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¿Qué podría ser común, aparte de la geografía y su cultura, a tres damas del cine nacidas en épocas distintas, con filmografías diversas, como Jeanne Moreau —la mayor de ellas—; Catherine Deneuve —diosa rubia de Jacques Demy, Roman Polanski y Luis Buñuel— e Isabelle Huppert —tan frágil en su apariencia que sorprende el vigor de su personalidad dramática—?
Del lado de allá y de acá de la pantalla podríamos asegurar que a las tres gracias del cine francés las relaciona su carácter. Moreau es directa, emocional y brillante. Deneuve simboliza la belleza posible de un rostro en la dimensión del cine. Huppert obliga al temor reverencial cuando el espectador descubre en ella el laberinto de la neurosis resuelto en términos interpretativos con papeles arduos como el de Emma Bovary según Claude Chabrol en una versión cinematográfica de la novela realizada a principios de los años 90; cuando se sumerge en la piel de una vengadora social, en complicidad con Sandrine Bonnaire, dirigidas por Monsieur Chabrol en La cérémonie (1995) o cuando la recordamos con escalofrío en su papel como la atormentada profesora de música, que le hace la vida imposible a un alumno en La pianista (2001), realizada por el austriaco Michael Haneke.
La jovencita con figura de venado que debutara en el cine a los 17 años de edad —Faustine et le bel été (Companeez, 1972)—, revela en su madurez, con el brillo ambiguo de sus ojos, su expresión endurecida y la economía gestual donde no hay excesos para describir sus emociones, el tortuoso recorrido por el que atraviesan personajes como la señora burguesa que hace de la envidia un hábito transformado en vicio, disfrazado con la dulzura del veneno servido en tazones humeantes para otro filme psicópata de Chabrol: Merci pour le chocolat (2000).
Los actores como médiums que invocan el espíritu de sus personajes para traerlos a la realidad del cine, tienen en Madame Huppert una referencia enriquecida por la variedad y la huella que han dejado en el ojo del público sus despliegues fílmicos, indelebles en la memoria que observa lo que enseña una pantalla.
Cuando François Ozon, el director que ha descubierto el mundo femenino como una isla de sorpresas, decidió hacer de las tramas con cadáver en plano criminal un asunto cínico, su constelación de divas brilló de forma soberana en 8 mujeres (2002): Deneuve, Darrieux, Béart, Ardant, Ledoyen, Sagnier, Firmine Richard y, por supuesto, Madame Huppert, parecían planetas que giraban con órbitas precisas en el transcurso de la historia. En su papel como Augustine, Isabelle Huppert cambió los términos de su filmografía, sin olvidar la sombra de la muerte que acecha, mostrando la figura lánguida de una solterona empedernida, salvada por las fantasías románticas.
Una fotografía de Brigitte Lacombe, tomada a finales de los años 90, muestra en un plano cerrado los rasgos de Huppert. Sus ojos felinos se destacan sobre los labios maquillados que oscurecen en la boca el paisaje blanco, casi invernal, de un rostro misterioso. Contemplan al mundo de una manera arrogante, cruzando como pedazos de hielo por encima del trazo que eleva su nariz con un aire de fatalidad capaz de congelar por el temor que producen y la belleza que muestran; como si estuviéramos ante la variable contemporánea de la esfinge; adivinando sin lograrlo un acertijo resuelto en sus películas, en la ficción que nos recuerda sus historias, vigorosas cuando su presencia las transforma en algo semejante a otro fragmento de la realidad.