Hay que pensar en la vejez (Un día extraordinario)

Presentamos uno de los cuentos que hacen parte del libo «Un día extraordinario», de la editorial Babilonia, escrito por Julio Hernán Correal, y que será lanzado en la Feria del libro de Bogotá.

Cortesía
Cortesía

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Hay que pensar en la vejez. Me decía en las mañanas Héctor Hugo, cada vez que tras levantarme enguayabado iba hasta el teléfono a solicitar un servicio a domicilio, en el que me trajeran Gatorade, Alka Seltzer, jugo de naranja, una changua y un caldo de costilla, —sin papa por favor—; únicos remedios eficaces a la hora de hidratar el cuerpo después de una noche de parranda y fuerte tomata, en rumbeaderos de salsa o en casa de alguno de mis amigos.

—Hay que pensar en la vejez y cuidar el cuerpo.

Repetía, y yo pegado al tubo del agua de la cocina iniciaba mi terapia revitalizadora contra el síndrome de sábado en la mañana, enfermedad recurrente en mí desde la edad de catorce años.

—Hay que pensar en la vejez y cuidar el cuerpo, mire que usted ya va a cumplir treinta y ¿qué tiene? ¿Qué tiene?

Insistía e insistía en esos instantes en que ya mamado de oírle su sermón, huía de su presencia y caminaba en busca del refugio de mi cuarto y el abrigo de mi cama.

—Hay que pensar en la vejez y cuidar el cuerpo, mire que usted ya va a cumplir treinta y ¿qué tiene? ¿Qué tiene? Nada.

Nada. Solamente a su mamá y a sus tres amantes menopaúsicas, que son las que siempre lo sacan de apuros cada vez que se queda sin billete después de una noche de rumba con su combo de amigotes.

Gritaba enérgico tras la puerta mientras yo prendía el televisor y lo dejaba con el volumen en el punto más alto, para que Bugs Bunny con su gracia y buen humor matizara ese discurso que de tanto oírlo ya me lo sabía de memoria.

—Hay que pensar en la vejez y, aunque no me quiera oír, voy a seguir insistiéndole porque yo sí soy su amigo, no como esos vagos de Cristino y de Germán, que lo único que hacen es sonsacarlo para rumbas y a consumir vicio, y porque si me vine a vivir con usted no es porque estuviera mal de plata y sin trabajo hace meses, sino porque su mamá me lo pidió y me recomendó de forma especial que le hablara y lo convenciera de que dejara esa vida que no lo conduce a nada bueno, pues ella y yo sabemos que usted es un hombre inteligente y talentoso, pero muy vagabundo y desordenado y como ella sabe que yo siempre he sido un muchacho juicioso y ordenado quiso que viviera aquí para ver como influía en usted; a ver si dejaba de tomar y se ponía a ahorrar plata porque ella no le va a durar para siempre y…

Se quedaba callado cuando yo salía del cuarto con cara de escopeta y un billete en la mano, y en silencio me seguía del cuarto a la cocina y de la cocina a la sala, y sin pronunciar palabra me observaba cuando abría la ventana para recoger el pedido con la canasta que, amarrada a un lazo, hacía las veces de elevador de domicilios.

Luego, sin musitar ni una silaba me seguía mirando en el momento en que iniciaba mi ritual sabatino de organizar el desayuno y me bebía el jugo y disolvía las pastas y le quitaba el sello a la tapa del Gatorade para apurarme un trago y ahí sí sentarme frente al caldo a pronunciar la frase mágica, la que él en silencio aguardaba.

—La changua es para usted.

Solo ahí, en ese instante, volvía a aflojar el habla, para decirme que gracias Gustavito, que qué pena la perorata y que blablá blablá, y que blablá blablá y en menos de un suspiro se devoraba la changua y como todos los días a toda carrera salía de la casa no sin antes repetir que muchas gracias Gustavito, me voy a hacer por la causa, pero piense lo que dije no lo eche en saco roto, y se perdía tras la puerta que dejaba entrecerrada al sentir de mis ojos una invitación a salir y a que dejara la joda, y con prisa desaparecía para regresar en la noche con la cabeza agachada y con su frase de siempre.

—La vaina está muy berraca.

—Hay que pensar en la vejez y cuidar el cuerpo, no vaya a ser que la muerte lo sorprenda a uno muy mal parqueado.

Recuerdo ahora que me dijo ese sábado en la mañana, en que yo tomaba el caldo y él ni probaba la changua porque según dijo tenía mucho afán.

—Hoy abro un plan de ahorros y regreso al gimnasio ahora que conseguí trabajo y estoy ganando buena plata, quiero cuidar la platica y hacer deporte en cantidad porque no quiero llegar a viejo sin dinero y lleno de achaques.

Y conforme a sus deseos, como tocado por un hada, Héctor Hugo murió ese mañana aplastado por unas pesas luego de que se quedara sin aliento como lo dijo el forense. Murió como siempre quiso, con plata y libre de males. Yo, que lo tuve que soportar durante un año y cinco meses en los que siempre me repitió la retahíla de pensar en la vejez y no sé qué más pendejadas, disfruto de un caldo y pienso en él, mientras observo sobre la mesa el intacto plato de changua que pido todos los sábados con el caldo, el gatorade, el alka seltzer y el jugo de naranja; porque extraño su presencia, sus consejos y bobadas, porque donde quiera que esté tal vez aún me vigila.

A lo mejor hasta me protege, porque aunque parezca raro, no sólo siento su voz, su perfume, sus pasos, sino que desde hace trece meses, tiempo exacto de su partida, al llegar al comedor, luego de haber dejado la mesa al terminar el desayuno, después de cepillar mis dientes, lavar mi cuerpo, despejar mi mente e hidratar mi alma, encuentro sobre la mesa dos platos vacíos y la puerta entrecerrada cuando enfrento la resaca los sábados en la mañana.

***

Julio Hernán Correal

Tocaima, julio 22 de 1963. 

Actor de profesión, inició su carrera en 1986 con el Teatro Estudio de la Universidad Nacional, mientras cursaba la carrera de Agronomía. Ha trabajado en teatro, cine, radio, televisión y otros medios. Además de su trabajo como actor se ha desempeñado como director teatral y realizador audiovisual. A mediados de los 90 incursionó en la escritura, primero en la dramaturgia y luego en la narrativa, lo que lo condujo a ingresar al Taller De Escritores de La Universidad Central, dirigido por Isaías Peña Guiterrez, y posteriormente a la especialización en narrativa creativa de la misma universidad. Ha escrito cuentos, obras de teatro, crónicas, guiones, artículos periodísticos, y el espectáculo de comedia musical, “El cartel Del desparche, Toda Una Vida Sin Éxitos”, del que es autor del libreto y compositor de todas las canciones. En 2102 fue nominado al Premio Macondo como mejor actor de reparto por la película, “Postales Colombianas” dirigida por  Ricardo Coral. Obtuvo beca de creación del Fondo Mixto de Cultura de Cundinamarca en 1998 para el guión cinematográfica “Mata que Dios perdona”. En 1999 con su obra “Los vasos comunicantes”, ganó beca de creación en teatro del Instituto Distrital De Cultura Y Turismo de Bogotá, en el concurso “Imaginación En El Umbral”. Fue finalista en el Concurso de Cuento Breve de Samaná – Caldas (2001). Es miembro fundar y directivo de la Asociación Colombiana De Actores. “Un Día Extraordinario” recoge escritos desde 1996 a la fecha, incluyendo el cuento del mismo nombre, finalista  en el Concurso Nacional De Cuento del Taller de Escritores de la Universidad Central – 2008.

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido