Germán Espinosa: la verdad sea dicha

El niño se llamaba Germán Espinosa. Había nacido el 30 de abril, diez años atrás, en el Hospital de Manga, Cartagena. Con el tiempo, diría que su primer recuerdo era el de una enfermera que lo cuidaba ahí mismo, en el mismo hospital, pero un año más tarde, y que entornaba los ojos para ver su reacción.

Germán Espinosa, autor de "La tejedora de coronas", entre otras obras inmortales. / Archivo personal
Germán Espinosa, autor de «La tejedora de coronas», entre otras obras inmortales. / Archivo personal

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Gritos, ruidos de pasos que corren, cascos de caballos que golpean el pavimento, más gritos, insultos, la voz de un hombre que repite una y otra vez “A quemar el periódico, a quemar El Fígaro”, una radio que vomita noticias desde Bogotá, “Han asesinado al caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán”, una manada de perros que corretea a la muchedumbre, que se multiplica por dos, por tres, por cuatro, y él, un niño que está por cumplir 10 años, que se asoma por la ventana y ve correr al hombre de las órdenes, Ramón León B, y que después sube a la azotea de la casa donde acaba de almorzar y ve más gente correr por la calle del Cuartel y empieza a observar las llamas que salen de atrás de la calle Don Sancho, y escucha a alguien decir “Han quemado El Fígaro, van a incendiar toda la ciudad”. 

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El niño se llamaba Germán Espinosa. Había nacido el 30 de abril, diez años atrás, en el Hospital de Manga, Cartagena. Con el tiempo, diría que su primer recuerdo era el de una enfermera que lo cuidaba ahí mismo, en el mismo hospital, pero un año más tarde, y que entornaba los ojos para ver su reacción. Con el tiempo diría, también, que antes de cumplir tres años lo había perseguido un fantasma muy típico, con sábana blanca, y que él se había quedado estático, inmovilizado, una piedra. El niño creció rodeado de fantasmas, de historias sobre fantasmas, de libros secretos que debía leer a hurtadillas, de personajes que relataban sucesos sobre el más allá, de tías y amigas de tías que veían el aura de la gente, de señores como Ramón León B, que hablaban con su padre, don Lázaro Espinosa, sobre asuntos importantes, y de locos que inventaban cuentos y metían miedo. (Lea más: Germán Espinosa: el genio y el padre)

Cuando nació, supo muchos años más tarde, el director de la clínica era un señor alemán de apellido Neumüller, que había llegado a Cartagena en la década de los 30. “Soy médico”, dicen que dijo y le creyeron. En el 39, cuando la Alemania de los Nazis había invadido Austria y Polonia, y empezaba a sembrar el terror en Europa, surgió el rumor de que El Caribe estaba repleto de submarinos nazis, y que había alemanes en las costas que organizaban el suministro de sus tripulantes. Los grupos de inteligencia colombianos investigaron. Sospecharon de varios alemanes, entre ellos, del doctor Neumüller, quien se había aliado con varios ganaderos colombianos. Luego afirmaron que Neumüller era el director de los destacamentos de aprovisionamiento de los submarinos alemanes. Lo deportaron y declararon Persona no grata.

Espinosa contaría esa historia una y otra vez, y sonreiría, como diciendo ese fue el comienzo de una vida distinta, tocada por tantos y tantos locos, venturas, desventuras y leyendas, que se iniciaban con sus ancestros. Uno de sus antepasados, Diego Espinosa de los Monteros, fue el único oficial de la Imprenta Patriótica donde se imprimió la carta de los Derechos Humanos, y compartió cárceles y persecuciones con Antonio Nariño. Otro, José Ignacio de Pombo, trabajó con José Celestino Mutis en la expedición Botánica. Era uno de los hombres más cultos de América, dijo alguna vez Humboldt. Uno más, Lino de Pombo, fue el padre de Rafael Pombo, y otro, Ambrosio Franco, fue presidente del Banco Unión, uno de los primeros de Cartagena. Acabó preso por su sentido de la dignidad y el orgullo, y fue liberado por el presidente Rafael Reyes. (Lea más acá: Germán Espinosa: de reflejos y tejidos literarios).

“Hombre orgulloso, o más bien, lleno de soberbia, al saber que algunos de los accionistas se habían alzado con ciertos dineros, asumió la responsabilidad y debió purgar con cárcel el delito de otros”, escribió Espinosa en La verdad sea dicha (Taurus, 2003). Allí mismo contó que don Ambrosio detestaba a los negros, las canciones de moda, las faldas cortas, el pregón de los vendedores y todo aquello que oliera a modernidad. Era un conservador de muy vieja guardia. Un hombre de Dios, patria, familia y tradición, y de férreos valores que tuvo que ver desmoronarse con el paso de los años y la irrupción de la radio y los periódicos. “En las mañanas, si don Ambrosio llegaba a ser despertado por algún pregón de la calle, salía al balcón y bombardeaba a pedradas al pregonero. Para el caso, guardaba una buena provisión de piedras”.

