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Una ciudad nueva, un escritorio de una habitación de hotel, un mapa y una pequeña lista de lugares a visitar. ¿A dónde ir? Se siente el impulso y se calcula una ruta circular. ¿Metro? ¿Bus? ¿Bicicleta? ¿Sendero peatonal?
Un espejo que devuelve la confianza y una respiración profunda como de nadador que necesita aire para los 100 metros libres. Luego, las calles. Los primeros pasos son vacilantes y cadenciosos mientras se supera el vértigo y se deja que la intuición geográfica enseñe los puntos cardinales para entonces ir a paso firme.
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En el camino hay tantas cosas nuevas y extrañas que por momentos se pierde el norte. Se deben escuchar con atención las señales del entorno y activar la memoria para volver al rumbo. Las inseguridades son el pan del día, lo importante es evitar el pánico enceguecedor que desvía y nubla las ideas. Lo mejor es estar completamente abierto a todas las posibilidades: a calles grises y extensas, a edificios idénticos sin gracia o personalidad, a paisajes sin color ni movimiento que se hacen eternos.
Luego, cambios de clima. La lluvia llega como sorpresa y obliga a buscar refugio en el primer café que se atraviese. Hay personas hablando en otros idiomas y el oído se aguza (¿agudiza?) en un intento vehemente por comprender lo que dicen. La energía se renueva y los pies descansan.
Llega el final del día. Pienso en los lugares que dejé de conocer por desobedecer al plan y obedecer al instinto.