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1.
El muchacho llega buscando una peluquería. El cantinero lo envía a la de Cervino, cuya esposa era la mujer más bella del pueblo. El joven se queda a vivir en aquel lugar por esa mujer seductora, dicen. Pasadas unas semanas empieza el rumor: que habían huido juntos. Aun así, la carpa del muchacho seguía allí, tiempo después de haber sido visto por última vez. Por eso alguien corrió la voz de que no se habían ido, sino que Cervino los había matado en venganza por la infidelidad. El peluquero dijo que su esposa estaba en la capital atendiendo a su padre enfermo, pero la gente ya especulaba con que los cuerpos estaban enterrados en algún lugar. Días después, una vecina vio a un perro devorar una mano humana. Entonces, todos empezaron a excavar. El primer cuerpo hallado fue el de un hombre, pero no era el joven. Continuaron buscando a la mujer. En lugar del suyo, encontraron muchos otros cuerpos, aquí y allá. El comisario pidió instrucciones por teléfono. Después anotó los nombres de los presentes, les ordenó volver a enterrar los cadáveres y jamás contar nada de lo sucedido a nadie… Poco después, la mujer del peluquero volvió al pueblo.
2.
En el noticiero explicaron quiénes eran y qué hacían los asesinados. Dijeron que todas las entidades tenían cifras distintas y que no se sabe a cuántos líderes han matado; más de 350, dicen. No tardan los rumores: don Guillermo, ministro del Interior, dijo que los asesinatos no eran un acto sistemático, que no había un patrón, solo casos aislados. El ministro de Defensa, Villegas, corrió la voz de que los asesinatos habían sido por “líos de faldas o de linderos”. Tiempo después, María J. Duzán, escribió que sí hubo un patrón en los asesinatos, que en el de Ana M. Cortés se usó “el mismo modus operandi con el que habían sido ultimados la mayoría de los líderes sociales”, y lamentó que don Luis Carlos, el ministro, simplificara la masacre que se está cometiendo a simples “líos de faldas”. Dijo, además, que muchos de estos líderes pudieron ser los candidatos locales en los comicios del 2020. El exterminio de la Unión Patriótica se evocó en el país. Pasados unos días, amenazaron de muerte a la periodista. Poco después, llegó Botero, un nuevo ministro que quiere leyes para que la gente no proteste. Un senador amenazó con renunciar y se posesionó el nuevo presidente. La noticia de los asesinatos y amenazas fue olvidada, aunque siguieron en aumento.
3.
El escritor Ricardo Piglia decía que había más sobre la realidad política de Estados Unidos en las novelas de Raymond Chandler que en los textos socialmente más “comprometidos” de la década del 30. Es decir, que la literatura, a veces, dice más sobre la realidad de un país que los textos no ficcionales, entre otros, el discurso oficial.
En el primer apartado de esta columna resumo el cuento “Infierno grande”, del argentino Guillermo Martínez; en el segundo, lo que ha sucedido durante los últimos meses en nuestro país. El primero es ficción; el segundo no.
En la narración de Martínez, tras el rumor de los crímenes pasionales se esconde una terrible realidad: la masacre oculta. En Colombia, la historia ocurre de forma contraria: la realidad desoladora (el exterminio de líderes sociales que continúa) la intentan esconder con rumores sobre “líos de faldas y linderos”, entre otros. Con esa vergonzosa actuación del gobierno colombiano es fácil evocar ese pueblo pequeño de la ficción de Martínez como una terrible metáfora invertida de lo que ocurre aquí.
Ficción y realidad recrean así el refrán popular: pueblo pequeño… infierno grande.
aalbag@unal.edu.co