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Murmullos, sonrisas como cortadas con cincel, rostros que se voltean para ver a la nada, un par de muchachos que se pasean con camisas de flores y el pelo largo ante el no puede ser de quienes los ven, decenas de mesas con bordes de acero y sillas a su alrededor, gente que habla, gente que calla, gente que da la espalda, gente que recuerda a León de Greiff y a García Márquez, gente que quiere hacer algo con su vida y que va cada tarde al Automático para ver si allá encuentra su futuro, y un hombre de 27 años que cruza por el centro, muy vestido de corbata, muy atildado, con la cabeza erguida y las manos muy limpias, cargando algunos libros, entre ellos, su primera publicación, “La noche de la trapa”. Más murmullos, gestos de desdén, tufo a fracaso, a derrota, olor a envidia, a rencor, y el hombre que se sienta ante una mesa, pide un tinto y observa con altivez.

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El hombre era Germán Espinosa. Meses atrás, en una exposición de arte, había conocido a Josefina Torres. Se miraron, como en una canción, se prendaron el uno del otro, y poco tiempo después se casaron en la iglesia de Las Nieves y se fueron a vivir a un diminuto apartamento en la 9ª con 19. El libro, su libro, La noche de la Trapa, había sido publicado casi al mismo tiempo. Era un compendio de relatos, entre fantásticos y psicológicos, que causó furor entre algunos críticos, y provocó mezquinas reacciones entre algunos escritores. “Sin que lo supiera yo –escribiría en La verdad sea dicha–, sino a la vuelta de algunos años, La noche de la Trapa fue causante de inquinas viscerales tanto entre gente madura –un tanto frustrada en su deseo de escribir–, como de jovencitos que apenas balbuceaban sus primeros textos y pensaron, dada la publicidad recibida por el libro, que se imponía cerrar el camino al autor e impedir que siguiese ascendiendo en labios de la crítica”. (Lea más acá: Germán Espinosa: extractos de un libro póstumo).

Como en una película de espías y de tratos subterráneos, algunos de aquellos escritores se reunieron con algunos de sus amigos periodistas para hacer un sagrado pacto de silencio alrededor de Espinosa y su posible obra, e inventar, por ejemplo, que era un capo de las pandillas que asaltaban apartamentos en la noche, o un espía comunista. Él comprendió que su única posible venganza eran su obra y el amor. Escribió, leyó, y siguió escribiendo y fue respondiendo a los ataques y a las calumnias con su obra y con uno que otro poema, como “Fantasmas inclementes del frío y la calumnia / vinieron a situárseme en el lomo / –bichos espeluznantes, membranosos engendros / que me hincaron las uñas en la noche. / Helos. / Allí están. / Han muerto con la aurora. / La luz solar les succionó la sangre / y ahora yacen, igual que vejigas vacías. / Helos, yertos, en la clara mañana”.

Él vivía otras claras mañanas, al lado de su esposa, con su hijo Adrián, que acababa de nacer, y con sus letras y sus palabras y con sus libros. Su dolor lo llevó a escribir más, a conocer más sobre la condición humana, y a juntarse con personas dignas, grandes, como León de Greiff, a quien visitaba en su casona del barrio Santa Fe, un reguero de papeles y libros hasta en el congelador, o a quien invitaba a su apartamento de la carrera 9ª. Con De Greiff conversaba, discutía, y en ocasiones, se insultaba, pero ante todo, con De Greiff aprendía. Sabía que con él no llegarían las puñaladas traicioneras, pues De Greiff podía ser huraño, loco, desordenado, obsesivo y hasta agresivo, pero jamás desleal. Un día le dijo que estaba por llegar Sabato. “¿Cuál Sabato?”. “El gran novelista argentino”, respondió Espinosa. “No será tan grandioso si no lo he conocido”, reviró De Greiff. Dos días más tarde, le comentó que había almorzado con un escritor argentino llamado Ernesto Sabato. “Maravilloso”, dijo, “Seguro usted ni lo habrá oído mencionar”.

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Las teclas de una máquina de escribir no dejan de hacer ruido. Tac tac tac. El papel en el que rebotan las letras que las teclas impulsan siempre está torcido, pero aún así, las letras surgen, como mágicas, y la magia se hace frases, y la frase, párrafo, y el párrafo es parte de una novela que no tiene puntos porque es muy larga, o va a hacer muy larga, dice su autor, «Y ninguna editorial me la publicaría con más de mil páginas». Las teclas de la máquina de escribir rememoran las imágenes del hombre en la luna. A Armstrong y sus pasos muy lentos y muy grandes, muy históricos, también. De ese hombre en la luna surge la idea de que en Cartagena aperezca un gran invento, una inventora. La inventora es La tejedora de oronas, y va al ritmo de las teclas y baila en la cabeza del hombre que la crea, que es un hombre y solo un hombre cuyo nombre es Germán Espinosa. 

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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