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A Quim Monzó
Me siento ante mi escritorio. Enciendo mi portátil. Luego, abro un documento en blanco de Word. Mis dedos están perfectamente organizados sobre el teclado. Escribo. La primera frase aparece. Creo que funciona: el otro que sin saberlo soy es el que me escribe y me borra. Entre el «yo es otro» de Arthur Rimbaud y «entre dos el llanto duele menos» de Federico Vite quiero urdir la trama. ¿Cuál es la idea? Yo, un personaje rocambolesco, me encuentro en esta página, mi hogar, con un personaje inédito. Cuando me le acerco, nos abrazamos y nos desahogamos. Mientras transcurre el diálogo sobre los avatares que nos ha impuesto la realidad de nuestro autor (o sea yo, el que escribe), nos decimos lo que nunca dos personajes de nuestro tipo se han dicho acerca de la exclusión. Al final, acompañados por el silencio y el lloriqueo de las páginas y con la pena rebotada por los poros, caminamos hasta perdernos en los márgenes mientras un coro polifónico, que es la voz del autor (de nuevo yo), nos despide. Las frases de cierre llevarían la impronta de un cuento breve titulado «Casa» de Evelio José Rosero. En él, la casa, una casa loca, advierte que sus habitantes no han entendido que todos la habitan, incluso los que leemos, y que no sólo estamos dentro de ella, sino que ella está dentro de nosotros, y su ser no se puede abandonar porque ella está dentro de ella. Ese camino de cierre es de mi interés. Un embeleco, pero me gusta. Es una reflexión narrativa que detona desde la imagen de las muñecas rusas, un juego de espejos, una puesta en abismo. Te preguntarás:¿qué busco? Aún no lo sé, lo único que se me ocurre es que lo que se ha planteado, junto con las frases de cierre delimitadas por el argumento del cuento breve de Rosero, tienen que ver con que somos el otro que habita en lo otro.
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Es necesario pensar un título que enganche el tema que aquí se ha propuesto y la trama. Hasta este punto, me ha gustado la escaleta. Tiene cierta aura de perfección. Cuando encuentre el título preciso y se desenmarañe la narración será un cuento insuperable. Aunque debo confesarte algo: soy pésimo titulando. Los títulos que se me ocurren, aunque para mí son únicos, falsean el sentido de la historia, pues son superfluos o la permean de juegos metaliterarios que disipan el minimalismo narrativo.
Sólo necesitaría de tu ayuda para encontrar el título certero antes de que me dé por vencido. Yo soy de los que se resignan y toman decisiones apresuradas. La muestra está en «El cuento» de Quim Monzó en el que, como no encontré un título perfecto para un cuento, desesperado no hice otra cosa que coger las hojas donde lo había escrito y reescrito, y, «las rompí por la mitad y rompí esta mitad por la mitad (…)», y así «tanto tú como yo nos hicimos añicos».
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Bueno, pero antes de seguir, y para complementar lo que he dicho (ya te habrás dado cuenta de que soy disperso y brumoso), debes saber que cito a varios autores porque me hago en ellos; los conozco hasta el tuétano. Soy su memoria. Fíjate que Francisco de Quevedo decía «soy un fue, y un será…», y empiezo a recorrer lo que he sido: desde la fantasía del Doppelgänger de Jean Paul Richter pasando por el Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert-Louis Stevenson hasta El hombre duplicado de José Saramago. En el será me desdoblo en ti. Tú llevas mi impronta. Eres mi rastro. En tu realidad, pese a las negaciones secretas y las autocontradicciones continuas, yo, una multitud que avanza, te colmo de rostros que no ves. A pesar de todo, en este cuento inconcluso debes saber que, en el horizonte replegado que es esta página, nos perdemos. ¿Qué nos une? Un coro en el que solo tú y yo escuchamos al título que, entre sollozos, nos despide.
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