer agitación con lo que vas a decir.

— Yo no voy a romper nada pero no me parece correcto que me nombren porque sería un poco extraño haber luchado en esas huelgas que hice por la reforma de las constituciones, y luego ser nombrado Colegial. Me sentiría un poco incómodo.

No sé si es verdad o no, pero en el corazón tengo que quizá, si eso fue verdad, pude haber sido Colegial. Ahora mi esposa me dice:

— ¡Debiste haber sido Colegial!

Fui el abogado, con licencia provisional, del lanzamiento de la película de Sergio Cabrera, La estrategia del caracol. La Casona de la Concordia que dio origen a éste filme, está a tres cuadras de la Universidad. Y es que no podía ser todo: dirigente estudiantil, fundador del sindicato, abogado popular y Colegial. Así fue la vida y aquí estoy donde estoy, con un gran cariño por la Universidad. Creo que la gente del Rosario mira con consideración mínima que lo que hice no fue por maldad sino que eran circunstancias del momento.

Sobre el lanzamiento de La casona escribí un cuento en cien palabras en el que habla Fernandito Osorio, el niño mártir, en primera persona: “Enterrado a hurtadillas para evitar sepelio público con disturbios obreros y populares porque yo había muerto en la Casona de La Concordia; mamá corría tras el ataúd cuando “El Bogotano” con teleobjetivo fotografió los policías, todos corriendo, “rápido, entiérrenlo, hay que salir de esto”, orden del Alcalde; y desde el cielo contemplé conmovido a los compañeros soñar con una necropsia dramática del médico Fergusson, pero dijo verdad: mis pulmones infantiles enfermos de frío y hambre de trabajo callejero no resistieron los empujones policiales del lanzamiento, “crimen patológico-social”; consignas y grafitis gritaban indignados, adoloridos, “Fernandito Osorio, mártir popular, presente! Presente!””

¿Y qué sigue en su vida?

Ya graduado en los primeros años fui funcionario público, me imagino que bastante regular porque en el fondo era una doble vida, un estado intelectual ideológicamente contradictorio, y en mis horas libres combatía, pegué afiches y tuve cárcel…

¿De qué me está hablando?

De que me metieron a la cárcel por estar pegando unos afiches revolucionarios. Hoy al agente de policía uno le puede decir que si le tiene el tarrito de engrudo o almidón mientras los va pegando, pero en esa época era distinto. Fuimos a dar a la cárcel unos pocos días.

¡Días!

Como no estábamos en la lucha armada, obviamente no éramos vistos como un peligro especial, supongo yo. No sé qué dirán los archivos -que he pedido a ex generales amigos porque quisiera conocerlos-; quiero los archivos de esa época, pero el General Naranjo me dijo: entiendo que se quemó una parte y que se botó otra porque se consideró que no valía la pena conservarlos; pero me gustaría saber qué decían de mí, seguramente:

— Joven díscolo que pega afiches, hace arengas y publica el periódico “Jornada Camilista”.

¿Qué sintieron sus papás?

Primero, a nosotros nos cogieron en un Renault 4 de mi mamá.

¡De su mamá!

Íbamos seis y estábamos pegando afiches en una noche lluviosa y cuando nos llevan a la Estación de Policía de la calle 6 con carrera 15, la más grande de Bogotá, a mí me dicen que lleve el carro y lo deje en el parqueadero que queda como a dos cuadras. Fui solo y me dicen:

— A la orden.

— Vengo a dejar el carro porque estoy preso.

— ¡Déjelo ahí! -Dijeron con cara de absoluta extrañeza-.

Dejé el carro y mientras caminaba hacia la Estación compré cigarrillos que fueron claves.

¿Fumaba?

Sí. Además, ir a la cárcel sin cigarrillos era impensable. Lo poquito que tenía de dinero lo gasté en cigarrillos. Llego a la Estación, la cárcel en la que ya estaban mis cinco compañeros, y me dicen:

— A la orden.

— Es que estoy preso.

— ¿Cómo así que está preso?

— Sí. A mí me dijeron que llevara el carro al parqueadero y…

Entre otras cosas esa anécdota la usó un Consejero de Estado cuando le preguntaron cómo era yo y él contó eso:

— Ese señor que se pudo haber ido, se presentó a decir que iba a dejar el carro en el parqueadero de la policía, y luego fue a la cárcel a decir que estaba preso ahí.

Entiendo que saber de esa conducta, a varias personas de esa época en que me eligieron los impactó mucho. Entré a la cárcel mis paquetes de cigarrillos que nos sirvieron bastante porque negociamos con ellos y ganamos un cierto espacio. Pude poner una nota para mi padre en la que le dije en lenguaje jurídico ingenuo:

— No estoy detenido sino retenido.

Era como una protesta. Él se rio mucho de la nota.

De ahí nos llevaron al DAS que quedaba en la calle 12 con carrera 3. Ahí nos sentimos presos políticos de verdad porque eran unas celdas y no un patio abigarrado. Nos llevaban almuerzo los compañeros de la Universidad, una novia que yo tenía y mi papá, cada uno de ellos llevaba seis, entonces teníamos otra forma de ganar amigos dentro porque los compartíamos.

