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Enrique Santos Molano se describía a sí mismo como un investigador. Era un hombre que escudriñaba en los libros de historia para “poder encontrar la verdad” que yacía entre sus páginas. Hijo del también periodista Enrique Santos Montejo, o como lo conocían en los medios, “Calibán”, se adentró en el mundo del periodismo a muy corta edad, ya que en una entrevista en “Historias de Adelina” mencionó que a inicios de la década de los 50 escribió un pequeño semanario: “El tiempito”.
A sus 16 años presentó su publicación semanal “La Columna” y un año después, bajo la guía de su padre, revivió por un corto período “La Linterna”, fundada por Santos Montejo, que operó entre 1902 y 1920, con una circulación semanal en Tunja, Boyacá, en la que se escribían noticias sobre política y economía.
Desde 1963 hasta 1972 fue redactor y jefe de redacción nocturno en el diario “El Tiempo”, con el cual mantuvo relaciones como columnista desde 1965. En sus escritos, analizaba las decisiones políticas, históricas y económicas del país, incluso llegando a criticar tiempo después las determinaciones de su sobrino, Juan Manuel Santos, en sus peíodos presidenciales.
Santos Molano, la “oveja negra de la familia Santos”, como alguna vez afirmó ser, no solo se dedicó al periodismo. Tenía un ávido interés por la historia, en especial de un prócer de la independencia de Colombia: Antonio Nariño. Esta pasión se inició en su juventud, luego de preguntarse sobre los héroes nacionales mientras leía novelas históricas -apuntó en entrevista para El Espectador en 2015- y encontró en ese personaje una vida “que podía novelarse”.
Fue de esta manera que publicó “Memorias fantásticas”, en 1965, un libro con dos personajes, Aniceto Funes y Peter Whitelaw, que estaban presentes durante los puntos decisivos de la historia de Antonio Nariño. De esta novela histórica, que para Santos Molano se inclinaba hacia la ficción, se lograron vender 20.000 ejemplares. Tiempo después la reescribió.
Su fascinación por la historia lo llevó a emprender una nueva investigación alrededor de José Asunción Silva. Todo partió de un solo evento: el poeta colombiano supuestamente se había suicidado de un tiro en el corazón. No satisfecho con este relato oficial, Santos Molano empezó en 1972 a indagar sobre la vida de este personaje, y según escribió en una columna para el diario “El Tiempo”: “Cuando inicié el primer borrador, en 1985, ya tenía una conclusión: José Asunción Silva no se había suicidado”.
Durante sus múltiples días entre los archivos de la Biblioteca Nacional conoció a su esposa, María Esperanza Peñuela, quien resaltó que Santos Molano “conocía de arriba abajo este recinto y fue su refugio intelectual por alrededor de 40 años”, como afirmó para “Historias de Adelina”.
Veinte años después, luego de su matrimonio y un infarto, salió a la luz “El corazón del poeta”, una biografía sobre José Asunción Silva que también reflejaba la historia de Bogotá y del país entre sus páginas. “La publicación del libro con la hipótesis del asesinato generó el rechazo universal. Cómo me atrevía a dudar del suicidio de José Asunción, dogma sagrado, me increparon muchos”, escribió en “El Tiempo” en 2015.
No solo se dedicó a la escritura periodística y literaria, sino que también utilizó su pluma para desarrollar libretos de televisión para RTI, adaptando la obra de José Asunción Silva “De sobremesa” en una novela televisada entre octubre y diciembre de 1975, y trabajando de la mano con Pepe Sánchez.
Luego de “El corazón del poeta”, Santos Molano escribió una investigación sobre su propia familia, “Los jóvenes Santos”, en el que presentó la historia de su padre y sus tíos, los hermanos Santos Montejo, y su paso por la historia del periodismo en Colombia: “Sin citar siquiera una carta personal o política, recurre con frecuencia a la evocación de lo que Calibán contaba de sus hermanos”, aseveró en una reseña el periodista José Eduardo Rueda Enciso.
Fue amigo de Jorge Gaitán Cortés, arquitecto y alcalde de Bogotá entre 1961 y 1966, de quien aprendió los conceptos del urbanismo que luego puso en ejercicio en sus columnas para “El Tiempo”. Para Santos Molano, el urbanismo “era trabajar por el mejoramiento de la vida de los habitantes de la urbe”, y esta creencia la presentaba en sus escritos, donde se preguntaba por los desarrollos de obras como el metro de Bogotá, la historia de la avenida Séptima, la reserva Van der Hammen, entre muchas otras.
Dedicó más de medio siglo a la investigación sobre Antonio Nariño, desembocando en la creación de la “Trilogía de los hermanos libertadores”, que se inició en 2015 con la publicación del libro “Mancha de la tierra”, que contó el período entre 1734 a 1781 en la historia colombiana, desde una primera persona del prócer colombiano.
Durante una entrevista para El Espectador, Santos Molano expresó su interés por la novela histórica como algo narrativo, que buscó darles rigurosa veracidad a los personajes que habitaron en sus libros, además de apuntar que, para él, la historia era fuente inagotable para la creación literaria. Y durante una conversación para “El Tiempo” mencionó que “la historia novelada atrae más lectores que la historia académica, no tengo duda”.
Recibió múltiples reconocimientos a lo largo de su vida, entre los que se destacaron el doctorado Honoris Causa en Literatura en 2013, otorgado por la Universidad del Valle, y la Comendación Orden Mérito a la Democracia, grado “Comendador” a la par de la Orden Civil al Mérito José Acevedo y Gómez en grado Gran Cruz, que le fueron entregadas por el Concejo de Bogotá el pasado 18 de diciembre de 2023.
En sus últimos años, luego de superar una neumonía, se vio en la necesidad de dictarle los textos a su esposa, quien mencionó que aquel ejercicio era “como subirse al caballo de Bolívar y de Urdaneta, para galopar por la historia del país y ver cómo era”, dijo para “Historias de Adelina”.
Enrique Santos Molano dejó un legado de más de 20 libros, cientos de columnas y reflexiones sobre sus propias investigaciones históricas. No creyó a ciegas en versiones que quedaron en el papel, y trabajó incansablemente por encontrar la verdad inherente a los hechos del tiempo. Sus escritos, que mostraron una multiplicidad de formatos, se caracterizaron por un presentar un conocimiento profundo, una crítica hacia las maneras de pensar y una firmeza sobre sus propias convicciones.