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No fue un domingo como cualquier otro domingo el de ayer en Guadalajara. Por una vez se suspendieron sin orden de nadie el fútbol de las Chivas, las apuestas y las noticias del narcotráfico (no las opiniones, vertidas profusamente por Vargas Llosa), que en los últimos días se centraban en los lentos avances de las investigaciones sobre los 26 cadáveres que La Policía encontró en una camioneta la semana pasada sobre la avenida Lázaro Cárdenas. Por una vez, la palabra, la sencilla palabra, dicha, gritada, reída, o incluso callada, derrumbó las urgencias, y miles de lectores se levantaron muy temprano para conseguir una silla vacía en el auditorio principal de la Feria del Libro.
Hasta allí arribaron en punto del mediodía Herta Mûller y Mario Vargas Llosa. Ella, vestida de negro con un pequeño adorno rojo que le bajaba por su largo cuello blanco. Él, de traje azul oscuro y corbata de tonos celestes. Tenían una cita para conversar sobre la palabra, y a punta de palabras fueron creando un ambiente de aplausos y sonrisas que por momentos rozó el éxtasis, o el dolor, porque ella dijo en su limpio alemán que “uno escribe para escapar del dolor”, y relató que sólo de esa forma, escribiendo La piel del zorro, por ejemplo, una historia que más que una historia era su ajuste de cuentas con el régimen de Ceausescu, había logrado huir de sus padecimientos.
Vargas Llosa, entonces, tomó la palabra y le recordó al auditorio que había aprendido a a leer a los cinco años, y que eso fue lo más importante que le pasó en la vida, pues leer fue sumergirse en otros mundos, en tiempos distintos, y conversar con personajes en otros lenguajes y en medio de distintas culturas. Salgari, Julio Verne, Alejandro Dumas. “La literatura es imprescindible para la vida, por eso hay tantas personas, y tantos jóvenes acá”, dijo, para luego detenerse en uno de sus momentos más críticos: cuando llegó a los 11 años y sus padres volvieron a vivir juntos después de una larga separación. “Mi padre era un ser muy autoritario, y mi relación con él fue muy compleja, pues por un lado no lo conocía, y por otro, le temía”. La mejor forma que halló para escapar del miedo fue la lectura, y más tarde, la escritura. Descubrió el miedo y la soledad en la vida real, en la realidad, y el miedo y la soledad de los libros, que lo llevaban a una especie de refugio. “Cuando estaba entre las letras adquiría libertad, dignidad, pero cuando salía de sus mundos, la vida se transformaba en pánico e infelicidad”. A su lado, Herta Mûller asentía. A dos metros, un par de señoras se prestaban sus audífonos para comprender mejor. En la puerta de ingreso, un guardia repetía que no había espacio, pero las palabras se colaban. Salían, volvían, circulaban y herían.