La anécdota es que mi novia en ese momento llamó a mi casa paterna porque no sabía dónde estaba yo. Cuando ella demanda:

— Por favor ¿está Germán Bula?

Mi papá –quien también se llama Germán y era Senador de la República- le dice:

— ¿Cuál? ¿El senador o el libertador? (risas)

Así que creo que él disfrutó mucho con esa encarcelada porque a él lo quería mucho la gente, lo respetaban y por lo mismo pienso que lo llamaron a decirle que tenían a su hijo preso y no sé por qué tengo la sensación de que los cinco días fueron gracias a él. Seguramente le ofrecieron ayuda, como se estilaba en esa época, y él debió decir en tono muy republicano:

— No, déjenlo que esté ahí y sáquenlo cuando tenga que salir.

Pero eso sí: mandaba los almuerzos. Eso era importante.

Mi madre hasta donde tengo el recuerdo, disfrutaba y sufría, porque ella es muy demócrata igual que mi papá. Lo que tengo de demócrata es heredado, aprendido en casa. Yo creo que es justamente eso lo que hace del enfoque de género algo tan importante, las mujeres tienen una actitud integral en esos casos –sentipensante!- bastante más elevada en todos los sentidos que la de los hombres.

Papá era un senador, un señor político pero con hijo revolucionario.

Alguna vez nos prohibieron ir a una manifestación del primero de mayo con mi hermana que es un poco menor y que militaba conmigo. Nos volamos por la ventana de la casa desde un segundo piso porque no podíamos dejar de ir.

En alguna ocasión, estando en el colegio Calasanz, muy joven, trataron de reclutar personas para el seminario y a mis padres no les gustó la idea. Era tan hermosa a esa edad la idea de las posibilidades espirituales que a muchos nos tocó el alma, pero yo creo que de cincuenta alumnos salió acaso un sacerdote, poco a poco se fue desvaneciendo el entusiasmo porque mis padres no estaban tan interesados en ese tema a pesar de ser mi mamá practicante y mi papá más bien corriente en esas materias. Pero en relación con estos temas de la revolución, estaban siempre atentos. Era importante saber y lo decíamos con un gran orgullo, cómo éramos enemigos de la guerra y de la táctica de la lucha armada. Consignamos nuestras tesis en un artículo “Agitación, propaganda y movilización, las tareas de los revolucionarios en el momento actual”. Teníamos todo un discurso elaborado que hacía que entre otras cosas en los sectores afectos a la lucha armada no fuésemos muy queridos, porque éramos como una astilla del mismo palo, es decir, era una crítica desde dentro de la propia izquierda.

¿Qué ocurre una vez regresa de China?

Pues yo vine con algunos cuestionamientos porque nosotros leíamos sobre ese país escritos que eran idealizadores de su revolución. Estar allá le muestra a uno cosas un poco diferentes, no totalmente, pero le dan el cabito del hilo de la madeja para ir elaborando algunas otras cosas; entonces al volver tuve una especie de crisis ideológica que planteé en una carta para retirarme del movimiento, que debió perderse, que era sencillamente que para mí lo principal era la democracia y lo social, las mismas inquietudes con las que había arrancado.

En esa época se dio algo duro: después de haber pensado probablemente durante una década con las herramientas del materialismo histórico y científico -que decía para sí mismo ese discurso ser EL discurso de la ciencia, todo lo analizábamos a través de eso-, de repente quedo en una especie de vacío y eso no era fácil.

Se quedó sin piso.

Exactamente, pero la suerte trajo una Diosidencia que hizo que me topara por azar con un programa de televisión. Un programa de la BBC de Londres, que se llama quizá El caso Dreyfus, narra un episodio muy famoso de la historia de Francia cuando se condena a un militar judío por cuenta del antisemitismo, y luego se revoca cuando se demuestra que todo el proceso es un montaje anti semita contra Dreyfus. Quien lo destapa es Emile Zolá que ni es judío ni es antisemita, es un gran periodista que está un poco al retiro. Hay una escena ahí que es maravillosa de una joven promesa del periodismo francés al que Zolá le concede una entrevista y el periodista le dice:

— Entonces señor Zolá, usted se ha vuelto a molestar –ya cuando estaba medio retirado- en este caso Dreyfus porque condenaron a un inocente.

Y Zolá se le queda mirando con un cierto desconsuelo y le dice:

— No. Usted no ha entendido nada.

El joven periodista desconsolado le pregunta:

— ¿Cómo que no he entendido nada?

— No. Inocentes se condenan todos los días, se han condenado siempre en la historia y se condenarán porque la justicia es falible.

— Entonces señor Zolá ¿cuál es la razón?

— La razón es que detesto el uso del poder del Estado para explotar las bajas pasiones de la gente y eso fue lo que hizo el Estado, soliviantar a la gente contra Dreyfus aprovechándose de la ignorancia, de las emocionalidades primarias, etc.; detesto el fanatismo desatado desde el Estado.

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