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Que alcance a quedarme dormida por un momento, a someterme a la deriva pensando en cuánto me gusta mi casa, en qué bien está la tarde, en que concurro con que el día sea el día y ese día preciso haya caído en la fecha que lo designa. Que entonces salga, en el sueño, del día. Que inmediatamente regrese del sueño y en el primer instante —en la frente del regreso, en mi frente, de cara a la ventana abierta, toda proa ante la tarde— sepa que conozco, que he conocido, a tres animales.
*
El primero es un perro en la selva. En medio de la selva del Amazonas, lejos del último caserío, de las fronteras y de todo ser humano, hay un perro. Está de pie, con el peso repartido entre las cuatro patas firmes, con la cola quieta, mirándome a los ojos. Es amarillo, un perro sin raza. Su forma ha resultado del cruce de treinta milenios de perros de todas las formas en que los perros han podido presentarse.
Aun ahora, sin haberlo soñado más que con el deseo ni haberlo visto más que en la oportunidad perdida—pues sin haber dormido me levanté del sofá para escribir que deseé soñar—, veo su cara, el hocico atrevido, el iris castaño y amarillo, el párpado bordeado de negro. ¿Qué hace ahí en medio de la selva, contando con millones de días de domesticación y con mi día?
La vida no le alcanzará para caminar de regreso hasta la ciudad o el pueblo donde nació, ni hasta ningún pueblo, ninguna casa, ningún humano. Tampoco el tiempo que ha vivido le ha alcanzado para llegar andando al lugar donde se encuentra. Él está en un claro de la selva, en un pequeño claro, apenas mayor que su cuerpo. No ha llegado ni se irá. Solo puede trasladarse entre allá y aquí a través del sueño que estoy pidiendo y ya no tuve.
Al despertar sabré qué hace ahí el perro. Estaré un paso más cerca de saber qué significa ser doméstico o salvaje, qué cabe en un animal, y conoceré el momento preciso, transformador y verdadero en el que el perro está dentro de su selva imposible y ella vive dentro de él.
Sabré qué quiere decir aparecer y qué cosa es un puente.
*
El segundo personaje es una abeja en medio del océano. ¿De dónde viene? El plazo de la vida de las abejas no alcanzará para que esta abeja regrese a la orilla. ¿La muerte de la abeja significará para ella el regreso a la orilla que no podrá ver estando viva?
Si yo sueño el sueño que deseo, y voy y vuelvo sin que apenas pase el tiempo frente a la ventana, sabré que esas preguntas contienen sus respuestas. Podré decir cómo la abeja es el sueño, o es el despertar, y sabré en qué orilla está la abeja y en cuál está el océano, en qué orilla del sueño estoy yo, y si mi orilla es esta en la que escribo.
Sabré qué significa naufragar y adivinaré el perfil de un barco.
El tercer personaje es una polilla que entra en mi casa cuando el sol ha caído, y se calcina en el bombillo. Estaré despierta en el sueño, en la casa donde estaré dormida. Soñaré que he dormido, que me he levantado, que es una hora futura y es la noche, y que el futuro trae esa imagen: una polilla que viene y entra para quemarse.
Al despertar del instante que no habré vivido, sabré si la polilla del sueño murió habiendo creído que en el fulgor viviría, o si sabía que acercarse era morir e irse por siempre. Sabré si para la polilla aquel bombillo era el sol, equivalente al sol.
Sentiré el significado de acercarse y conoceré el calor.
*
Que vuelva del sueño que no tuve y sepa de esos tres animales, mis personajes. Si vuelvo a despertar en el día sin saber nada y sin nada que sea nuevo, entonces que desee, nuevamente, soñar y saber. Que al preocuparme por el motivo y el destino de aquellos tres, yo haya abandonado la indiferencia. Que la haya abandonado por la esperanza que se alcanza en la otra orilla, la esperanza que es el contrario de perderse aunque no sea lo mismo que encontrarse.